Fui una niña nacida a finales de la década de los 90’s. Mis padres, en ese momento jóvenes, para trasladarse de casa a sus respectivas ocupaciones usaban un Volkswagen blanco cuyo año de manufacturación desconozco. A pesar de que mi memoria es engañosa, y por desgracia no recuerdo haber circulado las calles de Guadalajara a bordo de tal auto, he de reconocer que dicha marca tiene un bello apego emocional construido por mis padres y allegados.

Durante los años más tiernos de mi infancia mi padre jugaba conmigo a lo que él denominaba “pulguita”. El juego consistía en permanecer alerta mientras estábamos dentro del auto – para entonces teníamos un Tsuru color rojo – y si lográbamos ver un Volkswagen o vocho procedíamos a pellizcar el brazo de quien se encontrara a nuestro lado exclamando: “¡pulguita!”. Eso traía consigo mucha diversión, sin contar que estrechaba el lazo entre mi padre y yo. Con el tiempo se acoplaron a la dinámica mi hermana menor y mi madre para hacer de esto una rutina placentera.

Un día mi padre me contó una noticia desgarradora. Ya no se fabricarían vochos; eso sólo quería decir una cosa, el juego que tanto nos gustaba se terminaría de una vez para todas. A partir de ese momento se agudizó mi destreza para detectar vehículos y acumular victorias, también vi cómo de a poco me era más difícil contar más de 10 Volkswagen en un viaje por la ciudad. Esto provocó que las reglas de nuestro juego se modificaran un poco, ahora en lugar de buscar vochos, buscaríamos autos de cualquier diseño, pero con un color específico, aliviando de forma casi inmediata la angustia.

Durante los años siguientes abrumaría a mi padre con preguntas intermitentes sobre el paradero de los autos en circulación: ¡qué pasaría si alguno requiere de cierta pieza o reparación!; él buscaba darme las respuestas más certeras posibles. Finalmente llegué a la edad adulta y el juego adorado de antes pasó al olvido. Aun en mi cotidianidad percibía la escasez paulatina de autos, la llegada de ejemplares más modernos y la transmutación de memorias de una ciudad que creía mía.

Después me mudé al sur. Las calles de Ciudad Guzmán son ahora mi entorno, y a pesar de que sólo 100 km dividen mi origen con la actualidad, es posible percibir ambas realidades con un abismo de diferencias. Aquí no hay edificios, y aunque la urbe se expande, ciertas tradiciones y costumbres están todavía muy arraigadas. Reconozco que este lugar nunca deja de sorprenderme; el cielo es más azul y resulta placentero mirar un horizonte de cerros. Mi medio de transporte, como en Guadalajara, es el autobús, que a veces, de forma inexplicable va muy lleno de pasajeros y no se tiene otra opción que viajar de pie. En uno de esos días vi cómo un par de niños jugaban aquel preciado juego que mi padre me enseñó.

No me percaté hasta ese momento de la cantidad de vochos que hay en mi nueva y pequeña ciudad y la facilidad con la que estos niños gritaban “¡Pulguita!”. Sin duda me reconfortó. Fue como una mirada al pasado. Pensé también que como yo en algún momento, ellos serán testigos de la escasez, la expansión inevitable de la ciudad, hasta el punto, todavía no logrado, de que estos autos sean sólo recuerdos y chatarra. Pues ahora creo que el tamaño de una ciudad puede medirse por la cantidad de vochos en las calles.

Escrito por Cristina Meza

Poeta y artista plástica nacida en Guadalajara, Jalisco, México. Actualmente reside en Zapotlán el Grande.