—Amor vine por ti— 19-09-2017. 13:25 hrs. Ciudad de México.

Escribí este mensaje a mi hija, pero ella no alcanzó a leerlo. Todavía en el 2018 cerrábamos los ojos para dormir y parecía que la tierra saltaba, era parte del estrés postraumático nacional. Durante mucho tiempo las noticias mostraban centros que brindaban apoyo psicológico en diferentes puntos de la ciudad porque el pánico no cedía al paso de los meses. La gente estaba sensible al vértigo y detectaba vibraciones antes imperceptibles; entre la muchedumbre de las calles o el transporte alguien preguntaba “¿Está temblando?” y con las pupilas exaltadas buscando los objetos mecerse, palidecíamos.

Cuando llegué a la escuela los padres pateaban el portón de entrada, se trepaban por los muros hasta alcanzar la cerca. Salió la directora a pedir calma, acompañada de unos policías, “En 20 minutos pueden pasar”, “¡Qué nos deje pasar ahora o sacamos armas!”. Sentí el mismo ímpetu de los padres que estaban dispuestos a saltar vallas o entrar a disparos. Abrieron las puertas de inmediato y las canchas estaban llenas de niños llorando y gritando para todas partes, encontré a mi hija que estaba en shock temblando —Vámonos de aquí — la tome fuerte de la mano y la lleve lejos de la gente. —Ya cielo. Estoy contigo. Estamos bien. Vamos a casa…—

La gran ciudad que no dormía en el sonido del tránsito aéreo y terrestre, estaba en una pausa de silencio desconcertante. No todos tuvieron esa afortunada vuelta a casa. Aparecían fotos de personas buscadas en redes sociales. No había señal telefónica pero las aplicaciones nos ayudaron para avisar a nuestros amigos y familiares que estábamos bien en el temblor. La tarde transcurrió llena de réplicas. Conforme la luz regresó y pudimos revisar los medios de información, las noticias mostraron las ubicaciones de los numerosos derrumbes, del caos y la crisis general. Tras el terremoto hubo personas retenidas en sus centros de trabajo que al salir no encontraron trasporte público, teniendo que volver a pie. Muchos aquí viven a dos horas de distancia en transporte, de sus trabajos o escuelas. En internet  mostraban videos de escuelas dañadas o en pleno derrumbe; al no saber el dato de la institución, la gente sufría por si era la escuela de su ser querido,  con el que  no podía llegar pronto por el bloqueo o el tráfico. Quienes habían dejado a sus niños y bebes en guarderías de paso al trabajo se desgarraban en llanto mientras el piso oscilaba sin detenerse. Los reporteros notificaban frenéticos el estado de los hospitales por la vulnerabilidad de los internos que no pueden evacuar y recordando el derrumbe del Hospital Juárez en el 85.

Hoy mi compañera del trabajo me dijo “Yo sí perdí un amigo hace dos años. Lo encontraron quince días después. Su cuerpo salió completo y en perfecto estado porque tenía seis horas de haber fallecido”; el amigo del amigo duele pues uno comprende la angustia que vivió tras los días esperando el rescate y porque todos corríamos para no ser aplastados. Hasta antes del 2017 parecía irreal el desastre de 32 años atrás para quienes no habíamos nacido o éramos tan pequeños que no lo recordábamos, el tradicional simulacro se realizaba entre risas y bromas, con pláticas, desatendiendo indicaciones mal organizadas; pero se ha generado un respeto obligado por el luto aún reciente, por el pánico apenas en proceso de calma que quizá no logre superarse del todo; queda esta fecha marcada en la historia nacional y subrayada como una maldición al repetir un terremoto.

Dice el budismo que estamos en un ciclo infinito de consecuencias kármicas, pero el mexicano que nada sabe de budismo asume que una catástrofe natural no es culpa suya, es designio o justicia divina y a pesar de ello, tiene el atrevimiento de preguntarle por qué a ésta reiteradamente, retándole a explicar; sin atisbar posibilidades entre su desesperación, repite la misma pregunta martirizándose, victimizándose, sin afrontar ni responsabilizarse. Se pelea en el escándalo de la tragedia consigo mismo y culpa a lo que sea hasta la necedad. Aunque imprudente y exagerada la personalidad mexicana, su catástrofe es tristeza humana, no se espera, no se desea, tampoco para cualquier población del mundo.

El 85 dejó miles de muertos, el 2017 algunos cientos. La arquitectura se emplea para que cada vez menos daños haya. Hoy mismo estaban reparando varios puentes peatonales en las grandes avenidas; mi hija después de hace dos años temía subir a ellos. En otros estados también hubo mucho daño, pero los decesos fueron menores porque la distribución civil es menos saturada. Espero que las familias en este país hayan recuperado al menos algo de los bienes destruidos; y sus pérdidas de cariño estén en paz  como nosotros que podemos cerrar los ojos esta noche del 19 de septiembre del 2019, recordando sin sentir que la vida se desmorona aplastándonos, leyendo los mensajes que no salieron pero se entregaron en el abrazo más explosivamente escalofriante que pudo tener la vuelta a casa.

Escrito por Mariana Barajas Salazar

Poeta y escritora.