Entrevisté al escritor Sergio Muñoz con motivo de su nueva publicación con Halley Ediciones, el poemario Vengo de un lugar.

Esto es lo que sabemos sobre él:

Sergio Muñoz es uruguayo. Conjuga en la escritura sus pasajes por la actuación, la danza, las artes visuales y los talleres literarios. Al llegar a Buenos Aires, como una exhalación necesaria, lanza su primer libro de poesía Sempiterno, con Peces de Ciudad, y nace allí un grito poético que se formaliza y agudiza en un segundo poemario; Vengo de un lugar, con Halley Ediciones. Actualmente descubre el libro (también el primero) por medio de los lectores que se lo cuentan, y reconoce los lugares comunes que lo hacen parte del TODO. Agradecido y expandido, corta lazos para volar y desmenuzar los versos que trajo de un lugar.

Ahora sí, comparto con ustedes las respuestas súper interesantes que me dio el autor:

El libro se llama Vengo de un lugar y en el epílogo ponés “bajo un enunciado poético se expresa la vastedad de un lugar que contiene, en versos metafísicos, todo lo que existe, existió y existirá”. ¿Podría esta misma historia haber sido escrita con otros personajes?

Cada uno de los personajes aporta una mirada, un anhelo de aquel lugar de donde viene. Este es el núcleo de la historia narrada; el leitmotiv. Hay en la naturaleza de los enanos, los gigantes, los animales bípedos, las aves, los peces, una pincelada particular que hace a un sistema que no entra en conflicto, sino que dialoga para llevar a cabo el plan establecido en el lugar de donde vienen, y desean volver. Son personajes que tienen memoria, sin saber qué es lo que recuerdan, con una intuición que les da confianza y hace vivir el aquí y ahora de otra manera. Cada uno es testigo de una procedencia que los aúna; ese origen que no es un lugar físico. Es un no-lugar. Todos brillan en su existencia estando despiertos, conscientes del plan que se está desarrollando, entonces, no hay un personalidad que manipule una misión distinta a la de otro. Aún siendo de diferentes especies, hay una inteligencia (común) que los mueve a una aceptación sobre el, físicamente, diferente. Y cada uno, desde ese lugar que comparte, va encontrando una forma de recorrer el camino de la sobrevivencia. En definitiva, los personajes que cuenten esta historia podrían ser otros, bien diferentes, porque no son caracteres los que llevan esta historia; es una cuestión de consciencia. De haber corrido el velo. No hay parentescos que generen apegos y escasean los juicios. Es ajena la lucha de egos, o batallas, por conseguir lo que quieren (en términos mundanos) y los separe del otro o de sí mismo. Sino que son fuerzas que interactúan en la creación y concreción para que las cosas sucedan y todo sea como tiene que ser, fue y será.

Buscamos todo el tiempo certidumbre, y tu poesía va por otro camino. Hace pensar al lector, ¿qué situaciones que contemplaste en vivo y en directo alguna vez te hicieron pensar a vos?

Este libro habla más de mi vida personal que Sempiterno. Es una visión más genérica, a la vez que cruel, honesta, apocalíptica, solitaria y desconcertante. Un universo casi kafkiano se revela si, como dice el libro, leemos el espacio entre las letras, y encontramos los sin sentidos que entre los versos hay. Y ni hablar entre las letras. En el primer poemario hablo de eventos concretos que sucedieron en el plano de lo físico y los juicios que ellos generaron; situaciones que se configuraron en el espacio-tiempo. Y fueron mucho más a los músculos, a los órganos, a las articulaciones, a las vísceras, a los gritos y las trompadas. Son hechos que subrayaron la vivencia y fueron leídos desde un cuerpo que se hizo consciente de sí mismo en un período donde la danza contemporánea y la performance lo puso a disposición del ojo ajeno, con todos los riesgos que esto implica. Ponerse en manos del otro es un peligro a consciencia.

En Vengo de un lugar utilizo símbolos para poder denunciar una realidad; la mía. Convencido de que es la mía porque no me puedo poner en los zapatos de otro, así como otro no puede ponerse en mis zapatos. Y lo hago parándome detrás de ella, siendo crítico y desapegado. Consciente de esa fatalidad, y así poder desdramatizarla y luego deconstruirla, potenciando las diferentes vertientes que se abren al tomar las riendas de un acto pasado o presente. Los hechos más radicales que marcaron mi vida, como puede ser el vínculo con padres ausentes o alejados, personas que jugaron a ser otra en un contexto de familia, los doble discursos amorosos, las desmitificaciones del amor que nos enseña la televisión o la tradición oral, las desilusiones del sexo, el falso poder que creemos tener sobre nosotros y a veces sobre los demás, y la dificultad de desprendernos de ese yo que los demás nos ayudaron a alimentar, gracias a nuestro permiso. Todas estas cosas hacen que se desvanezca el hecho mundano (la anécdota) y la persona que lo produce; esta se desdibuja al ser absorbida por el hecho, la fuerza, el trazo que produce el impulso. Sin suceder en la historia actos de violencia, es mucho más desesperanzadora. Quedando el segmento de vida una finitud con manchas que la vuelve descartable. Porque la poesía de las cosas dice mucho más que las cosas mismas. Y es trágico sentir que no estamos en el lugar que queremos estar.

En tu poesía se puede apreciar un gran trabajo desde la forma, con el tema del acróstico y los títulos de los poemas. ¿Qué fue lo que te llevó a proyectarla de esta manera desafiante y original?

Luego de escribir Sempiterno, que fue como un vómito de muchas cosas que tenía que decir, vino la calma. Eso porque fue mi primer libro; con toda la ansiedad que impulsaba. Agotándose la primera edición empecé a sentir que el libro, como una extensión, me arrancaba un trozo y se lo daba a los conocidos y a muchos desconocidos. Al comienzo fue extraño por el hecho de estar compartiendo cosas tan personales. Pero enseguida me di cuenta que esa era la manera de soltar; vaciarme. Para mi sorpresa sucedió la segunda edición y ahí ya habíamos cortado el cordón. Se empezó a mover sólo. Aún sigue llegando adonde tiene que llegar. Como fue escrito desde una forma más convencional, con poemas independientes entre sí en una línea cronológica sin diferenciar a simple vista uno del otro, con el tiempo (ya más de dos años) la sensación que queda es de un libro que trata sobre la violencia, y este sustantivo, es la conclusión de un gesto enérgico represivo sobre la causa que lo provoca.

Cursando poesía en la UNA, en contacto con diferentes dispositivos que faciliten el discurso poético, me encontré con el acróstico y me hizo eco a lo que me había pasado con Sempiterno, en cada poema aparecían pequeñas piezas de mi vida que yo había olvidado. Esta información me la daban los lectores al comentarme lo que sintieron, o alguna anécdota que les despertaba. Lo que ellos me devolvían era algo que estaba oculto en el poema; yo lo había puesto allí y no me había dado cuenta. Y cuando conocí los acrósticos quise jugar a consciencia ocultando algo dentro de cada poema. Que sea como un corazón que cada poema tiene, y por la dureza sintagmática, todos leerían lo mismo, quedando en lo subjetivo lo que a cada uno despierta.

Este sería el dispositivo principal del libro, pero aún no era la forma de cómo quería decir. Hay algo que tenía claro; no estaba buscando ALGO para decir, sino CÓMO decir algo. Y de allí comencé a pensar en los CÓMOS dejando que estos me dijeran a mí qué iba a decir. Entrando en esta dimensión, el cómo estaría también atado al espacio; el espacio en la hoja. Realicé una búsqueda de adjetivos que pudieran adherirse al privativo in y al mismo tiempo dijeran lo opuesto. Entonces, cada poema tiene dos títulos en uno, que caen hacia el medio del libro y nos invita a “ir hacia adentro” en el viaje que hace el ojo. Esto deja libre el espacio para los caligramas que descansan en el suelo de las hojas, dando la idea de ascensión. También con la particularidad de que no son sólo cincuenta poemas. Ellos son un sólo poema llamado Vengo de un lugar. Me pareció muy importante que este libro tuviera un gran enfoque desde lo espacial y trabajar ese lugar que no es identificable.

¿Qué poemas recomendás dentro de la tradición épica?

Me interesa más la Odisea, del autor épico Homero, como poema que exalta en los personajes el deseo de sobrevivir. Su lenguaje solemne y lleno de arcaísmos, los hombres responsables de sus vidas entre comparaciones, como en el caso de Vengo de un Lugar sucede entre el gigante que ve y el gigante que no ve; casi epítetos que los identifica sin tener nombres. Los personajes son sencillos y se mueven en varios escenarios (espacios) con acciones difusas y dispersas, y esto lo vuelve más lírico. La variedad en la estructura de acción es más sorpresiva.

Puede ser el referente más próximo a Vengo de un lugar. Pero estos dos poemas narrativos, si bien tienen mucho en común, hay diferencia bastante claras. Aquí no hay Dioses, y los personajes tienen variaciones antropomorfas no siendo de aspecto humano, sino que hay una diferenciación; enanos y gigantes. Aquí no hay héroes, no hay guerras. Sólo hay interacción, desplazamiento en el espacio de personajes que intentan acomodarse en ese mundo. La intervención divina nunca sucede. Pero esta presente. Tampoco hay favores atendidos por los Dioses, aunque los personajes lo pidan. La muerte, al igual que en el poema épico, está estrechamente ligada con el concepto de destino. Los gigantes mueren a consciencia de una circularidad, fusionándose con el Todo y sus implicancias. Hay un dejarse arrastrar a la muerte tal como la naturaleza se los indica. Soltándose, para volver al lugar de donde vinieron. Porque nacer implica tener que morir.

Apelás bastante a los sentidos, ¿a qué sentido te considerás más conectado en el día a día?

Siento que estoy más conectado con el auditivo. Me gusta escuchar a los demás. Oír lo que dicen, pero sobre todo cómo lo dicen. Es un ejercicio inevitable cuando uno se va a vivir a otro país; el acento de la nueva cultura, las palabras, las formas de entenderse. Me pasó también cuando me fui a vivir a Brasil (Salvador-Bahía). En estos casos la escucha es muy importante. Sumado a que el oficio del escritor, a mi entender, implica una apertura constante al mundo de la oralidad y sus estrategias de comunicación, para poder llevarla a la escritura. Es aprender otra lengua.

Para poder nutrirse de la otredad cultural, la escucha es necesaria, y más aún en esta ciudad (Buenos Aires), donde no es algo común; mas bien sería la salvadora a recuperar la honestidad, tan olvidada. No digo que lo que llega a mis oídos sea una mentira consciente, sino que lo que los otros nos dicen no necesariamente tiene relación con lo que quieren decirnos. Y para esto no nos han escuchado bien. Es un círculo vicioso. Esto no omite la normalidad e impunidad de la mentira. Está más cerca de ser una dificultad para expresar lo que nos sucede. De ahí me atraviesa la necesidad de escucharnos más; de dejarnos sorprender por lo que el otro tenga para proponernos. De aprender. De aceptar y celebrar al diferente.

Ésta es una poesía menos directa y realista que la de tu libro anterior Sempiterno, ¿te pasó de sorprender a lxs lectorxs por el cambio tan notorio?

La sorpresa que manifiestan lxs lectorxs es maravillosa. Muchos piden acceder a un ejemplar ya que Sempiterno les pareció fuerte, sorprendente y entrañable. Algunas personas me habían sugerido desde hacía varios años que debía escribir sobre particularidades de mi vida. Y al ver materializada tal sugerencia, la sorpresa fue doble. Tenía claro que este primer libro debía contener una poesía realista, ser concreto y que no hubieran dudas sobre lo que quería decir. Mi idea fue llegar directamente al lector.

Cuando leen Vengo de un lugar se dan cuenta que ingresan en otro registro; no es lo anterior, pero los lleva de una forma indirecta a algo más profundo que lo anterior. Pienso que cuando llega este poemario a los corazones de lxs lectorxs ya hay una preparación, una disposición de encontrarse con algo que no aparece. Al comienzo una búsqueda por escuchar más de eso que nos sorprende, pero emerge la grata sorpresa; este libro no habla de mí, sino del que lo lee. Y en la incertidumbre sobre lo que se está leyendo, se liberan las expectativas y se respira belleza personal interna; la que el lector encuentra entre las letras, sílabas, palabras rotas, palabras, versos. Es debido a lo prelógico que apasiona sin saber el motivo. Es como un espejo, y en este punto el libro es muy honesto, presentándose así desde la biografía. Modelando el discurso de lo anecdótico en ambos libros, el realismo en Sempiterno no fue suficiente para decir cosas desde el lugar en el que me dejó. Era necesario contextualizarlo, y allí apareció Vengo de un lugar, que delata en el nombre su inevitable y dependiente procedencia.

¿Leíste algunos de estos versos en vivo? Yo a medida que los leía me los imaginaba siendo recitados. Si es así, ¿cómo fue la experiencia interna de recitar?

La experiencia de leer poesía en público es muy enriquecedora. Te enfrentas a la música del poema. Te llega de afuera. Se vuelve más objetiva, o quizás, menos subjetiva. El feedback en los oyentes es lo que te comprueba si el poema toca corazones o no. Sempiterno nació a partir de una lectura en público. Por lo tanto considero que ese evento es transformador y lo recomiendo ampliamente. La editorial no leyó los poemas que leí ese día; los escuchó. Y apostó a que publicara con ella a partir de ese evento.

Con Vengo de un lugar sucede algo diferente por la sencilla razón de que tiene una forma en las hojas impares que obliga a una cadencia que se fractura desde lo gramatical. Podríamos decir que hay un juego con lo agramatical. Entonces se apela al sentido, porque no es una agramaticalidad gratuita, sino que es el anagrama de un poema anterior. Entonces, el libro está conformado por binomios. Leer un poema de una página par, o impar, solamente, es leer el poema por la mitad. El poema entero es leerlo en su convencionalidad y su transgresividad a la vez. Las veces que he leído en público, cuando lo hice en la Feria del Libro, por ejemplo, opté por leer tres poemas que respondieran a las convenciones de la lengua, para llegar más cerca del que no tuvo contacto con el libro. Leer fonemas como piezas que quedaron de una palabra rota, es extraño, pero tienen un pasado y un contexto al que pertenecen. Y es ahí donde el pasado del poema viene a salvar su presente. Leer poesía en público le permite al poeta activar el oído y estar presente en el momento que el oyente integra esos versos.

Dejo por aquí una muestra de su poesía:

infeliz

va corriendo lerdo el ciego
avivando los volcanes
nacer de nuevo implora

hay calor y se tropieza
aplastándole los huesos
canta abraza y se lamenta
inundado de tristeza
amor clama hacia los dioses

lágrimas chamuscadas
abismo y qué importaba

la brisa carbonizada
una piel que agonizando
zamarreaba el sufrimiento

 

Escrito por Denise Griffith

Escritora y editora argentina. Publicó con la editorial Escritor de la legua un poemario llamado Antojos de desorden y participó de la antología El gran libro de los perros de la editorial española Blackie Books. Trabajó en el Ateneo Grand Splendid (una de las librerías más hermosas del mundo). Colaboró en diversas revistas digitales. Se desempeña como crítica de teatro para la página GEOteatral. Contacto: griffith.denise.03@gmail.com Instagram: @denisegriffithp