El círculo

Cuento colectivo escrito a tres manos, participaron en su creación Alejandro López Pomares, Gabriela Manchini y María Laura Ruiz.

https://liberoamerica.com/author/alejandrolpezpomares/
https://liberoamerica.com/author/gabrielamanchini/

El encuentro es simple y va acompañado de una consigna: “Nada de lo que ocurre acá se cuenta afuera”. Al evento concurren ocho personas. Nos conocemos en ámbitos académicos y esto es un poco raro. Alguien deja el living en penumbras. Ahora está apenas iluminado por el fuego de la chimenea que está frente a nosotros. La luz es cálida y el crepitar de la madera relaja. Otra persona sirve vino. El vino también produce un efecto cálido. Primero en la garganta, luego en el resto del cuerpo. Los brazos, las piernas, la espalda, todo pesa menos. Alguien pone música. No sabría distinguir quién canta, ni qué tipo de música es, mis dedos siguen el ritmo. Nos sentamos en el piso sobre una alfombra muy grande. Adoptamos la forma de un círculo amorfo. Algunos apoyan la espalda contra el sofá, otros se sientan en el sofá. Me quedo en el piso, lo prefiero.

La música tiene un efecto embriagador. Alguien canta en voz muy baja, como un murmullo, parece un mantra. Observo cómo por fuera del círculo de luz de la chimenea los límites de la habitación y las personas que se encuentran en la periferia se desdibujan, como un fundido a negro. En el sofá dos o tres figuras humanas se funden en una. Todo invita a dejarse llevar. Una mujer me mira desde la otra punta del círculo amorfo. Le sonrío y se acerca. Tiene los labios rojos, el contraste con su blanca piel es llamativo: es hermosa de manera sobrenatural. Su cintura es pequeña y tiene una blusa vaporosa que apenas cubre sus senos. Me ofrece de beber de una enorme copa de vidrio con piedras algo que parece vino tinto. Doy un gran sorbo, hipnotizado por sus ojos verdes. Me toma de la mano y me dice: “si pudieras saber qué va a pasar en el futuro, ¿preferirías saberlo o no?”.

Alguien hizo una foto en ese instante desde el extremo opuesto de la habitación y el flash contuvo la respiración del grupo. Me rozaron la espalda y vi, recostado sobre el sofá, al tipo de facciones severas que me cruzo siempre en los soportales de la facultad, encumbrado con su sombrero perpetuo. Se acercó a mi oído y pude leer de pasada en su camiseta: “devora al presente”. Pero al intentar recoger su voz, se alzó el anfitrión llamando la atención de todos. “A ver… por favor… sabemos cómo funciona el juego. Comenzamos por mí, traigo el arranque de una historia y la entrego al siguiente. Cada uno lee lo que le llega, escribe y lo pasa”. No escuché está vez tampoco al chico de atrás que murmuraba, mirando yo a los ojos a la mujer de los labios rojos. “Ya sabéis -continuó con la explicación- usamos nombres falsos, pero la historia debe hurgar en nuestros peores pecados, sin contemplaciones. Todos nos conocemos de algo, cada rumor, desencuentro o secreto desvelado será clave…”. La miré de nuevo y la duda me dejó tirado en ese ritmo lento de la noche. Cerré y abrí los ojos, cerré y abrí los ojos, cerré y abrí, “¡Comenzamos!”.

Este juego me incomoda. La mujer de labios rojo me incomoda. Qué quiso decir con eso de “si pudieras saber el futuro…”; ¿sabe lo que hice? ¿acaso alguien más acá sabrá lo que hice? Lo que hicimos… ¿Y si esto es una gran farsa y me invitaron para que revele voluntariamente todo? ¡Mierda, para qué vine! Miro a Carlos. Si yo caigo, él también. No parece preocupado. Al menos que… Alguien me pasa el papel. Leo: “Me copié en tres exámenes de la universidad. Firma: Neptuno”. Bah, aburrido. Tomo la lapicera, vuelvo a mirar a mi alrededor. Nadie me mira, están dispersos. Escribo en una esquina del papel, de modo que haya menos chances de distinguir que fui yo: “Estuve con Carlos, mi profesor de análisis del discurso. El año próximo seré su ayudante. Ojalá, algún día, dejaras de ser un cobarde. Firma: Esdrújula”. Doblo el papel y lo paso.

Quisiera gritar lo que acabo de escribir, pero no puedo. El papel sigue pasando de mano en mano, estoy a la espera de que le llegue a Carlos para ver su rostro al leer lo que escribí. De todo este grupo de trastornados, Carlos es el más retorcido. En su clase me sedujo, a mí, un estudiante recién ingresado de apenas 19 años. El trato que me propuso, la noche en que coronamos con una sofocante noche de hotel, es que yo jamás podría contactarlo a menos que él lo hiciera y, que si cumplía con todos sus caprichos pasaría a ser su ayudante de cátedra. Poco a poco fui comprendiendo en lo que me metía, él es una figura pública de unos 50 años que está “felizmente” casado con una hermosa mujer y tiene una niña pequeña. A estas alturas ya no sé por qué mantengo esta relación, si por el deseo de ser un ayudante joven y hacer carrera dentro de la Universidad o si por ese magnetismo repulsivo que él ejerce en mí y, ciertamente, en otros estudiantes (contra los que compito). El papel llega a manos de Carlos, trato de ver la sorpresa en su rostro, pero nada. Simplemente escribe algo y el papel vuelve a circular.

Pasa uno y pasa otro y lo toma ante mi semblante tembloroso el chico del sofá. Pierdo su mirada de lo sé todo, al darle un trago al vino, su mirada de voy espiando por las ventanas mientras todos os dejáis caer sobre los escritorios. Y lo vuelvo a observar recorriendo las esquinas del papel con la guía de su dedo índice y sonriendo. Cerré y abrí los ojos y tomé el relevo de su mano. Cerré y abrí los ojos. Era por la mañana y entraba en la facultad y de la multitud agolpada salió a mi paso la joven de los labios rojos. Quise reconocerla, pero estaba muy desmejorada. Ni siquiera sus ojos eran verdes y sólo me dijo: “¿de verdad prefieres saberlo?”. Entonces la aparté y vi, tras la aglomeración, chismosa, una foto mía tirado al borde del sofá, totalmente descolocado y semidesnudo, abrazado en la penumbra al tipo del sombrero. Se leía en su camiseta “El futuro devora al presente”. Cierro y abro los ojos, estoy en la habitación, con el papel y un lápiz que no he llegado a soltar, creo. Estoy de vuelta y entre la penumbra no distingo mucho, pero leo: “uno, entre tantos otros”. Dudo. Pero escribo. Cierro los ojos.

Escrito por María Laura Ruiz

Buenos Aires, 1981. Comunicadora con orientación a la literatura. Ávida lectora de obras contemporáneas, en especial argentinas y colombianas. Escritora diletante hasta el día de hoy.
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