Un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.
Eliseo Diego

I
De niña solía hablar mucho con papá; tenía urgencia de saber y las dudas eran aplacadas con sus relatos. A cada interrogante, él respondía una lista infinita y detallada. Recuerdo sus historias de cuando era pequeño y salía temprano para trabajar en las huertas, bañarse en el río y luego ir a la escuela. Aún me impresiona saber que un niño podía ser capaz de tantas actividades. El tono de su voz al hablar de su pasado dejó huellas en mí: heredé su nostalgia y apenas lo descubro.

Recalco que mi padre solía hablar mucho conmigo; con él aprendí a leer, no sólo la palabra, sino el mundo. Al crecer sentí el impulso por querer descubrir, nombrar y compartir. Conversar es tener muchas ganas de estar acompañada. Tengo presente una idea de Freire, cuando dice, en “La importancia del acto de leer”, que “[l]a lectura del mundo precede a la lectura de la palabra” (Freire, 1991, p.94), pues comparto la idea de que leer es desear entender, por eso nombramos el mundo.

II
Apenas empezaba a deletrear cuando llegaron mis primeros libros. Los que mi padre tenía en casa me tentaban a hojearlos. Mis libros favoritos en la escuela eran los de Lecturas y el de Español que proporcionaba la Secretaría de Educación a todos los niños y niñas que cursaban la primaria. Ahora me parece infame que mis maestras nos hayan puesto a transcribirlos simplemente, pues desconocían el profundo significado de la palabra leer.

Viví con Abuela Servanda mientras cursé la primaria, ella no sabía leer y por las tardes me pedía que le contara lo que estaba aprendiendo, argumentaba que no había podido ir a la escuela y quería saber. Le hablaba de ríos que tenía nombres como Papaloapan, de los árboles caducifolios, le conté algo sobre la Conquista, un abrazo de Acatempan. Le platicaba poemas y cuentos, pero no me convencían mis maneras de relatar, prefería leerle los textos íntegros y preguntaba: ¿qué entendiste?

III
En la adolescencia decidí entregar mi vida a la lectura. Silencio y soledad son asuntos complementarios: era una chica triste, no porque me sucedieran cosas trágicas, sino porque iba creciendo. Afortunadamente había libros y para no entregarme a mis dolores juveniles, me ponía a leer. Pasaba días encerrada con los libros de mi padre.

No siempre entendía todo. Mis pupilas paseaban por las líneas, acumulaba capítulos, llegaba a los finales y pocas veces entendía, pero me aferré a terminar todo lo que llegara a mis manos. Concuerdo con Inés Arredondo al pensar que escribir, como leer, es tratar de comprender. Lo dice así: “en cuanto se me presentaba un problema, acudía al papel y al lápiz no para solucionarlo, por supuesto, sino para exponérmelo claramente, desde otro punto de vista, y procurar que otros lo entendieran” (Arredondo, 2012, p. 42).

IV
Soy consecuencia de las conversaciones que tuve en un primer momento con mi padre, pero soy la desembocadura de las pláticas que mantengo con los libros. Acudo a Arredondo nuevamente, pues como ella, sin las conversaciones con los amigos, vivos o muertos, no podría vivir.

Estudié literatura para vivir leyendo. Soy maestra porque descubrí que la docencia es donde puedo comunicar mi amor por los otros, por la palabra escrita, por la lectura del mundo. Trato de compartir con mis alumnos la satisfacción de encontrar en palabras escritas lo que yo no sé decir. Me hace feliz acercar la literatura a mis estudiantes, no sólo como una materia, sino como algo que los acompañará por siempre, porque aspiro a crear un mundo en donde cada vez nos vayamos sintiendo menos solos.

Arredondo, I. (2012). La cocina del escritor. Ensayos. México: Fondo de Cultura Económica.

Freire, P. (1991). La importancia de leer y el proceso de liberación. México: Siglo XXI Editores.

Escrito por Adriana Ventura

Escribo poesía y ensayo. Entreno ballenas, cocino mal y soy autora de Boceto de una vida sin casa, Geografía negra, Elogio a las rain boots que no tengo, Café Bausch y La rueca de Gabriel.