En busca de la tragedia, o el sueño de Nietzsche

En los escritos preparatorios a El Nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo Nietzsche arremete contra el espíritu socrático, el cual, en última instancia, es un espíritu de decadencia vital de la “jovialidad griega” y responsable de la muerte de la tragedia ática. En los escritos preparatorios, Nietzsche anuncia lo que será la opera prima de su pensamiento, a saber, la dualidad de los principios artísticos entre lo apolíneo y lo dionisiaco. En “La visión dionisiaca del mundo” ensayo escrito en 1870, posterior a las dos Conferencias acerca de la tragedia griega, Nietzsche expresa que la belleza apolínea, de las formas y de lo onírico, instinto plástico en el Olimpo, creó la escultura y la epopeya, antes de que un dios extraño, proveniente de Asia, anunciara la sabiduría del sufrimiento, a saber, Dioniso. Las manifestaciones de Dioniso no comienzan en el arte, puesto que el arte será la forma de salvación de este instinto embriagador, que dejado en libertad conllevaría un total desapego a la existencia, con vista a un mundo más digno del ser, primitivo y por ende disociador de la civilización. Así, las manifestaciones religiosas y ditirámbicas, en el canto, es la primera aparición de este dios de la embriaguez, del frenesí, de la voluntad.

Antes del influjo desmesurado de lo dionisiaco, la cultura griega ya había probado los sinsabores del sufrimiento, de cierta vanidad de la existencia, por supuesto vanidad totalmente ajena al espíritu cristiano, y a partir del instinto vital de lo apolíneo, crea la belleza, el orden, lo majestuoso, que reivindica el apego a la vida. Por eso, dirá Nietzsche, Aquiles llora la finitud de la vida, por eso Homero es un homenaje a la vida, del ser griego reconciliado con la apariencia, con el mundo, con la vida en la belleza. Sin embargo, el presentimiento del abismo de la vida, del pesimismo ya arraigado en lo más recóndito del espíritu griego, es un asidero, un nido, en el cual Dioniso es bienvenido: es la misma Naturaleza la que ofrece a sus hijos regresar al vientre materno, a la unidad, en la sabiduría de que el peor crimen del ser humano es “el haber nacido” y la máxima felicidad es “morir pronto”. De esta manera, Apolo se enfrenta a este dios extraño, proveniente de otras tierras, pero afín al pesimismo griego: Dioniso. La confrontación, la síntesis, la eterna lucha entre lo apolíneo y lo dionisiaco, tal como las sintió la cultura griega, en definitiva, en la formas más altas y dignas del arte, es el Nacimiento de la tragedia.

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El Nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo es una obra de juventud que no esconde las influencias de ciertas filosofías y artes propias de la modernidad: Kant, Schopenhauer, Bach, Beethoven, Wagner. Pero en el límite del pensamiento estas filosofías dejan de ser la causa principal del libro, y entonces el lector reconoce la herencia de Nietzsche, una herencia que se remonta a la antigüedad y que está presente como una forma de nostalgia, del paraíso perdido, de las fuentes de la vida tal como las bebió lo sublime de la justicia en Esquilo, y el misterio y las limitaciones de la fuerza humana en Sófocles. Nietzsche está en una lucha continua consigo mismo: la erudición y el genio. El joven Nietzsche realiza algo así como un viaje del pensamiento, una propia Odisea del sentimiento y el sentido propio, para captar la esencia misma de la tragedia, que incluso a un teorizador como Aristóteles se le escabulló en su teoría de la mimesis; y ya no decir de Eurípides y el feo Sócrates. Si los dioses hablan de los mortales en los sueños, si Apolo es lo onírico, el viraje de Nietzsche a la antigüedad también está permeada por lo onírico: el instinto de la belleza griega se manifestó en la tragedia. Y la sabiduría trágica, del sufrimiento y la pérdida de la unidad, fue el maleficio pesimista que vivió Nietzsche en las lecturas de Schopenhauer. Si Eurípides es un optimista como le fue Sócrates, bajo la fórmula del “saber es virtud”, Esquilo también fue un optimista, pero en otro sentido, en el de la justicia y la sabiduría del mundo, tal como está instituido en el tribunal de Atenea al final de la Orestíada

Uno de los elementos fundamentales de la tragedia griega es el constituido por el Coro trágico. El Coro es la rememoración del canto ditirámbico, en el cual palabra y sonido llegan a la dignidad del canto; el canto del coro cumple la finalidad de ser el actor principal de la representación de una tragedia, a tal punto de que todo en el escenario está en función del Coro.  Nietzsche observa una decadencia del Coro, desde Esquilo hasta Eurípides. En esquilo lo sublime de la justicia, el pensamiento trágico, el conflicto entre la fuerza de los Titanes y la moderación del Olimpo, está expresada en la magnitud del Coro; el actor secundario, el que responde al Coro, precisamente actúa para acentuar el papel principal del Coro, todo gira alrededor de este elemento que recuerda el ditirambo en las fiestas dionisiacas: Dioniso está en el escenario, pero como ausente, como velado en el Coro. Sin embargo, este elemento inconsciente en Esquilo, esta fuerza dionisiaca manifestada en el Coro, entra en agonía debido a la incorporación del diálogo, de la dialéctica, cuyas formas más altas son la sofística y el socratismo: Medea y Jasón argumentan, presentan tesis, y justifican sus acciones. Aquí el Coro ya no tiene la vigencia de lo arcaico, aquí la razón ejerce preponderancia: el diálogo y la dialéctica es la muerte de la tragedia. Nietzsche quiso revivir el Coro trágico en ese sueño embriagador que lo remontó a la visión de los elegidos, de los artistas trágicos, que él creyó ver en Wagner, que, en su propia voluntad, quiso encontrar en Wagner… Nietzsche habla constantemente del renacimiento de la tragedia, un nuevo renacer respecto al Renacimiento de Leonardo Da Vinci, pero esto es otra visión onírica, del mismo modo que Sócrates al final de su vida tuvo que ser músico, al presentir la inutilidad y el límite de todo su esfuerzo racional.

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Hay una profunda intuición de Nietzsche. Las tragedias eran representadas en las famosas dionisiacas, en las cuales todo el pueblo participaba; grandes festividades que, al mismo tiempo, exigían gran rigurosidad y técnica por parte de los creadores, de los actores, de la escenificación, y un gasto económico alto para los aristócratas que, orgullosamente, eran elegidos para solventar los gastos de las representaciones. El artista trágico era un artista total, es decir, en la cual existió la síntesis de las artes: música, canto y danza. La unidad de las artes puesta en la tragedia corresponde a la unidad de la Naturaleza, a la metafísica del arte que reconoce en la Voluntad el espíritu del mundo.

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