El poema que Borges nunca escribió

«¿Qué es una experiencia en la literatura de Borges?» se pregunta Martín Kohan; camina abstraído, mira a los estudiantes de su clase. «La plenitud en la literatura de Borges tiene una potencia tal que socialmente no se puede soportar… Enfrentar a un hombre, matar o morir. Eso es haber pasado por una experiencia en la literatura de Borges: haber matado a un hombre. No, probar el helado»; a su alrededor todas y todos ríen.

Hasta el día de hoy se atribuye a Borges un poema apócrifo, titulado Instantes, en el que –en términos de Kohan- se expresa un deseo social: «Que es que Borges haya sufrido, se haya perdido de algo. ¿No ser feliz?» se pregunta.

El texto en cuestión comienza así:

«Si pudiera vivir nuevamente mi vida,/trataría de cometer más errores./No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más./Sería más tonto de lo que he sido,/de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad./Sería menos higiénico./Correría más riesgos,/haría más viajes,/contemplaría más atardeceres,/subiría más montañas, nadaría más ríos./Iría a más lugares adonde nunca he ido,/comería más helados y menos habas,/tendría más problemas reales y menos imaginarios(…)»

Bajo la figura, construida discursivamente, de alguien que se perdió vivencias -ver atardeceres, subir montañas, comer helados- se instala un imaginario que legitima un tipo de literatura vitalista. Se produce la disociación literatura vida o literatura experiencia y se instala un mandato: hay que vivir una experiencia para tener algo que contar.

En términos de Kohan este tipo de literatura, asociada a la experiencia, a lo vivencial, radica en dos presupuestos, el primero de ellos es «la idea de que la literatura es contar historias. No estoy de acuerdo. Segundo presupuesto: se cuentan historias en la medida que uno las ha vivido. No estoy de acuerdo. No estoy de acuerdo como necesariedad, como mandato, o la condena por una literatura sin vida». Esta idea, invisibiliza -otra más potente- que es que el lenguaje produce artificio. Artificio y mundo.

La pregunta es, entonces, por la naturaleza misma de la literatura: qué es la literatura, qué puede considerarse literatura. Los estructuralistas (cuyo antecedente literario puede rastrearse en los formalistas rusos) sostenían que había un grado de poeticidad o ​literariedad de acuerdo al cual podía o no definirse a algo como literatura. Desde esta perspectiva, el lenguaje literario alienaba o enajenaba el lenguaje cotidiano. Se presuponía, al igual que el poema Instantes, una realidad en términos binarios y opuestos; el lenguaje literario versus el lenguaje cotidiano.

Los autores posestructuralistas criticaron al estructuralismo y a las oposiciones binarias que construían sus estructuras y destacaron que lo que es o no literatura tiene que ver con los valores que ciertos actores sociales tienen e imponen, mediante lógicas de poder, sobre otras interpretaciones posibles.

Si la potencia de la literatura de Borges recae en sus artilugios, ¿cuál es la potencia de la literatura vitalista? Tal vez, su potencia radique en invisibilizar lo ideológico de su discurso. Posición similar a quien se define como objetivo. El problema, no radica en la falta de vivencias para contar historias, sino en la experiencia como mandato para hacer literatura. Porque esta idea conlleva a otra: Un deber ser de la literatura; y con él, una única literatura posible.

Instantes no forma parte de la literatura creada por Borges. Incluso, aunque se quisiera, Instantes no podría ser de Borges. ¿Por qué? En Emma Zunz está la respuesta.

Escrito por Gabriela Manchini

Gabriela Manchini (San Carlos de Bariloche, Argentina; 1987). Licenciada en comunicación social (UNLP), periodista. Poeta de alma, cuentista de a ratos y comunicadora siempre.
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