“¿Sigues saliendo con ese tipo, el escritor?”.

“Sí, vivo con él”.

“¿Y te casarás con él?”.

“¡Ay!, sí, me casé. Discúlpame, olvidé decírtelo”.

Me casé un día de verano, en una terraza de Madrid, mientras él leía un libro de un tal Céline.

Y luego me volví a casar una mañana de sábado en la que corríamos por la ribera del Manzanares para llegar al supermercado antes de que cerraran. Y mientras él agarraba las salsas y yo el queso de burgos nos casamos de nuevo. Me casé al terminar la primera Mahou de Casa Mingo y  también un rato antes cuando lo divisé de pie leyendo con un gorro de lana que tapaba un corte de pelo al uno en pleno enero. Me casé la primera vez que ayudé a su hijo de cuatro años recién cumplidos a tirarse por un tobogán en el parque de Berlín mientras él leía en un banco. Me casé con la primera canción que me dedicó en un vídeo casero que compuso para mí. También con el primer poema y volví a hacerlo cuando me regaló una libreta con recuerdos de nuestro último viaje ilustrado por el pequeño. Ay, sí, me casé en una playa cerca de Kas en la costa mediterránea de Turquía y en la montañas de Capadocia en un hotel donde se sentaba a leer en la puerta de una cueva. Me casé cuando me juraba, en aquella cuesta escarpada de una isla de Tailandia, haber visto a un escorpión que nos hubiera matado a los dos; y aquella vez que me agarró fuerte la mano cuando el piloto de KLM despegaba en Barajas después de un terrible accidente.

Me casé el primer día que me levanté en mitad de la noche con Ramón pequeño porque gritaba en sueños y aquella vez que tenía fiebre y yo le ponía mi mano helada en la frente.  Me casé en Córdoba y, si mal no recuerdo, también me casé en Sepúlveda, en Segovia, en Asturias y en Barcelona, cerca de Las Ramblas y en Lavapiés, alrededor del mercado de San Miguel y cruzando la Gran Vía, en Berlín en el Unter den Linden. Nos casamos una vez, ni más ni menos que, en el Alcázar de Segovia mientras él explicaba a unos alumnos el infortunio de una niñera que tiró al heredero al trono por un balcón o quizá fue mientras él hablaba del cuadro de santa Lucía, patrona de los ciegos. Sí, eso me recuerda, que también lo hice a terminar el primer libro que me recomendó de Saramago. Y nos casamos en México, en el norte, con la familia de su madre después de probar la Tecate y la Modelo, y la Modelo negra y la Tecate especial y las palomas y los tacos de verdad. Y en Echegaray en una fiesta que duró tres días y en la que yo llevaba mi vestido rojo favorito y los mariachis cantaron hasta que todos lloramos. También hubo boda el día que Ramoncito vaciló a mi padre por primera vez y este lo adoptó como su nieto número 9 y el día que mi madre decidió que medía su cariño por él (el del padre) en brownies. Me casé cuando fui a buscarle al aeropuerto al volver de Ámsterdam para decirle, lo que para mí era la peor noticia que nos podría pasar, que desde ese momento trabajábamos juntos. De hecho, me casé cuando sonrío al oírlo. También el día que me dijo que ya no tendríamos que hacerlo más.

Me caso casi todas las mañanas cuando lo agarro por la cintura antes de la ducha y me aparta todavía dormido y sin ganas de bromas, y por las noches cuando lee en la cama, y yo también leo, o cuando intento que siga leyendo para dormirme a su lado con la luz encendida.

Me casé el día que elegimos colores mexicanos para las paredes de la casa y después de aquellas interminables visitas a IKEA que tanto le horrorizaban. Me casé porque Ramón hubiera comido albóndigas de caballo o sándwiches de atún o lo que hubiera hecho falta. Me casé una mañana que me dijo que había que llamar a mi padre para cambiar una bombilla y las cuatro primeras veces que se fue la luz. Con las quesadillas de los desayunos del fin de semana, comiendo guacamole con los Candiani, unos de pie y otros sentados, en la barra de la cocina que nos ha unido más que nada. Con la primera botella de vino caro y con cientos de las baratas. En Bilbao y en la playa de La Concha o tomando café con Fernando en Biarritz. Cuando se sentó al lado de mi sobrino en Árcore a ver Barrio Sésamo en italiano y cuando lo veo cojear a lo lejos en nuestra calle y un niño de nueve años viene como un balín a abrazarme y me dice que me quiere. Entonces me caso y se me congela el corazón de la emoción.  Todas aquellas veces que salgo con mis amigas y él se queda a cuidar del niño, me caso y cuando es al revés me caso todavía más. Y si llego a casa y están viendo los dibujos también, pero cuando más quiero casarme es cuando Ramón le lee a su hijo y yo escucho a veces tumbada a su lado, a veces desde el salón.

Me casé con él la primera vez que me habló de Walter Canon (solo la primera) y las veinticinco últimas veces que me escuchó hablar de la comunicación de alto contexto, de Hofstede y  del particularismo de los españoles.

Me casé con él el día que me dijo que quería pasar el resto de su vida conmigo y me volveré a casar con él cuando me corrija las comas y los puntos y comas en este texto. A lo mejor también cuando sutilmente me critique lo que puse o cómo lo puse y lo que dejé de poner.

Discúlpame, amiga, me casé y olvidé decírtelo.

 

Escrito por Ana Carballal

Soy Ana, profesora e investigadora en Madrid, especialista en competencia intercultural y gestión de la diversidad.