A Isis y Guilherme

Irremediablemente vuelvo al ciclo. Desde hace unos años, mi vida se encuentra girando alrededor de los mismos libros y las mismas películas. Un balneario, las ilusiones creadas por una máquina prodigiosa, la nostalgia de una mujer que corre entre los jardines y clama que ha olvidado quién sabe qué.

Hace un par de días volví a casa después de haber estado en el encuentro de poetas de Zamora, y me encuentro con que lo primero que he hecho a mi vuelta fue comenzar a releer La invención de Morel, de Adolfo Bioy. De manera intermitente, este libro y otros materiales que han llegado a mí de formas azarosas me ha creado el delirio de que alguien intenta decirme algo, de que hay un mensaje encriptado en la orilla de la playa, en las estrellas de mar, en las planchas de acero de los quirófanos improvisados.

Ahora, en mi recámara, cuando intento pensar en los intensos días pasados que viví, todo es muy difuso. Las conversaciones que creí sostener de manera brillante quizá sólo fueron un cúmulo de frases inconexas, clásicas mías. Qué triste, es muy complicado el mundo, qué maravillosa obra, es una situación extraña, muchas gracias, muchas gracias, sí, estaba en un momento difícil cuando lo escribí.

Empiezo a creer que el hotel El Fénix fue mi personal Marienbad. Sentada en la orilla de la alberca el aire olía a tabaco y todo se sentía nebuloso en mi cabeza. Un calor insoportable alimentó mi confusión. Las conversaciones en los pasillos del hotel, en el restaurante, en los jardines, apenas las recuerdo y, sin embargo, me cambiaron. Ojalá supiera qué cosas me dijeron, poetas.

¿Una sabe realmente si es el náufrago en la isla y los veraneantes hologramas, o si es una el holograma queriendo ser vista a todas horas, tomando el sol, leyendo? No, no sabe, pero busca interpretarse bien a sí misma. En El Amor, de Marguerite Duras, el salón de baile del hotel de la historia tiene una pared de puro espejo y sostengo que hace a todos los personajes aturdirse y tener la sensación de que el salón es eterno. Nunca he visto uno así en la vida real, apenas en el cine el año pasado, Joanna Kulig se recargaba contra su propia espalda en el reflejo.

Por cuatro días ahí estuvimos, no sé cuántos éramos pero podría nombrarlos e incluso dar una pequeña descripción de su oficio y su poesía. Un médico joven, lector de la teoría antipsiquiátrica, con un poema sobre el asma muy bello. Una ingeniera textil, conversadora, comprometida con el derecho al aborto. Un físico, escribe sólo en verso metrificado, como si nada comentó que dejaba la cena temprano porque tenía problemas con el alcohol y también para madrugar.

Camino al lago, conversamos. Selene, ¿sabes? Los físicos prueban sus teorías en la experimentación, ¿cómo se hace eso si la física es una ficción? No, no lo sabía. Es una locura, todo nos lo narramos para estar más tranquilos, ¿cómo se explica a un niño qué es un número?, ¿qué es la enfermedad? Muy bueno haberte conocido, Selene. Igualmente, muy bueno, muy bueno. Pienso en la canción de Cat Stevens. ¿En cuál? En la que dice oh, baby, baby, it’s a wild world.

Durante ese cortísimo periodo de tiempo, una se cree que va a escuchar siempre tacones por el pasillo, risas ebrias, papel de arroz quemándose cuando nadie habla. No es así. Todo se acaba, se vuelve al silencio del trabajo y los otros quehaceres. Volví para estar de vacaciones y así he hecho. Fui al cine a ver una película de acción, comí una hamburguesa con aros de cebolla, se acabaron las fotografías de mí con un clavel rojo en el sombrero mirando hacia otro lado. Esperé que la máquina me devolviera el ticket del estacionamiento, levantara la pluma y me dijera gracias por su visita.

Salí al fin de la atmósfera que se crea en un hotel de los sesentas como sacado de película de ficheras únicamente ocupado por poetas y he logrado regresar a mis labores. Aun así, sigo pensando y hablando de manera enmarañada. Lo sé porque me miran, y quizás esa misma mirada que percibo es paranoica. Una mirada como la del actor que voltea a ver a la cámara y nos hace creer que nos mira ahí, sentados en la butaca del cine, aunque sepamos que apenas veía el negro de un lente sofisticado.

Pensé seriamente en la posibilidad de no decir nada, o lo que es más, de dejar de hablar, pero mi silencio hubiera sido otra persona y eventualmente hubiera tenido qué construir otra más, ahora con voz, que me mantuviera interesante. Parece que no se puede meter una en casas de verano, ponerse turbantes y escuchar a las otras, a la otra, parlotear historias de calor y perversión, sin ser horriblemente descubierta.

No, tienen qué hacerse otras cosas. Subirse a remar una lancha porque se está muy ebria para el camino de regreso, hablar de las películas de terror doméstico, llorar un poco a los ex novios, bailar de puntas, y luego olvidarlo todo. Olvidarlo bien, como para a la hora de escribir hacerlo tan confusa y torpemente.

¿Cómo te fue, Selene? Muy bien, muy bien, conocí gente muy interesante, pensé cosas muy tristes, estoy también cansada, si oigo mi voz un poco más va a reventarme la cabeza, pero muy bien, muy bien todo, he pensado en Olds, Plath, ¿creen que me vuelva loca pronto y me deseche la academia como a Weil? No, no, no soy tan inteligente ni para eso. Me fue muy bien, rico el tequila y la comida. Traje esta mascada imitación de seda. Una tarde llovió mucho.

Escrito por Selene María

En Guadalajara, México.