La hermandad de la puta y del poeta

Título: Madre por conveniencia o El manual de la cortesana perfecta.
Autor: Ksemendra
Editorial Trotta.
Edición y traducción de Óscar Figueroa


El cambio del siglo X al XI, sorprende al valle de Cachemira convertido en el centro de la cultura sánscrita. Ananta reina. Uno de sus súbditos, Prakasendra, ilumina con su bondad y dinero a la comunidad. Ha heredado su riqueza, por lo que no le duelen prendas en donar parte de ella. A las ofrendas diarias celebradas en la casa acuden los brahmanes, que se colocan en primera fila para recibir comida, pieles de ciervo, piezas de plata y, las menos de las veces, alguna cabeza de ganado o algún título de propiedad de unas tierras. El pequeño Kṣemendra, como hijo del patriarca, presencia en un puesto de privilegio la ceremonia. Cuando se haga mayor, escribirá una sátira sobre santones parecidos a los que tiene cerca. Y sobre la picaresca de descuideras como las que, a veces, se llevan las vasijas del altar de la casa.

En el monasterio Svayanbhu también veneran a Prakasendra. Por su generosidad pueden subsistir. Así que, en su honor, instalan un clan de madres, es decir, una familia de imágenes que representan deidades femeninas. Sin embargo, el padre dejará de ver la luz del día para siempre abrazado a la figura de un dios, Shiva, sumido en un llanto desesperado. Y es que, Kṣemendra creció en un hogar “saiva”, es decir, de seguidores de la divinidad de la destrucción.


Sobre los escenarios, se representaban historias de personajes que vestían de forma grotesca, con telas de colores chillones. El héroe se transforma en bufón, una caricatura del nuevo ciudadano que llena las calles. El público se reconoce un poco en los actores, pero sus figuras son tan exageradas que provocan el alivio de no haber llegado aún a tal depravación. Al menos, no se comportan como esos vividores y parásitos. Para el hindú, las tres metas de la existencia son el éxito material, “artha”, el placer, “kama” y la responsabilidad moral o deber cívico, o “dharma”.


En la Cachemira de aquel tiempo, la mayoría buscaban las dos primeras. Kṣemendra comprueba como el valor que debería estar en la cúspide del triángulo, el dharma o compromiso ético, ha dejado de estarlo. No se encontraba solo en su afán por crear una obra que ilustrara esta nueva realidad. El teatro ya se le había adelantado. En el monólogo Padataditaka, “la patadita”, de Syamilaka, se escenifica una asamblea de vividores ante el cual, un escriba real pide compensación por haber recibido una patada de su cortesana en la cara. Los congregados se ríen ante la bisoñez del indignado, que no reconoce un gesto habitual en los juegos sexuales realizados dentro de un burdel. Habitantes de los lupanares como estos ya aparecían personificados en antiguas farsas como las escritas por el rey sureño Mahendravarman I, primer gran monarca Pallava.

Al fin, Kṣemendra encuentra a una protagonista digna de su poema. ¿Qué pasaría si una prostituta viviera del sexo en libertad, sin máscaras románticas, relegando a los papeles secundarios a los hombres? Una maternal cortesana, una “janani”, llamada Kankali, podría descubrirnos cómo aprovecharse de los hombres sin cabeza que abundan por doquier. Esos tipos que, con tal de probar mujer, son capaces de salir corriendo dejando lo que están haciendo en ese instante. Su pupila, Kalavati, sería una joven que se ha quedado sin su comadre y que necesita una nueva guía. El lugar donde ambientar la trama sería una de esas mancebías que abundan en Pravarapura, la capital de Cachemira. Uno de esos cuartuchos desde donde llega el olor denso de los sahumerios de palos de áloe que adornan los tocadores de las meretrices, junto a las guirnaldas de magnolias. Su composición dejaría a la luz las vergüenzas de estos lupanares, como cuando llegaba la mañana y, con ella, la hora de tirar las coronas de flores marchitas y limpiar la manchas rojas que ha dejado el buyo escupido por los clientes. Porque, a pesar de ser el hogar de muchachas que adornaban sus mejillas con la silueta de un capullo de hojas lanceoladas cubiertas en almizcle, sus frentes con un flequillo rizado, y sus cuerpos con un lustre de azafrán que simula el oro, el rapsoda sabía que aquel lugar parecía más una selva en la que abundan los depredadores en busca de sus presas. Y muchas veces, se intercambian esos papeles entre los clientes y sus servidoras.


Mientras avanzan las líneas, nos damos cuenta de la fuerza que tiene el “samsara”, el torbellino de ilusiones experimentados desde el nacimiento hasta la muerte, y que arrastran tanto a los ascetas y brahmanes, como a comerciantes, príncipes y burócratas. En aquella casa se provoca el delirio en los estúpidos, que son mayoría, para sacarles los cuartos, pues el dinero se considera el bien más alto. Ni el apellido, ni la virtud, ni la belleza puede comparársele. Al morir la otra madre de Kalavati, la abuela Karabhagriva, antes de dar el último suspiro, ve la tierra cubierta de oro y grita: “mi niña, cógelo, cógelo”. Por tanto, Kankali se encarga de enseñar cómo usar el “buddhi” y el “prajna”, la astucia y el ingenio, para conseguir capital. Esa corriente de quimeras que los anacoretas quieren evitar para despertar a la verdad, ella la propaga por todos los medios para apresar víctimas. En su visión del mundo, hasta los dioses caían en la idiotez en su búsqueda del gozo. Incluso Shiva, mientras cubría su cuerpo con ceniza, iba del brazo de una señora como una rosa.


Kankali sabe que las principales metas ficticias supremas son el placer y la riqueza, “kama” y “artha”. En sus andaduras, las utiliza para embobar a los que se tropieza en su camino. Antes de conocer a Kalavati, ni siquiera tenía una identidad fija, sino que fabricaba la que más le convenía en cada ocasión. El poder de la buscona reside en la capacidad de convencer al iluso de que ve algo distinto a lo que le muestran sus propios ojos. Como cuando la vieja escupe un buyo en la mano del brahman Matharaka, pero logra persuadirle de que tal cosa nunca ha ocurrido, instándole a restregar la mano por la pared para ver si es verdad o no. O cuando se hace pasar por una mujer de negocios o la hija de un ministro, tras extender un rumor del que nadie comprueba su falsedad. Si vieran la verdad, constatarían que la casa del gozo es una zahúrda a la que no hay que acercarse.


Por lo tanto, hay que mantener viva la fantasía y usar los mismos trucos una y otra vez. Los cervatillos caen siempre en la trampa, a pesar de haber visto cómo capturaban con ellas a los suyos. Todo esto nos debe sonar muy cercano. En nuestro cosmos conectado, en donde el hombre ha conseguido medios para sumirse en un ensueño sin fin, abundan las “madres” que nos aconsejan lo peor para nosotros. Como ellas, buscan el beneficio propio, pero nos dicen que quieren procurarnos el nuestro, un común placer, éxito. Para ello, no dejan de transmitir un “samsara” cada vez más refinado gracias a las frías matemáticas.


Mientras escribe su poema, Kṣemendra se adentra en el corazón de la Edad de Hierro, la época de la discordia, la última y más terrible fase por la pasa el ciclo cósmico, tras abandonar la de Oro, Plata y Bronce. En la estación del engaño no se puede confiar en nadie. El sistema político y la administración se descompone por la compra de favores. Se prima la avaricia, la ignorancia y la lujuria. Incluso el rey Ananta frecuenta las casas de seducción. Con dinero, el hombre consigue expiar cualquier falta, por terrible que esta sea. Por lo que se establece la obligación de timar al incauto que no sabe cuidar de su recursos como precepto casi divino.


Pero el juglar halla una luz en esta estación de sombras. La prostituta se muestra como una dama independiente, una cualidad que no le correspondía a su género en aquella época. Se creía que, durante la infancia, el padre debía cuidar a su hija, durante la juventud, el marido debía guardar a la mujer, y, en la vejez, el hijo tenía que atender a su madre. Pero, en este caso, la promiscuidad otorga una libertad impensable para el resto de mujeres. Lo admirable de esta emancipación, se combina con el rechazo que provoca la corrupción a la que tiene que recurrir para sobrevivir.


Claro que esta figura ha de pagar un precio por no someterse. El coste se cobra en la vejez. Kankali se queja a Brahma porque él ha dispuesto que los pechos de la hembra pierdan su turgencia en un abrir y cerrar de ojos, dejándola sin esas armas. Incluso considera que, tras dar a luz, cae una maldición sobre el ímpetu juvenil, parecida a una helada sobre un campo de loto. Al envejecer, el hombre puede ganarse la vida a través de sus conocimientos, pero la prostituta tiene que pedir limosna. O amadrinar a otra para seguir viviendo de sus artes.


Al final, nuestro poeta tiene que mirarse a sí mismo. Hasta ahora, parece como si él contemplara a los demás desde una tribuna, ajeno a la podredumbre de la humanidad. Así que, gracias a su genial uso de las letras, arma un epílogo lleno de doble sentido. Por un lado parece que resume la trama y halaga al rey Ananta. Pero, si se le da la vuelta a sus palabras, pone en duda los fines didácticos de la obra, absuelve a los protagonistas y sospecha de la moralidad del monarca.


La última advertencia de Kṣemendra consiste en aconsejar a los hombres que cuiden de su dinero, no que mejoren su comportamiento. En definitiva, el trovador y la trotaconventos se ocupan en labrar ilusiones, con lo que uno no puede juzgarse superior a la otra. Por tanto, las prostitutas, los parásitos y los falsos fieles no son los únicos que llevan el mal a este mundo. Este mensaje hubiera sido una falacia más que añadir al “samsara” que no nos deja ver el verdadero rostro de la tierra. Sin una mentira más, quizás el nuevo milenio alcanzaría al valle de Cachemira más despierto en medio de su explosión cultural.

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