recuerdo el golpe,
lo único amable de la torcedura:
miles de cristales trepando
agarrándose de los nervios sonrojados
y cavando
aun cuando la piel retrocede
cegada en cada poro
que no es sino un ojo seducido

la luz se desdobla
y hay un estruendo que espera ser soñado
en los huesos

mas el dolor bebe de los charcos
se eleva y evapora en un asombro afónico
en el espectro grosero de un grito postergado
y su brillo

Escrito por Salenka Chinchin

(Quito, 1998)