María Belén Milla Altabás (Lima, 1991) estudió Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde se desempeñó como docente durante algunos años. Es autora de los libros de poesía Archipiélago (Celacanto, 2016) y Amplitud del mito (Alastor Editores, 2018; Liberoamérica, 2018); y coautora del libro Había una vez una peruana (Xilófono, 2018). Asimismo, forma parte de la antología Liberoamericanas: 140 poetas contemporáneas (Liberoamérica, 2018). En 2017, obtuvo una mención honrosa en el X Concurso El Poeta Joven del Perú con una primera versión de Amplitud del mito. Actualmente estudia un máster en Estudios Medievales en la Universidad Complutense de Madrid.

Tu voz es una de las más relevantes hoy en día en el panorama poético peruano. ¿Qué recepción crees que está teniendo la poesía allí? ¿Qué piensas respecto a la (in)visibilización femenina y de voces jóvenes en este y otros géneros literarios?

Si hay algo de lo que todos los peruanos debemos estar orgullosos es que venimos de tierra de poetas. Hay una larga tradición de gigantes detrás de mi generación. Pero lo que viene ocurriendo con la poesía peruana actual es algo fabuloso. Aunque siempre ha tenido alcance en grupos reducidos, en los últimos años se puede notar un aumento importante de lectores de poesía. Y qué decir de la gente que escribe. Tanto en Perú como en Latinoamérica o España, cada vez hay más poetas jóvenes en escena. Todo esto tiene mucho que ver con las redes sociales y el surgimiento de varias editoriales independientes que permiten visibilizar el trabajo de autores y autoras jóvenes. Pero es verdad que nada de esto es suficiente cuando se habla de la literatura escrita por mujeres. Se suele menospreciar y pasar por alto el trabajo brillante de muchas mujeres. Y no solo en poesía. Es un problema que atraviesa todos los ámbitos donde habitamos. Hoy más que nunca necesitamos más y más feminismo que cuestione y subvierta el orden heteropatriarcal e irresponsable que tanto daño ha hecho. Lo bueno de todo esto es que vamos logrando cierto cambio. Lento, pero lo hacemos. Y eso lo debemos celebrar, aunque todavía haya mucho por alcanzar.

Tu primer poemario, Archipiélago, vio la luz en Perú en 2016 gracias a Celacanto. Le siguió Amplitud del mito, publicado en mayo de 2018 por Alastor desde Perú y en diciembre del mismo año por Liberoamérica desde España. ¿Cuándo, o cómo empezaste a escribir? ¿Tienes poesía anterior a estos dos poemarios?

Me encantaría poder decir, como algunos, que escribo poesía desde que era niña, que siempre supe que la literatura era lo mío, que estaba escrito en las estrellas, que a los siete ya le había escrito un soneto hermosísimo a mi madre. Pero no. Demoré muchos años en tomarme en serio la escritura. La verdad es que no sé bien qué fue lo primero que escribí. No lo recuerdo. Sé cuándo: el momento en que leí a César Vallejo. Algo en mí se quebró terriblemente, y supongo que desde entonces solo trato de volver a ese atroz y bello lugar que es la poesía. Vuelvo para decir desde allí algo honesto, lo que sea. Esa es mi única condición. Archipiélago y Amplitud del mito fueron mis primeros intentos. El día que logre escribir un poema que rompa algo dentro de alguien, sabré que nada de esto ha sido en vano. La poesía me ha mostrado que todo lo que está fuera de ella es inservible.

Este pasado 2018 tuvimos la oportunidad de leerte en prosa en Había una vez una peruana. (Xilófono, 2018), un libro dedicado a cincuenta y nueve mujeres peruanas que han desempeñado o desempeñan un papel importante en la historia del país y de la mujer. ¿Qué aspecto destacarías de la experiencia de participar en ese proyecto? ¿Tienes algún otro, quizás en proceso o quizás en el cajón, de cariz más narrativo?

Había una vez una peruana es un libro al que le tengo mucho cariño. Tuve la suerte de trabajar con estupendas autoras consolidadas en la literatura peruana contemporánea. Autoras a quienes, además, admiro. La experiencia de escribir las historias de lucha y superación de peruanas como Rosa Merino, Dora Mayer, Ruth Shady, o Aracely Quispe Neira fue maravillosa. Cuando me dijeron que sería un libro escrito por mujeres, acerca de mujeres, y encima dirigido a un público infantil, acepté de inmediato. Creo que es fundamental que las niñas y niños del Perú crezcan leyendo estos relatos que son, en realidad, testimonios del poder y el impacto que han tenido las mujeres a lo largo de nuestra historia. A mí me habría gustado crecer con este tipo de libros de cabecera. Por lo pronto no tengo otro proyecto ligado a la narrativa, pero no cierro ninguna puerta. Después de todo, yo empecé escribiendo cuentos fantásticos.

Amplitud del mito cruzó el charco ―en cierto modo viajasteis juntas, ya que ahora resides en Madrid― a finales de 2018 de la mano de Liberoamérica. ¿Cómo viviste la acogida de tu obra en Perú y qué expectativas tienes en vistas a los próximos meses aquí en España?

¡Es verdad! Lo traje conmigo. La última presentación del libro en Perú fue solo unos meses antes, aunque mucho más tiempo. Diez días después estaba camino a España. Este libro es una lectura rigurosa de mí misma. Como individuo en el tiempo y en el espacio. Es lo más honesto que he escrito. Por eso me alegra que haya sido recibido con tanto cariño en Perú. Traerlo conmigo a esta nueva etapa en mi vida es muy simbólico. Me une a mi pasado en Perú y me acompaña aún en lo que viene. Que Liberoamérica se haya interesado en publicarlo y que personas como Darío Zalgade, Iosune de Goñi y tú lo hayan leído y apreciado significa mucho. Espero que continúe su camino a donde sea que deba llegar.

En este último poemario tratas temas como el amor, la introspección, la muerte, la existencia, la memoria. En última instancia, interpretaría tu Amplitud del mito como una mirada al pasado. ¿Qué unió esos tópicos para ti? ¿De dónde nace esa retrospección?

Son temas que me preocupan mucho. Como supongo que le ocurre a todo sujeto cuando se piensa a sí mismo y da un paso fuera de la realidad. Las grietas aparecen cuando uno se observa. Y entonces te preguntas qué hay detrás de todo eso que somos. Y hablamos de nosotros sin dejar de ser nosotros. Sin siquiera poder dejar el lenguaje. La mirada de Amplitud del mito está al margen y al mismo tiempo en el centro de todo lo que percibe y registra. Por eso está tan marcada la conciencia del fracaso. Del fracaso de la vida frente a la muerte, del lenguaje frente al amor, del recuerdo frente a la realidad. Creo que la pregunta por el sentido de las cosas y el fracaso como respuesta son las dos caras del libro. Es un gran esfuerzo por estudiarme a mí misma.

Me atrevería a decir que, bebiendo de varias mitologías, y sirviéndote de imágenes, metáforas y símbolos, consigues crear tu mitología propia. En la misma obra, confluyen elementos de la mitología grecolatina, de la naturaleza, del espacio… ¿Por qué esos y no otros? ¿Cómo describirías el origen de tu mitología?

Me encanta que uses la palabra mitología. Todos tenemos historias que elevamos a la condición de mitos. Familiares o personas que conocimos en algún momento de nuestras vidas y que ahora, cuando hablamos de ellos o los recordamos, aparecen en una atmósfera extraña, onírica, distorsionada. Ese filtro enrarecido era lo que me interesaba capturar, pero confrontándolo a su vez con sus propios límites. De ahí el título: Amplitud del mito. No se trata solo de un afán de exploración, sino también de marcar los límites de este vuelo mítico de la memoria. Hasta dónde llega, en qué momento se quiebra o se acaba, dónde falla la estructura, la construcción. Es un doble juego, en realidad. Construir para destruir. Nada de eso es infinito, al final de todo está siempre la muerte, como ocurre con el último poema.

Si nos sumergimos en la lectura de tu última obra, encontramos una división en tres partes: Manifestación amatoria del mito, Acerca de la extensión mítica y Archivo de mitos ascendentes. ¿Cómo fue el proceso creativo y de construcción de esa estructura? ¿Planteaste el poemario como un conjunto desde el principio o lo fuiste armando poco a poco?

Tenía una idea clara del conjunto, pero debo confesar que la estructura siempre es lo que más me cuesta. Recuerdo que le presenté a mi editor, Julio Isla, el conjunto de poemas en un solo bloque la primera vez. Luego de ese día, me pasé largas horas intentando hallar las articulaciones del libro. Fue un trabajo duro porque no quería forzar un orden, sino encontrar su mecanismo. Creo que quedó bastante bien. La primera parte, Manifestación amatoria del mito, tiene dos grandes líneas: el amor y la reflexión en torno al lenguaje. La segunda, Acerca de la extensión mítica, es la parte más ecléctica del conjunto. Aborda temas que van desde el arte poética hasta la enfermedad y la muerte. La última sección, Archivo de mitos ascendentes, es la más íntima del libro, y la que dialoga de manera directa con la muerte. Está enteramente dedicada a diferentes antepasados míos, conocidos y desconocidos, a los que busco hablarles, aun si ya no pueden responderme.

Llevas en España ya unos meses y, a pesar de ser países hermandados por una misma lengua, las diferencias entre ambos son notables. ¿Fue muy grande el choque cultural? ¿La experiencia de vivir lejos de casa te está abriendo a nuevos proyectos literarios?

La verdad es que pensé que sería mucho más duro adaptarme a la nueva vida en España. Había venido antes, pero de turista, que es abismalmente distinto. Esta vez vine como estudiante. En los pocos meses que llevo viviendo en Madrid he sentido un cambio radical, tanto en el ámbito académico como en el personal. Estar aquí es un reto fascinante. Y todo ello se vuelca al papel.

Biografía de Laura Pardo:

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Laura Pardo (Granollers, 1995) es graduada en Traducción e Interpretación por la Universidad Autónoma de Barcelona y estudiante del Máster en Traducción para el Mundo Editorial en la Universidad de Málaga. Es editora y gestora de las redes sociales de Liberoamérica en Málaga, además de coordinadora y autora en la antología Liberoamericanas: 140 autoras contemporáneas (Liberoamérica, 2018).

Escrito por Liberoamérica

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