Hace un par de años alguien me habló sobre Fayad Jamís. Para entonces su nombre no me decía nada, más que una extraña combinación de fonemas. Esa persona, oriunda de Ojocaliente, Zacatecas, México, me contó de un poeta, pintor y traductor de su tierra, que había sido olvidado por todos. Porque Jamís, a corta edad –su padre era de origen libanés-cubano y su madre mexicana–, se fue a vivir a Cuba. No recuerdo todas las cosas que me dijo. Fa-yad-Ja-mís. No se me olvidaría el nombre. Desde el primer momento que me habló de Jamís esos momentos fueron completamente distintos. Quiero recordar cuándo fue la última vez que descubrí a un autor con esa historia, esa cercanía. Un escritor olvidado porque somos celosos con los nuestros. Desconozco si Jamís en algún momento dijo que nació en una pequeña ciudad de Zacatecas. O mínimamente si era mexicano. Eso mi amigo –lo llamo así porque hago amistades rápidamente– no pudo decirme; según él, aún había gente en su tierra –muy poca– que recordaba el nombre; le pregunté, también, si Jamís algún día regresó a su tierra natal. Tampoco eso pudo decirme. Es, me dije, un mito, un fantasma.
Antes de despedirnos, mi amigo comentó que él tenía algunos libros de Fayad Jamís, herencia familiar. Si gustas algún día que tenga oportunidad te los traigo para que los revises. Al llegar a casa busqué información. Sorpresa: no me había mentido. En efecto, había nacido ahí y se fue a Cuba. Fue miembro de un grupo de pintores cubanos; era un trotamundos; había vivido en París en los cincuenta; Bretón fue partidario de su obra y sirvió como agregador cultural en la embajada cubana en México y ganó el Casa de las Américas. Y de nuevo la sorpresa: jamás vi a mi amigo de nuevo.
Por ahí supe que en algunas bibliotecas de Zacatecas hay bibliografía sobre Fayad Jamís, ya sea el ejemplar o en copias. Conseguir un libro suyo es casi imposible. Si mi amigo tenía libros suyos quería decir que tenía joyas en sus manos. Porque algunas ediciones –cubanas, por cierto– está ilustradas por él. Descubrí selecciones, antologías, donde aparece. Eso quiere decir que las generaciones anteriores –murió en el ochenta y ocho– lo conocían y respetaban –tanto así que en Cuba hay una librería con su nombre–. Y poco a poco fue olvidado por las siguientes. He visto, alguna que otra vez, que aquí se cita, se habla de él. Ni siquiera en la escuela de Letras se revisa –ni como autor local o extranjero, sabiendo que era parte de esa generación de oro cubana, con Carpentier y Lezama Lima–, lo cual es extraño. Quizá sea la complejidad de encontrar sus libros, el poco interés por un escritor con escaso renombre.
Vi un libro en venta de Fayad Jamís y lo compré. La emoción fue tan grande que ese mismo día lo leí. Ahí encontré el anhelo de la infancia, del hogar pasado –¿se referiría a Ojocaliente?–, los retratos de las ciudades que visitó, etcétera. Pude escucharlo, por fin, cerca.
Uno de los más grandes miedos de un escritor es el olvido. Si mi amigo nunca me hubiera hablado del poeta en ese momento, con posibilidad lo hubiera encontrado tarde, cuando ya hay tedio por los hallazgos, por los escritores desconocidos. Quizá por eso, cada vez que veo el interés en la gente, hablo de Jamís como si fuera un amigo mío. Mínimo que ande de boca en boca. Así se hacen los chismes.

Escrito por Ezequiel Carlos Campos

Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, Zacatecas, México, 1994). Escritor y editor. Ha publicado en "Luvina", "Círculo de Poesía", "Punto de partida", "Corre, Conejo", "El son del corazón", "Papeles de la mancuspia", entre otras. Está incluido en "Todos juntos hacia un mismo sinfín" (IZC, 2014) y "Fabulaciones" (IZC, 2014). En lo académico ha publicado en "Jóvenes en la ciencia" (UG, 2018). Escribe la columna semanal “El pequeño guardatextos” en "Crítica" de "El diario NTR". Becario del Festival Interfaz-ISSSTE: Desdibujando límites, Monterrey, Nuevo León, 2017. Dirige la revista virtual "El Guardatextos" (www.elguardatextos.com). Es autor de "Aquello que no se cuenta" (2017), "Quizá por miedo a la noche" (2018), "El beso aquel de la memoria" (2018) y "El Infierno no tiene demonios" (2019). Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés e inglés.