Las calles dicen más. Crisis en Chile: plumas contra fusiles

Es difícil escribir estos días cuando las calles están manchadas con sangre. Pero ahora es importante hablar, denunciar las violaciones del Estado a gritos, por medio de carteles, rayando los muros, extendiendo nuestros cuerpos en cacerolas y cucharas de palo, reduciendo a cenizas los símbolos institucionales que por décadas han oprimido al pueblo chileno. En realidad, hablar de 30 años es poco, llevamos siglos con la mortaja en un simulacro de entierro que parece nunca llegar. Somos menos que cadáveres para la elite, no hay cortejo fúnebre y nadie tiene derecho a decir sus últimas palabras. Hablar, escribir, gritar, rayar, destruir, crear y unirse, por lo tanto, es fundamental.

Las demandas del pueblo se han resumido en una palabra: dignidad. Y es que uno se pregunta cómo es posible que un jubilado reciba 150 mil pesos de pensión y gaste 140 al mes solamente en medicamentos, o que personas lleven años esperando una cirugía que les salve la vida, o que al mismo tiempo que un niño entra en un colegio que le promete un futuro próspero, en una población hay otro que probablemente no pase tercero básico y mucho menos conozca la universidad, cuando tantas personas sufren por no tener plata uno se pregunta, como mínimo, en dónde mierda quedó la dignidad. La escritura, las ficciones, deben rescatar este mensaje.

Podemos rescatar este mensaje, por ejemplo, de los muros. Lo que leemos en ellos no son frases anquilosadas, nos acompañan hace tiempo, son parte de diversas historias que no se cuentan, de las que nadie se hace cargo, y si se llega a ver un ápice de ellas inmediatamente son censuradas, ya sea con pintura, con otra historia de mayor valor o -como está pasando ahora mismo- a punta de fusil. Se lee: «Nueva constitución o nada»; «No habrá paz sin justicia»; «Hasta que la dignidad sea costumbre»; «Somos los nietos de los que no mataron en la dictadura». En ellas se expresan las demandas de un movimiento que para el presidente Piñera es acéfalo. No podría estar más equivocado.

Podemos rescatar este mensaje, por ejemplo, de la complicidad. Todxs venimos de lugares distintos, nos convocan distintos problemas, pero en el punto cero de las marchas se forma la unidad. Lo mismo sucede con las diversas reuniones territoriales que han permitido la reflexión y accionar de la ciudadanía ante la represión y sordera del gobierno. Existe, por ende, un testimonio compartido que lapida la falsa imagen del oasis de América Latina.

Pero el mensaje también nos llega desde el duelo de quienes perdieron a un ser querido. Nos llega desde las golpizas en las protestas, desde los perdigones que se quedarán en el cuerpo de tantos y tantas para siempre. Desde los años de abusos contra el pobre. ¿Cómo se escribe la muerte? Llevábamos décadas en un letargo por la dictadura, sin abrir la boca ante la pérdida, haciéndonos los tontos cuando nos sobraban razones para exigir dignidad. Entonces pienso que escribir la muerte es escribir la historia del pueblo en las calles. Con mayúsculas y en rojo, para que todos la vean.

Estos días la elite (o quienes creen pertenecer a ella) ha salido también a las calles, más no a apoyar al pueblo sino a defender sus privilegios, porque de eso se trata, de unos pocos acaparando lo que el resto nunca podrá tener, defendiendo un modelo asesino que tiene en los huesos a todo un país. El chaleco amarillo, el reaccionario mensaje de paz, cumple la función de distinguir al grupo justo del injusto, al pobre del rico, al vándalo del civilizado, y, como era de esperarse, el gobierno saca provecho de esto brindándole protección a sus ciudadanos de primera categoría y mostrándolos como ejemplo a seguir en la televisión. Solo así se justifica el uso de la violencia: unos prenden fuego mientras otros lo apagan.

Por suerte (para estos propósitos), nuestra generación creció con celular en mano, por lo que estamos actualizados en todo momento: las mentiras y montajes de la prensa y canales burgueses son desacreditadas de forma casi inmediata en internet. A pesar de eso, la violencia continúa. ¿Creerán que vamos a normalizar el sonido de los helicópteros a toda hora? ¿o las detenciones injustificadas, los lumazos y disparos? ¿que nos acostumbraremos a las mutilaciones, violaciones y torturas de agentes del estado? Me gusta la imagen del Chile despierto, con los ojos bien abiertos ante sus verdugos, el verdadero grupo organizado de delincuentes.

Caminando por el centro pienso que ya todo está escrito.

Veo gente corriendo de los gases. Veo a los pacos quitándole su silla de ruedas a un hombre que intenta evitar una detención. Veo cómo ingresan a un liceo disparando contra estudiantes y profesores. Veo el cráneo destrozado de un joven por el impacto de una lacrimógena. Veo una sombra que nunca fue bandera. Veo a Gustavo Gatica completamente ciego. Veo en la Plaza de la Dignidad un humo blanco que no se parece en nada al de las lacrimógenas. Veo la palabra tortura en donde solía estar el nombre de la estación de metro Baquedano. Veo todo eso e intento escribir.

Escrito por Angelo Alessio de Rosas

Angelo Alessio de Rosas (Argentina/Chile, 1997). Estudiante de literatura con mención en edición en la universidad Finis Terrae. Parte del colectivo Sangría Editora.
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