Comentario lúcido #1

Hace un tiempo estaba entre mis planes elegir cada semana un poema y, a partir de su lectura y las inquietudes que ésta desata, escribir un comentario y compartirlo. El objetivo es, en términos sencillos, invitar a quien lea esto a conocer el poema. Como primer ejercicio de dicho proyecto, estancado en las aguas de una época que a pesar de tener menos de un lustro veo ya muy lejana, tomé el poema Mi corazón emprende, de Jaime Sabines. Una de mis obsesiones lectoras es buscar, cuando una autora o autor me gustan, su primer libro. Hay algo de fundación, de transparencia, que muchas veces ya no se vuelve a encontrar en obras venideras porque, ya lo sabemos, el cambio constante es nuestra esencia, a pesar de la trampa de la repetición.

La idea también es fomentar la libertad de expresión. Así que los comentarios en esta entrada son bienvenidos. Pondré primero el Comentario lúcido y, al final, el poema sobre el que habla;  cada quien elija cuál leer primero. Hecha la presentación, soltemos amarras:

 

Hay en Horal (1950), el primer poemario de Jaime Sabines, un poema áspero, primitivo en cuanto a que revela la esencia de un sentimiento: el hombre está huérfano, desposeído ya de su unión umbilical, arrancado del útero en el que halló su sitio de amor. Mi corazón emprende… es un testimonio agreste de sensualidad oscura, varonil. La soledad del ser hombre, su abandono ante las eras y la incomprensión que de sí mismo tiene se detienen en un momento preciso de libertad: el encuentro erótico, la unión punzante, dolorosa en ráfagas de gozo de los amantes. Contra la muerte, el agua. Elemento dador de vida. Sabines escribe Ven a mi larga sed entretenida/en bocas, escasos manantiales. Su situación poética es la encarnación de una paradoja; el hombre náufrago se ha enamorado del mar, esa inmensidad ciega su esperanza, pero lo mantiene vivo. El amor es una herida. El sexo lo es también. Me asombra y no deja de parecerme ingenuo (suele ocurrir con ciertas confesiones) que quien es todos los hombres, el que usa la pluma de Jaime Sabines pero está hecho no de su carne, sino de su mito, presente una fijación por exaltar la penetración, el deseo de “entrar”, “atravesar”, “herir” como la flecha en el lomo de la gacela agonizante a la mujer, misterio opuesto a su enigma físico. En esta violencia cifra su destino al decir Yo nací para entrarte. La creación, esa puerta por la que todo nace, abruma al poeta y lo lleva como a tantos a través de los siglos a adorar una imagen, la de la mujer, su antigua madre. A consideración queda la pertinencia de dicha enunciación. Si bien es verdad que el poema tiene un tono erótico, no deja de cargar consigo resonancias a medias tintas patriarcales, visibles sobre todo en los últimos versos. En la coronación de la hembra, llevada a cabo por las palabras del macho, entrevemos una humildad nacida de una falta, cargada de desasosiego. Aquélla mujer, ternura de odio es idolatrada no sólo por su faz pura y su gracia, sino por sus dotes de oscuridad. Ella, como todo hombre, está sola. Es oscura y transparente la angustia que la forma. Arriba hablé de la ingenuidad de reducir al encuentro erótico a la imagen de la penetración, sin negar el deslumbramiento que muchos (de todas preferencias sexuales) encuentran en ella. Lo que rescato de esa insistencia es nombrar que ahí donde acontece la unión erótica, en ese territorio animal, desnudo y salvaje, logran dos seres vencer por un instante a la muerte. El poema, hijo de ese lugar de nadie, es escenario para un ritual en el que si el humano no se reconcilia por lo menos se pierde para atisbar por un breve tiempo sin tiempo quién es sin tanta razón, concentrado tan sólo en su sabiduría corporal y espiritual, habitando la humedad.

 

Mi corazón emprende
Jaime Sabines

Mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo
último viaje.
Retoño de la luz,
agua de las edades que en ti, perdida, nace.
Ven a mi sed. Ahora.
Después de todo. Antes.
Ven a mi larga sed entretenida
en bocas, escasos manantiales.
Quiero esa arpa honda que en tu vientre
arrulla niños salvajes,
Quiero esa tensa humedad que te palpita,
esa humedad de agua que te arde.
Mujer, músculo suave.
La piel de un beso entre tus senos
de oscurecido oleaje
me navega en la boca
y mide sangre.
Tú también. Y no es tarde.
Aún podemos morirnos uno en otro:
es tuyo y mío ese lugar de nadie.
Mujer, ternura de odio, antigua madre,
quiero entrar, penetrarte,
veneno, llama, ausencia,
mar amargo y amargo, atravesarte.
Cada célula es hembra, tierra abierta,
agua abierta, cosa que se abre.
Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.

Escrito por Brianda Pineda Melgarejo

Xalapa, 1991. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Veracruzana.
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