“Todo es silencio, y entre latido y latido se cumple el azar o la esperanza”
Hugo Mujica.

 

Roberto Juarroz, Argentina, 1925 

Poema 16

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La mano no puede
trazar una línea sobre otra
y hacer coincidir todos los puntos
Pero el azar a veces puede.

Lo mismo ocurre
con la voz y las palabras,
con el rostro y sus gestos,
con la vida y los hombres.

El azar es una mano más segura

Juan Calzadilla, Venezuela, 1931.

Lección de patafísica

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Se puede arrojar una piedra y convenir en que se ha lanzado con tanta precisión que ha caído en donde ha caído. Esto es lo que se conoce como puntería al azar. Y el hecho de que nada se puede hacer para evitar que, al arrojarla por segunda vez, la piedra caiga en el sitio exacto donde antes no cayó, confirma que la puntería del azar es una ley que se cumple de todos modos.

Darío Jaramillo, Colombia, 1947

Sólo el azar (Fragmento)

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Sólo el azar me dio la piel que amé
y sólo el azar o el cansancio
extinguió el fuego.
Lo que siguió no fue el azar,
es lo que sigue siempre,
la lenta pesadilla del olvido
y luego cierto desprecio
por ese que fui yo y que amaba
y también por el que soy ahora
el mismo que no sabe por qué amó.
Sólo la carne se equivoca.
Sólo el azar
llamado aquí destino,
sólo el azar,
un camino ya trazado que ignoro
Nombro como caos lo que no comprendo:
la confusión está aquí, debajo de la piel
en el pulso y la mirada
en mis maneras de nombrarme.
Sólo el azar nos dará luz,
sólo el azar o algún designio que ignoro.
Me pregunto si es la luz lo que busco
o busco lo más oscuro de lo oscuro.
¿Acaso las tinieblas serán semilla
de visiones más altas,
de nunca merecidos apacibles silencios? 
Marco Antonio Campos, México, 1949
¿Dije esto?

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a Carmen Ruiz Barrionuevo

El reloj de Plaza Mayor suena a la hora en que no vine.
¿Quién me hizo? ¿El azar o Dios?
¿Me hice yo mismo?
¿Demasiados años de dolor y angustia compensan
los jardines repentinos en el año que no vi?
¿Quién recogió de mi cerebro el vidrio
en el canal de la calle para hacerme una ventana?
Odié el odio, quise el bien, traté de hacerlo, pulí la amistad,
asumí el hacerme de enemigos, y la culpa
me siguió tras de los árboles sin alejarme.
Abril fue azul y nadie me esperó este mayo.
Perros conducen a los dueños fuera de las puertas.
Gorriones son puntos verdes en el aire quieto.
“No hace mucho comprendí —le digo a Carmen—
que la vejez es la muerte a media muerte.
Me atristo ante lo mucho o
lo poco que viví, sin saber cómo fue
ese mucho o poco. Metafísica o realmente
he quedado a un paso de la meta”.

¿Dije esto? ¿Yo lo dije? ¿En verdad lo dije?

Carlos Calero, Nicaragua, 1953

Abanico japonés

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El fondo del vaso. El centro del loto.
Sake que celebra ritos de arroz y el bambú.
Miran como aldea que se desteje con soles rojos
y la pequeña barca de junco navega
en la ribera jade de una mesa en piedra.
La tarde. El haiku.
Me inhibe un espíritu y se larga sobre el aire.
Con nostalgia enciendo faroles.
El pozo de lunas y copas dan vueltas
Y semejan promontorios en mis ojos.
Se mezclan en un acetato el estanque y los reflejos
de hombres y peces que apuestan
a la existencia de su naturaleza
contra un azar de dados confusos
que en otras tierras destruyen mundos.
La luna flota. Una moneda de hojalata
teme el hielo del refrigerador que eructa cervezas.
La noche se congela en el tiempo.
Su presagio es agua mineral
y ácido de limón agrio.
Hay sal de mar entre las butacas.
Danzan extraños gestos de meseras
Que manotean con blúmeres incitantes
Detrás de los baños o el traspatio.
La luna no resiste. Se convierte en paraguas
O abanico japonés para ventilar
Las pasiones semi oscuras durante
el graznido de un ave.
La luna gira. Está presente con Lorca.
Son gitanos y japoneses sentados a la mesa.
Alzan las cabezas en mi pensamiento.
Los hombres sí pero no las aguas
pueden irse a fronteras extrañas,
con un burbujeo que nos hace pensar siempre.
Uno de los pescadores hunde el remo
y el otro imagina la barca.
La luna es tigre sobre los techos
Y procura transparencias azules.
La mesera mayor permanece orillada al invierno.
Un paraguas y el abanico japonés
Caminan con la nostalgia y lo que no vuelve.
Sentimos el vapor antiguo de la sangre.
Sentimos cómo la taberna
Le da vueltas a su nombre
Y abre el abanico japonés
en vez de la noche con pinceles negros.
Jorge Galán, El Salvador, 1973

El azar

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En las cortinas el viento elabora palabras delicadas
y es como si a través de la seda se volviera visible lo invisible.
La ciudad se ha reducido a un murmullo lejano.
El día es gris. La calle se ha tornado más larga. Volteo
y la veo andar como si nada sucediera,
como si todo fuese cotidiano, como si su espalda y mi boca
hubiesen pronunciado discursos semejantes.
Ella no me presiente. Me confunde
con la brisa sombría que baja desde el frío, no voltea,
no mira la silueta que atrás, en la ventana,
retrocede hasta un sitio repleto de temblor y de invierno.
Ahora vemos pasar una misma paloma sobre los mismos autos.
Escuchamos un trueno lejano. Bajo el trueno, la lluvia.
Su rostro es como el alba que aún observa el hombre primigenio:
algo sin nombre, puro
como solo puede serlo el primer asombro.
De pronto se detiene. Se inclina y sus duras pantorrillas,
blancas como conejos muertos blancos,
me muestran el brillo de algo largamente deseado y no alcanzado.
¿Qué se detuvo a recoger? ¿Qué sostiene en la mano y observa
como quien observa la fotografía encontrada mucho después,
en un cajón perdido, de alguien que ha sido muy amado?
Ya camina otra vez. El día es gris. Se dirige al poniente,
ese sitio implacable donde todo concluye y donde toda
medida de la luz llega a enfrentarse con la sombra.
La veo marcharse calle arriba como quien ve su propia alma
abandonar su cuerpo y ascender y perderse.
¿Por qué no dije nada cuando sé exactamente
lo que debí decir? ¿Cuántos años de espera me acompañan?
El azar o el destino abrió frente a nosotros caminos diferentes.
La he esperado durante mucho tiempo.
Una mano de niebla ha destruido en mi boca toda palabra única.
Su nombre es ese frío que baja en mi garganta.

Carolina Zamudio, Argentina, 1973

Detrás de los árboles

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Dulces tardes de castañas tostadas,

miro el otoño desde la ventana

veo pasar

—secuencia perdida, hilván de puntadas largas—

el camino hasta aquí.

El azar me trae remotamente, tironea

el cuadro sin acabar detiene el momento:

“no te atrevas a hablarme”.

La noche se apura detrás de los árboles desguarnecidos

y solo sé que esta tarde volverá ocre

a rodar su cadena de dudas

cuando delante esté

¿el mar, el desierto, las pampas?

la paleta desvanezca marfiles

los convierta en recuerdos.

Alguna vieja palabra punzante

este profundo silencio de la casa

todo vendrá.

 

Javier Payeras, Guatemála, 1974

Divididos.

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Hoy tienes otro tiempo/ crímenes de pequeñas luces
caída de las hojas/ todo se ha rendido al azar
un accidente sopla verde desde la luna
sangre en tinto hace latir sus venas veloces
criaturas de papel y teatros fotográficos
fulminados de alma/ lluviosos de días
por cicatrizar su dolorosa piel
surco de ráfagas/agita banderas
blanca explosión del estío
fi ltrando el cristal con sus gritos
ni remordimientos sin leyes precisas
su demasiada carga/ un golpe leve del viento
velocidad inaudita de tanta claridad
de fl ores sedientas/ la pared
dividido incendiar en el vacío
lo que es/ lo que persigue
la música que brilla entonces como aceite
un satélite crisálida/ pan destrozado
gotas de nieve rancia/ en compás
recorren músculos trenzados los puentes
piel/ locura/ otoño/ vena de sangre espesa
buscando morir en el charco.

Randall Roque, Costa Rica, 1977

Llover como antílopes

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La lluvia pasa sobre el techo metálico, antílopes van deprisa y se detienen, luego retoman la huída, igual que el mar cuando lanza su dolor lleno de espuma contra las costas del náufrago, para seguir así toda la noche, con las fauces abiertas en tormentas, dispuestas de barcos por hundirse. Asoma de los mares esa mujer, parece un espíritu, un demonio, ese ángel errante que contienen las botellas, atormenta a los bebedores heridos. y se forma con el último fuego de las brasas. Leemos periódicos, escuchamos a Miles Davis: canciones que nos devuelvan al mundo. Hemos depuesto las afrentas, una vez más, acordamos no jodernos la mañana, y, de ser posible, el resto de la tarde. Dejamos de sentirnos ajenos a la comuna de los desastres. Estamos solos con el pecho expuesto para el amor de un cuchillo, un rayo, una bala perdida en la cabeza. Continuamos así, abrazados, entre los mitos del mar y la tierra, a la espera de que algo pase y no, como es costumbre, nada pasa.

Jorge Valbuena, Colombia, 1985
ZAPPING

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Mi padre frente al televisor
sentado en el sofá
acomoda el mundo.
Lo he visto repasar la historia de sus manos
en los setecientos canales que a diario desacera
llamar al árbitro por el mismo nombre
y a la reina de Inglaterra burlar por su
extraña forma de sembrar un ataúd.
¿De qué trazos invisibles está hecho el mundo?
A mi padre le basta con lanzar una mueca al vacío
para cambiar el destino de los hombres, la ciencia, el pasado.
De las bombas que rugen en las selvas
se va hacia los rugidos de un león bajo un sol dinástico
y de la rosa de un septiembre negro
decide mejor pisar las aceras de una ciudad gótica.
Todo puede pasar en el azar de la tierra
hasta una noche atravesada por un rayo de hielo
que el silencio deshace para que nadie vea.
Nadie mira a la luna que repta
hace mucho no se transmite en vivo y en directo
ninguna alunización.
La última vez todos corrieron buscando un candil.
La lluvia cae sobre la noche
y mi padre sube el volumen para desaparecerla,
también he visto rondar el viento adolorido
y curar en un comercial su enfermedad.
El mar se puede contemplar en el 116.
Un maremoto en el 312 arrasa con una prisión.
Los extraterrestres llegan en el 569.
Muere un domador de faros en el 92.
El tiempo se acaba en el 46.
Mi padre frente al televisor
sentado en el sofá
acomoda el mundo.

Camilo Restrepo, Colombia, 1987

El huevo de Brahma

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aquello que sostiene

como un pilar

indestructible

centro de la flor

indeshojable

flecha

disparada hacia la luz

y todo fluye porque sí

tal vez hacia el vacío

como un silencio

tras la broma absurda.

Magdalena Camargo, Panamá, 1987

LA PLAZA

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Quién esparcirá cal en las paredes de esta casa.
Quién, con sus propios dedos, con sus propias manos,
tallará el albor sobre la piedra.
Quién será capaz de pronunciar una palabra
y crear de su sonido la blancura.
Quién construirá para mí el azar de sus ventanas,
la ruptura del orden y las líneas,
el cristal pálido y sucio ocultando las espinas de los cactus.
Quién señalará para mí la barda plateada,
la gente apretada contra el límite,
casi los unos encima de los otros
y tras el cerco, oculto,
pero magnificado en su certeza,
un toro cuyo pelambre ha de ser como la tierra
tocada por primera vez con la llama del incendio,
y sus músculos, delineados con rigor desde la noche,
y su sudor, ¿Quién ha visto acaso la lluvia
resbalando por el tronco de los árboles?
y sus cuernos turbios, como un hueso triste
que se alarga y se adelgaza hasta fundirse con el aire,
es la punta de una flecha,
o un llamado fraguado desde el bronce.
No puedo verle entre la gente.
No puedo oír sus pezuñas contra el polvo,
pero para qué serviría una barda tan hermosa
si no es para contener la sangre
y la belleza.

Wilson Perez Uribe, Colombia, 1992

 

Primavera sobre un rollo de seda color té

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Un cántaro se rompe. La oruga es ya mariposa. La imperturbable noche cede al movimiento del sol. Una multitud de pájaros reposa en la copa del árbol. Esta mañana nos ha sobrecogido la primavera.

Jennifer García, Colombia, 1995

 

Azar

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Todos están convencidos de que la suerte es producto de una cosa que no es el azar, pero se le parece. Están demasiado cerca como el tiempo y la eternidad, solo que de lo primero ya se han dicho muchas cosas y lo segundo representa una verdad en la que casi nadie cree. Si un hombre apunta con su escopeta hacia un terreno vacío, esperando encontrar algo, y cerca suyo cae un pájaro que nada ha tenido que ver con la bala, lo llamamos azar; pero si el mismo hombre apuntara hacia una piedra y justo en el momento del disparo una hiena se atravesara y fuese derribada, diríamos que para él eso habría sido la suerte. En ambos casos la muerte representa la alianza entre una cosa y otra.

Que se haya cometido o no el crimen nada tiene que ver con el azar, sino con la conciencia del hombre que no está satisfecho de como vive. Estoy más cerca de creer que este juego de la vida ha sido siempre una premeditación; las jarras de agua que fueron puestas sobre la mesa en el momento justo de la sed, el niño que cruzó la calle cuando el terrorista lanzó la bomba, el anillo que se rompió antes de entrar en el dedo, el bostezo del hombre que asistió a ver “Carmen”, y así, la infinidad de todas las posibilidades. Debe ser por elección nuestra y no del azar  que un día caminamos hacia el final de toda luz, sin que ninguna conspiración secreta haga su juicio para salvarnos. Después de todo, cada quien elige el modo y el momento de irse, aunque un golpe del cielo revele que ha sido a destiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por Jennifer García Acevedo

Poeta, Colombia.