Pensar El mal de la taiga de Cristina Rivera Garza como una simple historia policial es reducirla a algo mucho más simple de lo que es. En la obra de la mexicana hallamos un crisol cultural que despliega una multiplicidad de caras: podemos trazar desde una lectura de género hasta una en clave surrealista, salpicada con matices del realismo mágico, movimiento tan importante en la historia literaria latinoamericana.

El hilo narrativo principal se define débilmente en los primeros capítulos, y va difuminándose y creando un laberinto que poco tiene de narrativa tradicional. Se nos presenta un relato en primera persona, un tanto confesional: una detective acabada, retirada por sus fracasos, vuelve a la acción. El caso parece sencillo: una mujer ha abandonado a su marido para huir a la taiga, el enorme bosque, con otro hombre. Sin embargo, el marido ha recibido un breve y críptico telegrama que le convence de que debe encontrarla y traerla de vuelta. Para ello, la detective contrata un traductor que la ayude a entenderse con los habitantes del misterioso bosque.

Lo que se inicia como una trama policíaca se va diluyendo al entrar por fin en la taiga. El bosque es tan amplio y espeso (cinco mil kilómetros a la redonda) que puede llegar a ser imposible orientarse y abandonarlo si se desea: el mal de la taiga distorsiona la realidad, la deforma convirtiéndola en una pesadilla donde resulta indisociable lo posible de lo imposible e incluso haciendo aparecer tendencias suicidas en la mente. El relato policial y la trama narrativa pasan a un plano secundario, solo mantenido por el tipo de escritura: todos los capítulos se inician con “Que …”, subordinando frases, al estilo de parte policial. Esta estructura, común en el cuerpo del texto, nos indica una escritura en pasado, mediada, y empieza a hacer desconfiar al lector de su verdadera veracidad, el volcado directo e incluso de su confesionalidad mucho antes de que el realismo tangible comience a tambalearse. Además, cabe recordar que todo lo que la detective plasma en escrito está ya mediado por el traductor, un hombre tosco que, pese a parecer implicado en la tarea, participa de manera evidente de una cultura indígena de la zona de la que ella carece.

Rivera Garza parece manifestar la imposibilidad de fiarse de la escritura, hasta de la propia, que está siempre mediada y condicionada por la historia – tanto la nuestra como la propia e inmanente. Esto parece especialmente visible en los repetidos momentos en que la detective insiste, como si hiciese falta hacerlo, en que ha dicho la verdad y nada más que la verdad.

La estructura “Recuerdo” + sustantivo determinado también se repite en numerosos párrafos, como si tan solo pudiese afirmar recordar cosas muy concretas: el brindis, el musgo, la caída de las hojas. ¿Hasta qué punto está nuestra detective bajo el mal de la taiga? ¿lo está el traductor mismo? ¿todos los hombres y mujeres con quien hablan? El lector empieza a desconfiar y es empujado a cambiar su mentalidad. Estamos en una metarealidad, no importa lo que es verdad porque nadie sabe qué es la verdad y el objetivo de la misión a penas ya importa porque la experiencia es incomunicable.

Con todo, el lenguaje que utiliza no es pomposo ni barroco. Bien al contrario, utiliza frases cortas y las referencias literarias son populares – se menciona como analogía Hansel y Gretel y La caperucita. Añade, además, dos dimensiones de lenguaje artístico más: una ilustración de dibujos por parte de Carlos Maiques y una Playlist final, que dialogan de una manera que excede, sin duda, la extensión de una sola reseña.

Por otro lado, (o quizá por el mismo, pues el texto es el cuerpo de lo hablado y leído) cabe destacar la gran presencia del cuerpo, lo terrenal y lo escatológico. El uso de palabras como “mierda” o “semen” por parte de la detective contrasta con el bucle lingüístico en el que entran los testigos con “su cosa esa” o “aquello” entre otras evasiones. Las escenas de sexo, la saliva, los líquidos corporales…

Los hombres, todos ellos, juegan un papel sesgante y controlador; las mujeres están siempre manipuladas, atormentadas. Hasta la detective, que parece independiente y fuerte cae bajo la influencia del marido celoso que la contrata y, hasta el traductor, que parece ser un hombre inofensivo, realiza comentarios machistas (“Las mujeres solo pensáis en sexo”). El lobo aparece en más de una ocasión rondando las casas, la amenaza masculina que se acerca, la necesidad de huir a pesar de cualquier cosa.

La noción del cuerpo de Rivera Garza puede entrar en consonancia con un nuevo cuerpo que se escapa del binomio clásico cuerpo-alma en que aquél queda por debajo de esta. Se trata más bien de un cuerpo como el del filósofo Nancy, que lo arrebata de cualquier finalidad que le trascienda o le anteceda y lo entrega al ahora.

El mal de la taiga es un presente absoluto y condenado, celebrado a la vez, donde la desconfianza y la confianza (del lector, del lenguaje, de los personajes entre sí) se unen en un vaivén que no puede cesar.

Escrito por Laura Benedicto

Nació en Barcelona, España, en 1999. Actualmente cursa la carrera de Estudios Literarios en la Universidad de Barcelona (UB), donde trabaja la teoría literaria y la literatura comparada. Además, forma parte del Círculo de Escritura y Crítica (CEC) y se inicia en las artes plásticas. Es colaboradora habitual de la revista y plataforma online Liberoamerica, donde publica reseñas críticas de libros y escribe en su blog personal (cafesobrelamesa.wordpress.com). En 2016 fue finalista en el Concurso Nacional "Jóvenes Susurros", en la modalidad de relato corto. "Arte como único lenguaje en la vida."