Contra la indiferencia

No soy del Frente Amplio. Hace años que no me identifica ni representa ese partido, y mucho menos aún sus gobiernos, a no ser por un puñado de gestos concretos. Justamente, la táctica continua de alinearse en la defensa de cada medida gubernamental anulando toda diferencia crítica mientras se volvían normales las concesiones y el abandono de sus propios principios e ideologías originales, me alejó de ese movimiento. Mejor dicho, el Frente se alejó de mí. Yo no me moví mucho.

Varios me habrán soportado despotricando todos estos años, junto a muchos otros que les pasó lo mismo. Otros se volvieron sobrehumanamente obsecuentes. Otros permanecieron en el FA, pero dando la lucha por el ideario de izquierda. A estos últimos los veo con la admiración y el respeto que me generan los que no se cansan de poner la otra mejilla.     

No me considero un desencantado. Eso de los encantos mejor dejarselo al amor o a las artes o a los bosques o a los pelotudos. Sabía que era posible que el gobierno se comiera al FA. Lo vi suceder con mis propios ojos. Nunca estuve bajo ningún encantamiento. Sí pensé que se podía mantener una organización política popular controlando y nutriendo de ideas al gobierno apostado en el Estado burgués, para mejorar la calidad de vida del pueblo. Había antecedentes como para confiar. También había antecedentes suficientes para decir que el gobernar se devora casi por completo y en poco tiempo organizaciones y proyectos así.

También dicen que los gobiernos ya casi no gobiernan sobre los territorios. Parecen instrumentos de los grandes capitales yendo y viniendo por el mundo en busca de buenas ganancias. Los gobiernos se adaptan más o menos a sus exigencias y condiciones, desarrollan planes educativos funcionales a las empresas que están por venir, adaptan las condiciones impositivas y laborales a estos flujos de capital, y todo cosas por el estilo, dependiendo de la plata llegando o por llegar. Creo que voy a vivir para ver a nuestros niños aprendiendo chino. 

El mundo es dinerocéntrico y la vida humana es secundaria y funcional a esto. Pocas cosas son tan opuestas a lo que uno considera de izquierda como la disposición política actual del mundo. Sin inversiones ni empresas no hay plata y sin plata no hay vida, sería uno de los eslóganes de esta ideología, que es la que está consumiendo además, al planeta. Riqueza hay de sobra en el Uruguay y en el mundo entero (está observado y calculado) así que el problema estaría en su distribución injusta. 

Dicen (*) que el capitalismo es una máquina de producir pobres nuevos y enriquecer ricos viejos. Es crisis y expansión y crisis y expansión y crisis todo el tiempo. Y expansión no quiere decir precisamente prosperidad. Es una rueda inestable e injusta. Injusta porque se basa en la legalidad de que al trabajador se le robe secretamente una parte de lo que en realidad produjo. Lo de inestable ya lo habremos visto. La  discusión de alternativas para resolver esta injusticia y esta economía mundial a la marchanta según los caprichos del capital no está en la agenda de discusión de ningún partido con representación parlamentaria en nuestro país. A grandes rasgos, parecería que para nuestro sistema político no hay grandes problemas con esta organización de la materia, la cultura, el trabajo, y la vida.

Algunos dicen que en el balotaje se define el futuro entre dos modelos de país. Y no, el modelo es, en esencia, el mismo: un régimen capitalista. Son matices muy tenues los que los diferencian en las propuestas y las concepciones. Acá es donde habría que ponerse los lentes y leer con calma la letra chica de los contratos, por no decir programas de gobierno. Los políticos no son todos iguales. Dolina lo explica diciendo que, Para el que no sabe leer, todos los libros son iguales. Yo le agregaría un; Si tan iguales son ¿Qué sentido tiene que se pasen años en el parlamento cinchando para diferentes lados? ¿Por qué no dar una gran fiesta interminable en el palacio?  

Mientras, dicen que en el mundo nunca hubo tantos pobres y tanta riqueza concentrada en tan pocas manos a la vez. Bart, no quiero asustarte. El pensamiento hegemónico promueve el egoísmo, la codicia y una desvalorización implícita y explícita de la vida. Es la cultura dominante y a la vez nos escandalizamos cuando un hombre asesina a otro por un fajo de billetes. No asociamos que esa aparente anomalía no es otra cosa que el sistema funcionando bien; la obediencia del mandato constante de acumular dinero, así sea derramando sangre. Cuando un empresario pone en riesgo la vida o salud de humanos o de un ecosistema entero en su afán de lucro, no hay tanto escándalo ni crónica.  

Se puede complejizar y discutir todo lo dicho. Bienvenido sea. Pero volvamos a los matices o rasgos que este mismo modelo podría tomar en Uruguay. 

La abrumadora mayoría de los habitantes son trabajadores. Eso quiere decir que ponen sus cuerpitos para hacer plata. No así la minoría rica, que pone plata para hacer más plata. Los trabajadores normalmente encuentran expresión política en los partidos de izquierda, que también suelen estar compuestos por trabajadores que les aseguran mejoras, aunque sean mínimas. Cuando a esos partidos les va bien, los trabajadores empiezan a obtener beneficios y derechos, aunque sea atrapados en el sistema de mierda que decía más arriba. El ejemplo de la era progresista en latinoamérica es claro; millones de latinos mejoraron sus vidas en unos años, aunque sea comiendo más de una vez al día.

Latinoamérica sigue siendo un gran cante con algunos lamparones de lugares dónde la gente vive “bien” (lamparones que crecieron gracias al progresismo) y Uruguay no es la excepción a estas mejoras en todos los indicadores socioeconómicos y la mayoría de los testimonios vivenciales honestos. Es al que le fue mejor, dicen. Esto habla, primero que nada, muy mal de latinoamérica. Habla de la pobreza en nuestro continente. Pero en Uruguay hubo una mejora notable en la vida de la mayoría de los trabajadores, explicable por diferentes políticas. El rol del Estado en esta mejora parece innegable, aunque la mejora sea insuficiente, y siempre será insuficiente mientras no se enfrente el tema de fondo. Hay capitalismo mejor o peor administrado, pero bueno, no he visto. Sacrificar una tercera parte de la vida en trabajar, no es vida digna si queremos además, dormir. Es más o menos la mitad de nuestra vida como seres conscientes entregada al enriquecimiento de otro. Es un sistema pensado por y para el más fuerte. Por eso, de todas formas a los grandes empresarios les fue bien, igual que siempre. Esta vez les fue muy bien. Si dejaron fundirse algún negocio, es porque se fueron a hacer otro que les daba más ganancias. Estos tipos nunca se quedan en la calle.     

La educación, la vivienda, y los salarios de mierda no son el problema de fondo, pero son carencias que constituyen el núcleo duro de la pobreza en Uruguay. El FA tampoco pudo enfrentarlos ni desarrollar políticas de impacto. Y no es coincidencia que a medida que se aislaba en los despachos gubernamentales ignorando sus bases populares, perdía capacidad para transformar la sociedad y hacer política desde principios económicos alternativos a los de la cultura hegemónica. Nadie que se considere de izquierda puede defender la creciente extranjerización de la tierra, la privatización parcial del agua, el modelo extractivista y de monocultivo, la criminalización de la pobreza y de algunas protestas, la persistencia de la gente durmiendo en la calle junto a los privilegios tributarios del gran capital. Por mencionar algo. Suena como un proyecto neoliberal, y en su parte mayor, lo es.

El matiz está en la presencia del Estado en ciertos lugares donde el pueblo antes quedaba sin apoyo: 

La negociación colectiva de los salarios y la ley de responsabilidad empresarial son un ejemplo claro de algo que convendría mantener, algo que demostró una mejora comprobable en la vida de muchos. No se trata a los grandes empresarios como los ladrones de trabajo que son, pero algo es algo. Donde unos vemos personas, otros ven recursos, el precio del lomo ajeno. 

Las empresas públicas, en general, han mejorado su servicios y siguen siendo públicas. Neoliberalismo, pero con empresas públicas. Es curioso. Aunque las tercerizaciones sean una forma de privatización. Todo lo que sea empresa pública invirtiendo en mejorar, merece un aplauso. Aunque dé pérdida ese año. Pérdida son las zonas francas (¿paraísos tributarios?) que nos sangran un 6% del PBI por año (**). No sé cuánto invertimos por año en nuestras empresas. Donde unos vemos empresas con una forma de propiedad colectiva y mejorando la calidad de vida en nuestro país, otros ven los negocios que pueden hacer vendiendolas o compitiendo contra ellas.   

De la educación, se puede decir que es una mejora considerable que las clases no sean interrumpidas por los desmayos de alumnos y docentes famélicos. Es sabido lo poco que puede enseñarnos un docente desmayado y lo poco que puede aprender un alumno desmayado. Pero ya no es algo normal. Toda la infraestructura de la educación, creció y mejoró. El presupuesto creció, aunque estos últimos tiempos por debajo de lo prometido. Sigue siendo completamente gratuita (si no te molesta que tus hijos se mezclen con los pobres). Haría falta un reforma radical que garantice una independencia total de la educación respecto a los intereses de los capitales, que forme constantemente a la gente a lo largo de toda la vida y que se enfoque en el desarrollo de las cualidades humanas sin verlas como recursos. Donde uno ve un derecho y un acceso universal al aprendizaje y al conocimiento, otros ven posibles negocios exentos de impuestos.   

La salud pública (completamente gratuita para los que no quieran compartir las salas de espera con los pobres) ha logrado buena calidad de atención. Incluso, la excelencia en ciertas áreas. Pero donde uno ve a alguien sufriendo o precisando ayuda, otros ven un posible negocio, o un “gasto”. También hay un plan de un sistema nacional de cuidados en marcha. Dicen (y yo repito sin ánimo de manipularlos emocionalmente trayendoles niños muertos a la imaginación) que la mortalidad infantil bajó a la mitad en la etapa progresista. Parece una mejor idea para poblar la patria que la de obligar a las mujeres a parir hijos que no querían. Por suerte, la legalización del aborto sigue salvando la vida de las mujeres. 

Toda la llamada agenda de derechos propone en el reconocimiento y protección de minorías discriminadas una nueva concepción de las libertades humanas. A muchos todavía nos surgen nuevas preguntas y a otros un rechazo automático por tener que reconocer que quizá la vida no es tan así como la cuenta la biblia o la tradición. Como sea, se abren nuevas formas de cuestionamiento a las formas de la cultura dominante.  

Estas políticas, y algunas más, son demandas de organizaciones sociales populares y fueron atendidas en mayor o menor medida por los gobiernos frenteamplistas. En su plan bipolar, los progresistas cedieron mejoras al pueblo a la vez que cedieron privilegios al gran capital. Hasta qué punto se puede mantener estas políticas de gobierno, es una pregunta a hacerse. Aunque el modelo, el plan, la idea, del supuesto proyecto de país frenteamplista se muestre agotado de tanto contemplar la injusticia y la concentración absurda de la riqueza, ahí está. Pero estas políticas mencionadas son refugios, pequeños escudos que protegen la vida, la libertad y las economías domésticas de la mayoría de los trabajadores y de los más desprotegidos en la vorágine del capital. 

Entonces no me parece una locura decir que subsiste minoritariamente en los gobiernos del FA, algo de humanismo. Y estos gestos humanistas son amenazados por la coalición de derechas. Ya lo advierten en sus programas (de TV y de gobierno) y en sus declaraciones públicas. No hace falta mencionar la tradición de corrupción, neoliberalismo llano, crimen y fascismo que contiene la coalición que pretende gobernarnos. No hace falta mencionar su total falta de humanismo, ni colocarla en el avance conservador-pesero-fascista en la región.    

No soy del Frente Amplio y creo que sus políticas pueden ser decisivas en la vida de miles de personas. Una mayoría abrumadora. Ante la picadora de carne humana en la que han convertido a nuestro mundo, puede parecer poca cosa para el que no tiene nada por perder, para el que está económicamente cómodo (por ahora), pero es mucho mejor que nada para el que no tiene nada más que sus brazos y su prole. 

Lejos de verme representado y entendiendo que en la democracia electoral no se dan el grueso de la transformaciones sociales, los hechos advierten que no hay tanto lugar para la indiferencia o la neutralidad en esta bifurcada política, en la que, sin exagerar, veo que se juega la seguridad alimentaria de miles de uruguayos, y más cosas. No voy a ser yo el que con mi voto, le quite la comida de la mesa a nadie.

 

 

 

 

(*)(**) Veo que tienen internet, así que pueden encontrar con facilidad los datos y la información de mis dicen. En caso de desconfiar, o no encontrarlos, me los pueden solicitar.

  

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Publicó algunos relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo y uno en "Las historias que Fressia no contó" de Estela editora. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.
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