Diario de un sobreviviente: La narrativa de Paolo Panunzio

Foto de portada: Página del autor

Paolo Panunzio (Lima, Perú) Escritor errante con sueños de grandeza. Autor de la plaqueta Literatura Abstracta (2019) en donde reúne cuentos con una temática diferente. Es el valiente escritor que sube a los carros para dar a conocer su obra. Dirige la página Paolo Panunzio – Página Oficial y publica sus escritos en su blog Tiziano Panunzio


La literatura, en muchas ocasiones, se transforma en una epifanía. Podría aparecer en las calles, en los bares, en las plazas o, como me pasara ahora, en el transporte público. La línea T es una ruta que va desde Jesús María (Campo de Marte) hasta el distrito heroico de Chorrillos. Una de las principales avenidas que recorre es la Av. Salaverry y, justamente, a la altura del cruce de dicha avenida con la Av. Javier Prado sube un joven. Tenía libros artesanales, tipo plaquetas, que promocionaba y vendía. ¿Su meta? Poder pagar su próxima publicación y “poder vivir del arte”.

¿Utopía? Posiblemente. Todos los escritores (y artistas en general) tenemos un segundo trabajo hasta el momento que llegue la tan llamada consagración. Pero un edificio no se construye de la nada y siempre debe comenzar con las bases. En este punto se encuentra Paolo: escribiendo, difundiendo, luchando. Porque en la sociedad de consumo, en esa sociedad líquida que Baumann siempre describía y criticaba, los artistas somos una especie en extinción. No sabremos si procederá a continuar o a hacer algo más, pero sé que Paolo ha conseguido darse a conocer en algún otro lector. Mientras tanto, mi deber es difundirlo. Su prosa tiene un lenguaje, una parodia de la realidad. Un ida y vuelta en donde el personaje principal de cada narración es la consciencia del escritor, del autor, del personaje. Los idas y vueltas, los cambios de tiempo. La dinámica del paisaje y el lenguaje juvenil. No hay desiertos narrativos, quizá algún laberinto, pero no es fruto de la inexperiencia, sino de la voluntad del autor. Por ello, es interesante leer (el tiempo que proseguí en mi ruta hacia Miraflores), toparme con frases metafísicas, existenciales y llenas de las letras con una gran influencia del Dionisio de Nietzsche.

Paolo se manifiesta como una quimera narrativa que, en cada obra, va mutando con dinámicas más metafísicas. Por ello, le presentamos una muestra de su narrativa abstracta, una interesante fusión entre prosa poética y escritura filosófica:


EPITAFIO

En algún momento razoné que había desperdiciado mucho tiempo planeando conversaciones y resolviendo problemas en mi mente que nunca llegué a tener. Terminé varios libros imaginarios, actué en muchos filmes desconocidos —mis favoritos— y cambié para siempre la historia de países que muchas personas cultas no conocen. Me puse la camiseta peruana y marqué el gol que nos clasificó al mundial por primera vez e, incluso, ideé el discurso en el que le decía al país que el logro no era mío, sino de los treinta millones de peruanos que estuvieron alentando (claro está que primero busqué en Internet los resultados del último censo). Creé melodías lacrimosamente, llené varios estadios con gente desconocida que conocía mis canciones, canciones que yo había compuesto en mi mente, cuando terminaba de resolver aquellos problemas que me causaban más angustia que los que podría llamar problemas reales. Todo, absolutamente todo, parecía ser una perdida de tiempo. Ya no estoy tan seguro.

En otra vida viviré todo aquello. Aunque no estoy seguro, tengo que estarlo. “En otra vida me enamoraré”, pensé, sacando unas monedas de mi bolsillo. “Ahora tengo que llegar al teléfono cueste lo que cueste.” Es increíble lo que puede llegar a razonar un hombre cuando siente que no le quedan muchos minutos de vida. No podía morir, no en Lima, no tan lejos de casa, aunque no esté muy seguro de cuál sea mi casa. Ya había muerto demasiada gente y había escuchado frases como “Pobrecito, ¿lo conociste? Era el brother que hacía magia con los cigarros. Yo no hablé más de dos veces con él, pero parecía que sus amigos lo querían mucho”. Hubo otro, cuya muerte parecía más obvia. “Todo el día estaba drogado. Era cuestión de tiempo”. Me pregunté, caminando con dificultad hacia el teléfono público, quién sería después de mi muerte. Ya no me sentía una persona. Me había rebajado a comentario, a lástima, a descripción. “El que escribía, el que tocaba guitarra, el amigo de Luis, de Gian Carlo, el que desperdicio su vida leyendo”. Para algunas personas era el inteligente, el que tenía potencial, el que desperdiciaba su talento. Era cualquiera de esas cosas, menos una persona. Tan cerca de mi muerte, nada me diferenciaba de Borges, de Joyce, de Chávez o de Paul Walker. Sentí lo que todo ser humano siente en algún instante de su vida: la necesidad de sentir que ha valido la pena estar vivo, que hemos hecho algo importante, que hemos cambiado el rumbo para siempre. En resumen, el deseo, casi la necesidad, de sentirnos importantes. El motor con el cual solía manipular a las personas. Argüí que cualquier persona en ese momento, sin importar cuán estúpida sea, podría haberme manipulado como lo hacen los genios de verdad con las mentes débiles.

Veía, a lo lejos, un teléfono público. Mi mente parecía apagarse. Mi pierna derecha no respondía y me latían arterias en la frente, el corazón y la pierna. Estaba en esos segundos que preceden al sueño y contra los que es muy difícil librar una batalla. “No cierres los ojos”, pensé, dándome ánimos. Antes de llegar, caí de rodillas y una mujer se acercó, dejando sus bolsas en el suelo. “¿Necesitas ayuda?”; me preguntó. Inmediatamente, saqué mi teléfono y le pedí que llamará al último número de mi agenda.

En otra vida, pensaré todo lo que he hecho y haré todo lo que he pensado. Sé que perderé mucho de lo que he logrado, pero la ecuación me favorecerá. Despertar en la casa de una persona que no conozca puede llegar a ser normal, pero no recordar cómo llegue ahí es preocupante, aunque, lo admito, legendario.

Morir es inevitable y generalmente no elegimos en qué momento lo haremos. Siempre he creído que los suicidas son pusilánimes que fueron obviados por todas las personas que estaban a su al rededor y que, en algún momento, cansados de no decidir qué clase de vida querían tener, decidieron en qué momento terminarla, como un único acto esporádico de valentía. Yo, tan adicto a la adrenalina, puede que, sin quererlo, termine matándome, ya sea caminando en el borde de un edificio para ganarle una apuesta a un amigo del barrio o poniendo a prueba a mi corazón con litros de Whisky y Red Bull.  De morir pronto —parece lo más probable—, procuraré no ser un comentario triste.


EL TIMBRE

“Levántate, Angelo”, dice alguien, y yo no obedezco. “¿Quién es yo?”, piensa, mientras piensa que no sé quién es el que piensa. En todo caso, el que recibe la orden no la acata, pero tampoco es indiferente ante ella. Tensa sus músculos, se agita, empieza a sudar. En un ademán ambiguo, sugiere con su cuerpo que está a punto de obedecer, pero no lo hace. “Desde afuera debe de verse patético”, piensa, sentándose en su cama.

El que está sentado piensa en tomar su guitarra y afinarla. Lo hace; luego, más agitado aún, ensaya un par de canciones, más para ganar tiempo dentro de su casa que para comprobar que sus cuerdas vocales estén listas para subir al primer bus. Baja las escaleras y se dirige a la bodega más cercana. Compra un cereal de frutas y un yogur de medio litro. Después de tomar desayuno, camina hacia la avenida Salaverry y canta su primera canción. “Hola, muy buenos días. He venido a cantarles una canción. Espero que les guste”, dice, con una sonrisa en el rostro. ¿Por qué, maldita sea, no dejo de sonreír? Canta una, dos, tres canciones. Mientras canta la tercera, no logra recordar qué canción fue la primera. Le parece curioso y lo intenta, lo intenta tanto que olvida una parte de la canción que aún no termina. La gente lo nota y él sonríe. Algunos sonríen desde sus asientos y son justamente aquellos los que más dinero le dan al finalizar.

Baja del primer bus y sube al segundo. Repite artificialmente el mismo error. Finge haber olvidado la tercera canción y sonríe cínicamente. Al terminar, el mismo resultado: más dinero del que usualmente gana, de modo que repite el mismo ritual una y otra  vez. En un par de horas nota que ya tiene el dinero que usualmente consigue trabajando ocho horas, de modo que, emocionado, llama a Diego, quizá su único amigo, y espera una, dos, tres timbradas. Las timbradas no son normales. Angelo siente pánico y no sabe la causa. Las timbradas suenan como… ¿el timbre de su casa?

Angelo despierta. Su madre ha olvidado las llaves y está tocando el timbre. Nota que nunca afinó la guitarra ni tomó desayuno ni hizo el dinero que creyó que había hecho. Entonces advierte que quiere rendirse, que ya no lo soporta. Luego razona que no poder soportar algo es una ilusión siempre que uno esté vivo para pensarlo. Se ríe de sí mismo y se levanta. Toma la guitarra y siente el impulso controlable de querer destruirla. Mientras baja las escaleras y seca algunas lágrimas, recuerda que llorar es llorar y nada más, y que tal vez, sólo tal vez, su realidad sea otro sueño que lo distrae de una realidad aun peor, y entonces se aferra a la vida, más por terror que por haber recuperado la valentía que cree que nunca ha tenido y cuyo significado aún no encuentra.

Escrito por Emilio Paz

Emilio Paz (Lima, 1990) Profesor de Filosofía y Religión, egresado de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Tiene publicados “Septiembre en el silencio” (Club de lectura poética, 2016), “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre, N°394, 2018) y "La balada de los desterrados" (Ángeles del Papel Editores, 2019). De igual manera, posee poemas y cuentos en publicaciones de Perú, México, Chile, España, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, India, Ecuador, Rumanía y Costa Rica, habiendo sido traducido parte de sus poemas al rumano, inglés y al tamil. Ha ganado el “Mes de las Letras” (abril, 2017) de la Fundación Marco Antonio Corcuera y el IX Concurso internacional de poesía y cuento - Perú 2019 organizado por la revista "El Parnaso del Nuevo Mundo". También ha participado en diferentes recitales del Cuzco, Paracas y Lima; destacándose el XXI Festival de Poesía “Enero en la Palabra” (Cuzco, 2017), el 2do Festival de Poesía de Barranco (Lima, 2016), el V Festival Internacional Primavera Poética (Lima, 2017). Ha dictado el taller de lectura poética titulado “La vena de la inspiración” para el Centro de Estudiantes de Literatura - CELIT de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y ha participado de diversos congresos de filosofía, siendo su línea de investigación la relación entre estética, poesía y educación. Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com/).
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