A través de la mirada de Héctor Cisneros Vázquez (Ciudad de México, 1986) es posible ver el desierto como “un jardín zen que ara y siembra Dios”. Y en lugar de los astros distantes que pueden ser las estrellas, en la poesía de Cisneros éstas son niñas tímidas y curiosas que espían ciudades. Al leer El agua y las luciérnagas, (Editorial Abismos, 2018) se puede divisar el territorio de los sueños y a su paso hallar “minerales que cantan al tocarlos en sus vetas”.

Héctor Cisneros no teme a la belleza como método para la exploración del mundo. Para él, la superficie de la luna, es “arena de diamantes donde el sol reverbera”. Y al avanzar en la lectura de éste, su primer libro publicado, no quedan dudas; el poeta sabe del valor, del brillo y la tragedia de lo pequeño. (“Cuánto las alegrías se parecen/ a la dulce alegría de amaranto, / la cual también nos deja la tristeza:/ pues al crujir jovial, cuando la muerdes, /se desmorona a migas y pedazos,/ y nunca se podrá comer entera”).

Dedicado profesor de taller de poesía y cuento, así como deportista amateur de alto rendimiento (en triatlón), Cisneros ha aprendido a escuchar el sutil mar de secretos contenido en las caracolas. Algunos de esos hallazgos los comparte en sus poemas y en esta entrevista.

¿Eres un ser de agua dulce o de agua salada?

 Podría decir que soy de agua dulce. En parte, porque prefiero la tierra al agua. Me gusta mucho el mar pero le tengo mucho respeto. El mar tiene agua que no puedes beberla y en cierta forma está lleno de hostilidad. Es hermoso pero también te exige respeto. Sería un sueño tener un mar de agua dulce. Incluso en los viajes de los descubridores de América, si no recuerdo mal, es algo que le sucede a Colón. Cuando él y su tripulación van navegando y de pronto se encuentran con unos grandes ríos que jamás habían concebido, como por ejemplo las desembocaduras del Amazonas, ellos los llaman mares dulces porque son ríos muy grandes, de mucha agua, de mucha fuerza, como nunca los habían visto en Europa. De pronto se encuentran navegando mares dulces. Mares de agua que podían beber.

¿Podrías comentar un poco acerca del aspecto formal, en cuanto a las estructuras poéticas que se pueden encontrar en El agua y las luciérnagas?

Un profesor y poeta, Juan Galván Paulín, alguna vez me dio luz al respecto. Después de leer mi libro, a él le pareció que la forma y la estructura poética estaba dada por la figura del caracol que está presente en mi libro. Y es que el caracol está puesto casi como un alterego en El agua y las luciérnagas. Incluso el último poema (Canto a la caracola) es uno de los poemas más personales. Esta voz poética, la cual creo que sí podría decir que soy yo, le pide a la caracola que le enseñe todo lo que sabe. Los caracoles construyen su concha con esta secuencia de Fibonacci, también nombrada como proporción áurea. Una forma de arquitectura. Una forma matemática. Entonces considero que eso es algo que yo también comparto. La forma y la estructuras fueron necesarios para estos poemas para mí. Además de que esta medida, esta proporción áurea es la que permite que cuando pongamos el oído en la caracola, ésta nos hable del mar o nos cuente de otras cosas, o que cuando soplemos a través de ella tenga ese sonido como de trompeta. Esta misma proporción dorada llevada a los poemas traducida en endecasílabos, en octosílabos, en ritmos italianos, por ejemplo, también permite que las piezas tengan esta sonoridad. Me interesaba que tuvieran estas características fónicas de canto, de canción, de oleaje de mar.

En el poema Constelaciones escribes respecto a ellas “así que yo las nombro y les otorgo nacimiento”. Al nombrar estás dando vida. Como la divinidad. ¿En qué se diferencia la forma que tiene de dar vida el poeta de la forma en la que lo hacen los dioses?

Parménides decía que nada surge de la nada. Una divinidad lo que tendría para crear no es sino a ella misma. Bajo la concepción de una divinidad que contemplara todo el ser, para poder crear algo dentro de ese ser, sólo podría usarse a ella misma. Es decir, si decimos que un dios conforma todo lo que existe, ese dios para conformar a la humanidad utiliza una parte de él mismo, ese barro primordial del que está hecho, para formar a otros. Esto se parece mucho al acto de nombrar del poeta porque le damos una existencia y un motivo a lo que no lo tenía para nosotros antes. Al momento de yo nombrar una piedra me estoy dando cuenta de que ésta existe y, por lo tanto, le estoy dando existencia. La diferencia quizá estaría en que la divinidad crea todo a partir de sí, mientras que el poeta a la hora de crear hace todo suyo. Las cosas externas las hace suyas.

¿De qué manera tu práctica del deporte, el triatlón, dialoga con tu creación poética?

Yo creo que directamente muy poco. No es que yo hable del deporte en mis poemas. Sin embargo, sí me puedo dar cuenta de que hay cosas que no hubiera podido experimentar y escribir sin ser atleta. Muchos de estos poemas tienen que ver con la naturaleza. Para encontrarte con ella necesitas fuerza y resistencia física. Te doy un ejemplo, cuando fui a competir a Australia, ya después de la competencia, fui a un parque llamado Blue mountain, el cual tiene muchos caminos de senderismo. Incluso hay caminos que puedes hacer en varios días de tan largos que son. Por cuestiones de tiempo no pude caminar tanto, pero lo que sí, es que un día salí muy temprano en la mañana y estuve corriendo aproximadamente unos quince kilómetros. Llegué a unas formaciones rocosas que servían también de mirador. Ahí me quedé un rato, en soledad, contemplando el bosque de eucaliptos a mis pies. Eso fue algo que pude hacer gracias a la condición física que me ha dado el entrenamiento.

Otro ejemplo, en el poema Los incendios de la luz menciono a las mariposas monarca. Dice: “como me gusta el suelo de la abuela/ puesto que tiene el suelo enrojecido / por las mariposas muertas que olvidan / sus alas de crepúsculo en los riscos, / entre los oyameles donde ivernan / desde el remoto inicio de los siglos”. Mi abuela es de Angangueo, un pueblo de Michoacán, justo a un lado de los santuarios. Y yo recuerdo que, durante unas vacaciones, fui en bicicleta al santuario. En algún momento dejé la bici para correr, para subir por el monte y ver el bosque amarillo, el bosque naranja por la presencia de las mariposas. De nuevo fue la condición física la que me permitió esa experiencia.

En este libro de poemas ¿hay alguno que te haya llegado, sorprendido, salido al paso, sin que tú lo hayas buscado conscientemente?

Yo creo que se van uniendo piezas de poquito a poquito en nuestro ser y de repente llega un momento en el que una pieza dice “ya estoy listo para que me escribas”. Puede ser mientras cocino o mientras voy en el metro.

En algunos de tus poemas se hacen presentes algunos de los símbolos y las historias fundacionales de la tradición judeocristiana

Sí. Yo de niño era muy religioso, por contexto familiar. Alguna vez haciendo una reflexión de mi carácter comparado con el de mi hermano, o con el de familiares y amigos cercanos que también fueron educados dentro del catolicismo, me pregunto ¿por qué él no tiene tan presente esta influencia judeocristiana en su imaginario? Yo creo que es porque yo sí ponía atención a las palabras, a lo que decía padre en misa y todo eso. Pasa mucho que la gente suele ir y no presta mucha atención a las lecturas ni al evangelio, pero yo trataba de escuchar bien y poner atención a los libros que contiene la Biblia. Entonces, yo creo que todo ello sí dejó una huella marcada en mí mismo. Si bien no soy religioso ahora, sí me seduce esta tradición católica. En particular la idea de Dios es algo que me llama mucho la atención.

¿Cuál fue el mayor reto al que te enfrentaste en el proceso de escritura y publicación de este libro?

El mayor reto fue la publicación. Aunque algunos de los poemas sí me tomaron mucho tiempo, muchas revisiones, al final este proceso no fue algo que sintiera que me pesara. En lo que sí tuve que espolearme a mí mismo fue para las cuestiones editoriales, de publicación. El enviar los textos a una editorial y esperar a que te contesten, si es que te contestan. En buscar otra, en esperar, sin saber por qué esta editorial rechazó los poemas. El buscar, el “oiga, maestro léame, y deme una recomendación porque ya quiero sacar este libro y no puedo”. Eso fue el mayor reto.

¿Qué tiene en común el oficio de marineros, poetas y mineros?

Su oficio está muy relacionado con la exploración y con el salir a descubrir. Es el caso del minero quien está tratando de investigar qué hay abajo. Lo saca a la luz. Así como el marino está en búsqueda de nuevas geografías. En el poema Partida a Guanajuato está lo marítimo y lo marinero porque la veo como una ciudad-barco que navega entre las montañas. Como si éstas fueran grandes olas de un mar que se hubiera quedado congelado. Guanajuato como un barco en tierra.

En El agua y las luciérnagas hay una reiterada reflexión sobre el sueño y la muerte, sobre todo en la parte final. Me surge una pregunta al respecto. ¿Es el sueño una muerte o un despertar?

En el instante poético, al que alude Bachelard, cabe la ambivalencia. Cabe que unas cosas sean al mismo tiempo alegría que tristeza. Mientras que en un tiempo cronológico, cuando hay una relación de causa o efecto, una tristeza tiene una causa, le buscamos una solución y entonces viene un alivio y posteriormente la alegría. En la poesía se concentra tanto la tristeza como la alegría. Bachelard habla del lamento sonriente para referirse a esta ambivalencia.

A la hora de que, poéticamente, abordamos a la muerte, al sueño o a la vida, el sueño puede ser al mismo tiempo un despertar y un morir. La aniquilación y el nacimiento. El sueño es al mismo tiempo la muerte de esta realidad en vela que vivimos todos los días, pero al mismo tiempo es un despertar hacia nosotros mismos. En esos sueños se manifiesta mucho de lo que tenemos en el interior. Morimos un poco en este mundo cotidiano para nacer o para despertar en nuestro mundo interior. Y viceversa, a la hora de que despertamos morimos un poco en ese mundo interior para nacer a este mundo exterior.

Escrito por Mónica Elsa Zempoalteca Alfonseca

Mónica Elsa Zempoalteca Alfonseca (Ciudad de México, 1985). Es poeta, narradora y periodista. Cursó la carrera de Periodismo y Comunicación en la UNAM. Estudia Lengua y Literaturas hispánicas en la misma institución. Cursó estudios en el diplomado de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores de México (Sogem). Participó en el Taller Internacional Periodismo literario del Instituto Internacional de Periodismo José Martí en La Habana, Cuba (2007). Ha recibido algunas distinciones, entre ellas: Segundo lugar nacional en la categoría de ensayo, en el concurso "De músico, poeta y loco…" convocado por la UNAM (2008). Selección oficial del Festival Internacional de cine Mórbido, con el guión del cortometraje Mirsitu Turhipiti, finalista del concurso Desafío Espresso Fest Film. Becada por la sexta Conferencia Internacional de Escritores en San Miguel Allende, Guanajuato. (2011). Mención honorífica en la categoría de poesía con Hoja de muerte en el concurso de la Megaofrenda UNAM (2014). Segundo lugar nacional en la categoría de cuento breve con el cuento Ella para el concurso 49 de la revista Punto de Partida. Dirección de Literatura. UNAM. Escribe mensualmente una columna (Pequeña caja de libros) sobre literatura infantil y juvenil, y fomento a la lectura en la revista Página Salmón.