Marcela Minakowski es una poeta argentina nacida en Buenos Aires en 1968. Gran parte de su infancia transcurrió en Mar del Plata. Vive en Caseros, Provincia de Buenos Aires. Es coordinadora de talleres de escritura. Ha realizado cursos de bibliotecología y de gestión y promoción cultural. Está estudiando el Profesorado Universitario en Letras, en la Universidad Nacional de San Martín, y se encuentra próxima a recibirse. Publicó Bitácora (narrativa y poesía, 2004); Tangurria (novela, 2012); Lo que el chat no se llevó (conversaciones, 2014); El collar de catalejos (poesía, 2019). De próxima aparición: Las casas (prosa poética).

Entrevisté a la autora por su nuevo poemario El collar de catalejos, publicado recientemente con la editorial Niña Pez, que me sorprendió por su frescura y sencillez.

  • Resuena la sencillez en tus versos, son transparentes y poco pretenciosos, ¿alguna vez escribiste en otro estilo?

Creo que de escribir un poco barrocamente no se salva nadie. En algunas etapas de la escritura, que se corresponden siempre con etapas de vida, de lectura, de situaciones, he escrito de otro modo, más rebuscado, más ornamentado si se quiere. La mayoría de aquello fue decorosamente a la basura. Pero también hay publicadas algunas “cositas” que elijo no releer… No reniego de la que fui, ni de cómo escribía hace mucho tiempo, pero no vuelvo a esos textos.

Me parece que tiene que ver, en gran medida, con el descubrimiento de poetas enormes, esta gente que hay que leer y que ingresa en la vida en algún momento y te cambia todo, todo. La forma de mirar, de percibir.

  • ¿Escribís prosa también? ¿Qué temáticas solés abordar?

Escribo prosa, sí, aunque en menor medida; me interesa mucho la prosa poética y tengo terminado un libro en este género, que se llama Las casas, y que me gusta mucho.

Durante mucho tiempo escribí cuentos (un género muy difícil de abordar) y me interesé mucho en el fantástico. También tengo publicada una novela, que se llama Tangurria, que a pesar de ser una novela tiene un tono que es bastante poético. Tangurria es la historia de Paloma, una mujer que tiene a sus padres y un hermano desaparecidos por la última dictadura cívico-militar argentina.

De todos modos, independientemente de la temática, mi gran desafío y preocupación al momento de escribir narrativa siempre fue la forma: los distintos narradores combinados, lo no dicho, la mezcla de géneros. Por ejemplo, en Tangurria hay poemas, un diario, unos narradores distintos.

Otro ejemplo: con un gran amigo, un gran poeta que además es mi maestro, Antonio Scuderi, tenemos un libro que recopila nuestras conversaciones de chat durante unos cuantos años (depuradas solo en cantidad). Allí nos soltábamos y nos dejábamos llevar, e incluso tomar por personajes que adoptábamos según el día. Fue un libro que nació sin querer, un día nos dimos cuenta simplemente que había allí algo que constituía una materialidad y que podía ser editado. Y lo hicimos, es algo que me ha hecho y me hace muy feliz.

  • Y ella sabe que un fantasma/ en algún sitio/mira su cara en un álbum/ que no existe todavía”, ¿esta vinculación entre pasado y presente siempre te cautivó?

Siempre me sentí cautivada por el tiempo, los ritos de pasaje, el transcurrir, la muerte, la trascendencia, los amores, la memoria. La niña que fui tenía un enorme mundo interior, más grande que todo lo que quedaba del lado de afuera. Ese mundo, esa tierrita fértil que aboné, esa nena, esté presente en la que soy y en mi escritura, de modo particular y central.

  • ¿Cómo es para vos la experiencia de descubrir pequeños tesoros del pasado?

Soy una mujer curiosa de la historia familiar y los secretos, soy nostálgica, coleccionista de recuerdos, de anécdotas, siempre intensa, siempre buscando respuestas… Así que cuando mis familiares más viejitos empezaron a entregarme sus tesoros, esos paquetitos de fotos antiguas, me sentí una especie de cuidadora de esa memoria construida de a pedacitos y desde distintas partes de la familia. Fue increíble, sobrenatural casi: mis tíos abuelos, mi nonno José, mi nonna María, después mi papá, todos, en distintos momentos y lugares, me daban sus paquetitos, sus ofrendas, sus pilitas en blanco y negro. Fue mágico.

Por esa energía especial que sentí circulando en mi vida frente a sus ofrendas, un día tomé una foto y escribí algo; ese primer poema es el que cierra el libro (“medianera de las cosas / de las fotos…”). Después vino otro, y otro, y así hasta que fueron veinticinco. Me ayudó muchísimo mi amigo Antonio, en todo el proceso de escritura y corrección. Casi todo el trabajo lo hicimos por chat, fueron unos años muy hermosos.

Pasó un montón de tiempo, con el libro terminado, hasta que llegó Niña Pez Ediciones. Su editora, Jessica Boianover, leyó el libro y le gustó mucho, enseguida vino el contrato, la corrección de la prueba de galera y la presentación, que fue algo tan hermoso, tan hermoso…

  • ¿Cómo se siente ver algo tan personal como esas fotos en un libro?

Es muy intenso. Por un lado, está la exposición, la “novela familiar”, lo privado entrando al mundo de lo público. Publicar en parte es eso, ¿no? Pero los poemas completan la relación, cambian el estatuto de foto como documento histórico, el conjunto es lo que debe ser leído: leemos las fotos junto con los textos, Jessica Boianover me hablaba de “interacción”: escribir, leer lo escrito, leer la imagen, dar a leer, subir y bajar entre foto y texto. Leer como un paseo, como un recorrido.

  • ¿Qué le dirías a la Marcela del pasado?

Nunca te voy a abandonar, nunca vas a estar sola, siempre voy a estar con vos, yo te cuido.

  • Escribís: “las palabras que no dijo/vienen a mí/como un aro rodante que arrojé de niña”. Describí algunas formas de materializarse de lo no dicho.

Las historias infantiles también están hechas de silencio. Crecí en épocas de dictadura: a nosotros no nos explicaron por qué papá tuvo que irse, por qué tuvimos que dejar de verlo por años, por qué había que mudarse de ciudad, por qué venían cartas y postales de Europa. Ahí es cuando el imaginario crece y el miedo crece y los supuestos crecen. En mi caso, la escritura, la lectura, la poesía, me han salvado de todas las maneras imaginables. El aro rodante sale de la infancia y llega hasta mí, ahora, lanzado por mí, recibido por mí, para responder entre tiempos, para interpretar, para llenar espacios en blanco, para no callar.

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Links de la editorial:

Facebook:  Niña Pez Ediciones

Instagram: @ninapezediciones

Escrito por Denise Griffith

Escritora y editora argentina. Publicó con la editorial Escritor de la legua un poemario llamado Antojos de desorden y participó de la antología El gran libro de los perros de la editorial española Blackie Books. Trabajó en el Ateneo Grand Splendid (una de las librerías más hermosas del mundo). Colaboró en diversas revistas digitales. Se desempeña como crítica de teatro para la página GEOteatral. Contacto: griffith.denise.03@gmail.com Si te gustan los perros, te invito a seguirme en mi cuenta de Instagram: @perripoemas