Bordeaba una de las cuatro esquinas de la plaza andando sin prisa. Pitaba un cigarrillo que intercambiaba de una mano a otra una vez que sentía tensión en los dedos. El mameluco azulado que llevaba puesto, tenía manchas de barniz blanco y agujeros por los que se escapaban algunos vellos de su pecho. Debajo de sus párpados, en las bolsas de los ojos, llevaba casi pintadas unas ojeras moradas y cerca de la ceja izquierda, hacia abajo, una piña brillaba y gritaba peleas y sacos de cemento.

Era algo chueco. Rengueaba apenas, podría decirse cojeaba. Se tambaleaba un poco a pesar de estar completamente sobrio y su mueca incomodaba a las muchachas que lo advertían al pasar.

La jornada había resultado extensa; ardua. Trabajar cargando y soltando bolsas de concreto y ladrillos bajo la luz del sol de estío no era lo más gratificante del planeta. Pero aquel asado a las tres del falso mediodía habría recompensado a cualquiera de no ser que, al servirse un bocado de más, también se había ganado una trompada de Diaz. Mientras más fuerza hacía en la obra, más rechinaban sus dientes. Aquella tarde, un empleado del patrón había visitado la construcción realizando una falsa y breve inspección del estado y avance. Él sabía muy bien que ni el patrón, ni su encargado, sabían siquiera

el nombre de alguno de ellos. Es más, dudaba de que sepan siquiera el nombre de la calle donde tenía lugar la obra.

No era un tipo idiota. Tenía estudios completos y una carrera de letras abandonada a la mitad; pero desde de la huida de su hermana, tuvo que olvidar sus estudios para llevar billetes al hogar.

Los días de lluvia se trabajaba igual, a diferencia que en las construcciones vecinas. Aquellos eran los días en los que reflexionaba y fantaseaba con los lugares bellos en los que podría estar su hermana ahora.

No tenía trato alguno con sus compañeros. Suponía que era debido a su corto plazo de trabajo como obrero. Pero sospechaba que había algo más. Quizás un poco de recelo por ser joven, o por llegar con las uñas limpias cada mañana.

Desde el momento en el que bajaba del primer tren en dirección a la terminal del colectivo, ya podía sentir el olor del café que aquellas dos mujeres traían en termos y servían en vasos de telgopor. Del carrito donde los guardaban, una imagen del Gauchito Gil y otra de la Virgen de Luján bendecían el supuesto desayuno. Cuando se iba para su casa, rezaba por encontrar a la madre despierta. Siempre necesitaba a alguien con quien conversar y servirle caldo. Pero cuando la misma se encontraba dormida, se limitaba a encender la radio y oír la programación de su AM conocida que sonaba tras la transmisión diaria del himno nacional.

 

Escrito por Juana Gallardo

De Buenos Aires. Amante de los gatos y de Charly García.

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