Diez días

Hacia los últimos días que me quedaban con mi hermano antes de mudarme aquí, empezamos a tener sensaciones compartidas. Este fue un fenómeno extrañísimo, pero a la vez bello, y uno que no podría explicar con lógica. Habiéndolo sentido, sé que fue real. Una mañana despertamos con un calambre en la pantorrilla derecha, otro día sentimos nauseas al mismo tiempo mientras caminábamos. Finalmente una tarde sentimos que algo pasó tocando nuestros brazos y cada uno se volteó a revisar pensando que había sido un insecto solo para encontrarnos replicando nuestras acciones.

Es la primera vez que mi corazón está tan lejos del suyo. También de las montañas. En el avión, o los aviones, que me trajeron hasta Columbus, era fácil distinguir como los Andes se iban disipando del panorama que se hacía visible por la pequeña ventana. Desde entonces extraño esa cercanía al abismo seguro que crean las montañas, montes, cerros y volcanes a mi alrededor. Quito es un agujero. Esta última palabra puede sonar despectiva, pero en este caso es apenas una descripción adecuada. En Quito los límites están marcados. Una sensación que no ha dejado de abordarme desde mi llegada es la infinitud del espacio. La infinitud y la planicie, algo que no sabía describir cuando me preguntaban cómo me sentía, y que después fue asimilado a la palabra “flatland”, es, más que una molestia, un descubrimiento.

Supongo que una experiencia como esta puede significar algo solo para quienes han crecido en un espacio como el que describo: una ciudad de juguete a la que se superponen gigantescas masas vivas verdiazules, negras en la noche, y que nos ocultan y nos han ocultado siempre lo que está más allá. En las últimas décadas el espacio de Quito se ha ido quedando corto y la gente se ha ido subiendo a las montañas, se han acercado mucho a sus puntos más altos, al borde del Guagua, pero no hemos conseguido cruzar estas barreras y nos estamos bien así. Saber que hay un límite para lo que somos y hacemos en ese recinto natural que dejó de ser laguna para ser ciudad, es bastante confortable. O quizás nos hemos acostumbrado a esos límites.

Es por eso que un espacio como en el que estamos ahora me resulta no solo difícil de procesar, sino también de reconocer y creer. Durante las noches me duele la enormidad porque siento y veo que sin un límite todo lo que he dejado no tiene coordenadas, no las encuentro en mi misma. Estoy lejos. Esa es la única certeza, estoy muy lejos y estoy muy sola.

Mi último recuerdo físico de mi hermano fue un abrazo que nos dimos para despedirnos, eso y su rostro cubierto de lágrimas. Mi hermano no llora. Tengo muy pocas imágenes mentales de mi hermano adulto llorando. El episodio más duro por el que ha tenido que pasar mi familia fue la muerte de mi abuelo paterno consumido por el cáncer, el Parkinson y la neumonía. Fue un trece de agosto negro, yo lloré mucho, mi padre ni decir, mi madre adoraba a mi abuelo. Yo lloré mucho, sobre todo al acercarme a ver el féretro abierto y sentir un escalofrío tenso que me reventó los parpados. No obstante mi hermano no lloró. Le dolía cada minuto de ese día, pero no lloraba. Por lo tanto verlo con los ojos enrojecidos y con el alma revelada por primera vez me duele mucho hasta ahora. Crecimos siendo los mejores amigos.

Otra palabra que en inglés me sorprende, a pesar de su frecuencia de uso es “miss”, sobre todo por el dialogo entre “miss” en inglés y “extrañar” en español. Igual que con “flatland” (término para el que además aún no encuentro un equivalente tan preciso), “miss” peca de honesto. No hablo de la etimología de los términos pues la desconozco, pero cuando le digo repetidamente a mi hermano que lo extraño siento que le estoy recordando que cada día nos alejamos más y que por ende, cada día nos volvemos un poco más extraños. Sin duda yo no quiero que eso pase, pero la naturaleza de la distancia puede ser esa, ¿no viene de ahí la palabra? En inglés es distinto. “Miss” se siente mucho más a aun desmembramiento. Me falta algo, algo me ha sido quitado. Ambas son realidades. Pero una es más inmediata que la otra.

Finalmente extraño las montañas y la complicidad de la única persona con quien siento que puedo ser quien soy sin temor alguno. De cualquier forma no hay vuelta atrás. Hoy, el día que leo esto (casi el mismo día que termino de escribirlo), se cumplen exactamente diez días de este nuevo episodio en el que fui desmembrada pero para el que siento que he trabajado toda la vida. El destino es curioso, muchas cosas que sucedieron como por azar me condujeron a continuar con este proceso que muchas veces estuvo en pausa, y otras cuantas a punto de suspenderse. Mi llegada a este espacio sin montañas ni volcanes, como algunos conocieron ya, fue atropellado y opuestamente, me parecía que el destino esta vez me rogaba que detuviera todo y regresara a la protección maternal de las cordilleras y de mi casa. Cada día que algo peor ocurría, primero un hueco en el techo de la cocina de mi nuevo departamento, luego un esguince de tobillo, ponía en la balanza las posibilidades y aunque esa balanza nunca fue concluyente, creo que me convencí por apagarla y (lamento el cliché), escuchar mi corazón.

Este es un símbolo, pero lo que ese símbolo representa es un órgano interno, omnipresente e invisible que nos permite decidir y continuar sin derretirnos cuando parece que nada tiene sentido. Mi corazón, como símbolo o en lo literal, está partido y siempre lo estará. Nunca seré la misma persona porque nunca he sido una que ha vivido más de diez días fuera del dulce panóptico montañoso. Nunca seré la misma sin la invitación constante a reírme de todo sin vergüenza. Pero hoy estoy aquí y son diez días que se multiplicarán en muchos. Es un día intenso como todos, lejos de las montañas y de mi hermano. Es un día intenso y difícil, pero también es un día feliz.

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Estudiante de M.A/Ph.D en Literatura Latinoamericana en The Ohio State University, Estados Unidos Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Ha trabajado como docente de Lengua y Literatura y editora.

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