Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es autora de los libros de poemas Soldado que huye (Hesperya, 2008), Los idiomas comunes (Hiperión 2010; XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2011), Las señales que hacemos en los mapas (Libros de la Herida, 2014) y Breve historia de algunas cosas (Ediciones del 4 de agosto, 2017). Es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y en Filosofía por la UNED, y máster en Estudios Árabes e Islámicos Contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid, donde reside actualmente.

El periodismo, la traducción o la comunicación política son algunos de los ámbitos a los que te dedicas y que están estrechamente ligados con la escritura. ¿En qué medida están ligados con tu escritura? ¿Consideras que tu conciencia social y tu actividad política y periodística se reflejan en la poesía que escribes?

No hay diferencia entre lo uno y lo otro. Escribo sobre las mismas cosas que me ocupan y preocupan a lo largo del día, ¿cómo podría ser de otra manera? En general, todas esas formas de escritura a las que me dedico giran en torno a las mismas cuestiones, que no dejan de ser las mismas de las que tratan las conversaciones cuando quedo a tomar unas cañas: lo que está pasando en el mundo y los modos en que podemos intentar entenderlo; las formas que tenemos de relacionarnos; la ciudad que habitamos, los viajes que emprendemos. Lo que es necesario cambiar y lo que es imprescindible que salvemos, en definitiva. Cada lenguaje o ámbito puede ser más acogedor para un matiz diferente: quizás un reportaje permite abordar un aspecto coyuntural de un problema, un poema puede explorar su repercusión íntima, y una acción política centrarse en la urgencia de una solución.

En un mundo como el actual, repleto de causas por las que alzar la voz, ¿crees que es necesario que la poesía desempeñe un papel reivindicativo?

A la literatura no se le puede imponer una agenda, decir que es «necesario» que haga tal o cual cosa. Como dice Jorge Riechmann, «las cosas pueden hacerse para que la rueda siga girando o para entrar en contacto con la lumbre». Esto es verdad también en el caso de la poesía, y en esta época como en cualquier otra, las razones para escribir serán de lo más variopintas. Lo que sí cabe es, por un lado, trabajar para que la literatura lúcida y crítica no quede silenciada o relegada a los márgenes y, por otro, recordar que no hay ningún discurso neutral. Hay una falacia muy extendida que nos lleva a creer que solo la literatura que es explícitamente política tiene de hecho un contenido político. Esto es, evidentemente, falso: cuando se admiten las versiones oficiales, cuando no se ahonda en la complejidad de las cosas, cuando se evade el conflicto, también se está diciendo y haciendo algo. Nadie está libre de posicionarse. Personalmente, sí pienso que es una responsabilidad que nuestra forma de estar en el mundo intente, en la medida de lo posible, parar la rueda y acercarse a la lumbre, y esto también se aplica a la escritura.

¿Cuándo, cómo, por qué escribes?

Supongo que escribo cuando siento la urgencia de comunicar algo. Como cuando mandamos un mensaje a una persona querida porque algo nos ha sorprendido, nos ha hecho gracia o nos ha parecido hermoso o revelador: una anota el relámpago de lo que podrá ser un poema cuando no quiere que se le escape un momento de hallazgo que vale la pena compartir, por lo que pueda tener de común, de bello, de útil. El cuándo, cómo y dónde, por tanto, son de lo más aleatorio. Más que por qué, para qué: que pueda acompañar a alguien en su propia reflexión, descubrimiento o vivencia. Como lectora, es lo que encuentro en la poesía que me interesa, y es lo que me gustaría que lograse la mía.

Soldado que huye, publicado en 2008 por Ediciones Hesperya, fue el primero de tus poemarios en ver la luz. Le siguieron Los idiomas comunes(Hiperión 2010), Las señales que hacemos en los mapas(Libros de la Herida, 2014) y Breve historia de algunas cosas (Ediciones del 4 de agosto, 2017). ¿Cómo encontraste un hueco para tu escritura poética en el mundo editorial? ¿Piensas que la escena ha cambiado mucho en estos diez años?

Cada uno de esos libros ha seguido un camino muy distinto en lo que respecta a su edición. Soldado que huye fue publicado por Hesperya, un colectivo que nació en la Universidad de Oviedo y que contribuyó a dar aire a la poesía joven con una revista, un festival y una colección de libros tanto en papel como electrónicos. Al frente de todo ello estaba Alba González Sanz (que ha seguido creciendo como poeta y como editora), que se empeñó particularmente en que editásemos ese libro. Años más tarde me animó a presentar Los idiomas comunes a un premio, lo que acabó permitiendo que ese segundo poemario se publicase de manera en una editorial grande que dio la oportunidad de que llegase a más lectores. Los siguientes los publiqué en sendas editoriales independientes porque el propio proceso de los libros y de los afectos fue llevando a ello. Libros de la Herida y 4 de Agosto son proyectos cercanos en los que creo, a los que admiro por su cuidado de las ediciones y de los autores, y se daba esa oportunidad cuando el libro iba estando a punto, así que, ¿qué mejor opción?

En cuanto al panorama en general, no sé hasta qué punto ha cambiado. Tiendo a pensar que han surgido más editoriales, que hay más opciones para publicar. Pero, ¿en qué condiciones? ¿Con qué distribución, con qué posibilidades de ser leída? ¿Con qué sostenibilidad para quienes escriben y para quienes publican? Lo importante sería ir mejorando en términos de ecosistema, ser capaces de generar un entorno con algo de sentido, para que publicar no sea como lanzar botellas al mar.

Hasta el momento, todas tus obras publicadas pertenecen al género poético. Más allá de tu escritura profesional, ¿te has lanzado alguna vez a escribir algún texto en prosa?

Escribo en prosa, y bastante, pero textos de un estilo similar a la crónica, el ensayo o la reflexión, que suelo publicar en medios de comunicación (y durante algún tiempo, en un blog personal). La narrativa se me resiste más: siempre digo que mi imaginación no funciona en historias. ¡Y ojalá! Me encantaría escribir cuentos o novelas. Pero, por el momento, no van por ahí las ideas que se me ocurren o que me veo capaz de desarrollar.

Para ser una buena escritora, primero es fundamental ser una gran lectora. ¿A quién leyó en su momento, y a quién lee ahora Laura Casielles? ¿De qué manera influenciaron esas lecturas en tu modo de ver el mundo y de plasmar tus ideas sobre el papel?

Empecé leyendo lo que había en los estantes de la casa de mi familia: Lorca, Machado, Alberti, José Hierro, Ángel González, Jaime Gil de Biedma… Cuando vieron que me interesaba por la poesía, empezaron a regalarme más: Benedetti sobre todo fue un descubrimiento en ese momento. Con diecisiete años tuve la suerte de tener durante unos meses una profesora de literatura que era poeta (una gran poeta, de hecho, como averigüé después): Berta Piñán. Fue toda una sorpresa que se pudiera ser poeta siendo mujer, estando viva y siendo, por lo demás, la mar de normal. Encima, escribía en una lengua minoritaria (el asturiano) y lo hacía desde una perspectiva nítidamente política, pero en un sentido que yo entonces no conocía, y que luego vendría a entender mucho mejor en el marco del feminismo. Se abrieron un montón de puertas ahí. De su mano llegué sobre todo a una autora que sería ya para siempre una de mis indispensables: la polaca Wislawa Szymborska. A medida que fui tirando de unos y otros hilos, en mis lecturas irrumpieron mis contemporáneos y contemporáneas. Los nombres son tantos… Fernando Beltrán, Miriam Reyes, Martha Asunción Alonso, Carmen Camacho, Sara Torres, Alba González Sanz, Olga Novo, Juan Carlos Mestre, David Eloy Rodríguez, Luis Melgarejo, José María Gómez Valero, Miguel Ángel García Argüez, Rubén d’Areñes… Aparecieron también herencias que nadie me había contado que podía tener, como las de Aníbal Núñez, Rafael Pérez Estrada o Paca Aguirre, así como poetas de otras latitudes y lenguas: Mahmud Darwish, Roberto Juarroz, Adrienne Rich, Suheir Hammad, Claes Andersson, Mary Oliver, Kate Tempest… Cada lectura fue y va abriendo más y más el campo, permitiéndome entrar en conversación con más voces y ver cómo de diversas son las posibilidades de la escritura.

Además de escribir tus poemarios, realizaste la traducción de una selección de textos del poeta marroquí Abdellatif Laâbi (1942) bajo el título Desde la otra orilla, que publicó Valparaíso México en 2017. ¿Cuál fue el mayor reto al que tuviste que enfrentarte a lo largo del proceso? ¿Cómo de similares, o de distintas, dirías que son la experiencia de traducir y de escribir?

Descubrí la poesía de Abdellatif Laâbi hace unos ocho años, cuando vivía en Marruecos, y casi de inmediato empecé a traducir algunos poemas básicamente por el deseo de darlos a leer a alguna gente amiga y comentarlos. A partir de ahí la cosa fue creciendo, y ya en contacto con el propio Abdellatif, decidimos preparar una antología de sus textos en castellano. Está siendo un trabajo amplio y laborioso. Ahora mismo tenemos traducida una selección muy extensa de su obra desde 1981 hasta sus últimos libros, publicados el año pasado. La labor de traducción está siendo muy gustosa: Abdellatif tiene una escritura con la que me siento muy identificada y cómoda, y no me resulta difícil entrar en su imaginario y su lenguaje. El reto de la traducción –cómo traer a un idioma lo que se dice en otro siendo fiel al sentido, al tono y la sonoridad– me parece muy estimulante, creo que nos enseña mucho sobre la propia lengua y sobre el uso que hacemos de ella. Es una experiencia distinta a la de la escritura, pero que avanza en paralelo, intercambiando con ella herramientas y reflexiones.

Lo que está resultando algo más frustrante es la dificultad de publicar esas traducciones en España. Desde la otra orilla es solo una pequeña parte del trabajo que tenemos hecho, publicado a raíz de la concesión a Laâbi del premio Nuevo Siglo de Oro en la feria del libro de México. Estamos contentos con este avance, pero nos gustaría publicar una muestra mucho más amplia, acorde con la riqueza de su trabajo. Laâbi es un autor fundamental en Marruecos y Francia, reconocido con los premios más importantes de ambos países, publicado en grandes editoriales como Gallimard, además de ser historia viva de su país. Pero aquí no está habiendo manera de sacar adelante la edición de esta antología.

Breve historia de algunas cosas se lanzó en 2017. ¿Has tenido algún otro proyecto entre manos desde entonces? ¿Podremos disfrutar de él próximamente?

En realidad Breve historia de algunas cosas no es un libro en sí mismo, sino más bien parte de un proceso que sería ese proyecto por el que me preguntas. Se trata de una serie de poemas que preparé cuando el verano pasado me invitaron al festival Agosto Clandestino en Logroño, en el que la cuidadosa gente de Ediciones 4 de agosto hace a las autoras y autores invitados el regalo de editar un cuaderno dentro de una colección ya muy vasta de la que es un gusto ser parte. En los últimos años venía acumulando borradores, pero no lograba encontrar el momento de abordar la tarea de pulirlos y ordenarlos, así que esa ocasión me dio la excusa perfecta para trabajarlos. Sigo dándoles vueltas a ellos y a otros, y seguramente eso cristalice en libro en algún momento. Pero tranquilamente. Jugando, disfrutando. No hay prisa.

01 Laura Casielles [Foto_ Alma Toranzo y Fran P. Lorenzo (Tánger, 2018)]

Fotografías realizadas por Alma Toranzo y Fran P. Lorenzo.

 

Biografía de Laura Pardo:

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Laura Pardo (Granollers, 1995) es graduada en Traducción e Interpretación por la Universidad Autónoma de Barcelona y estudiante del Máster en Traducción para el Mundo Editorial en la Universidad de Málaga. Es editora y gestora de las redes sociales de Liberoamérica en Málaga, además de coordinadora y autora en la antología Liberoamericanas: 140 autoras contemporáneas (Liberoamérica, 2018).

 

Escrito por Liberoamérica

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