Las troyanas

Las troyanas

 

Me llevan con mi hijo como parte del botín,

y mi libertad se trueca en servidumbre,

víctima de horribles mudanzas.      

(Las troyanas, Eurípides)

EL HAMBRE

Era pequeña como un copo de nieve, como un copo de nieve que hubiera lamido la noche. Y sus ojos, pozos de sabiduría secular que intentaban hablarme. Me perforaba el alma, lloraba y lloraba —no podía dejar de llorar—, y me miraba con expresión de sacerdotisa, cual si quisiera que yo le explicara por qué no había comida, tampoco ese día, en mi pecho. ¿Y qué hacía yo mientras su cuerpecito de latón se replegaba sobre sí mismo, qué hacía mientras sus deditos rodeaban los míos y su voz, cansada de zollipar, reposaba, por unos instantes, en aquella garganta apenas dibujada? Yo le cantaba, claro. Le cantaba lo que mi madre a mí me había cantado. Lo mismo, siempre lo mismo. Mas, incesante, el gusano de acero del hambre devoraba el vacío de nuestros estómagos. Y yo comprendía que estaba sola, que no había sustento ni llegaría, que la esperanza era solo un cometa errante huido de una explosión de remotos cielos. Sí, yo lo comprendía, pero, ¿cómo explicarle a ella que no había lugar, en su vida, para un mañana?, ¿cómo hacer entender a aquella burbuja de dulzura que yo, su madre, no tenía lo que ella necesitaba?

Mi niña; efímera como una estrella fugaz, como las diecinueve semanas que sobrevivió fuera de mi vientre; eterna como su recuerdo… Mi niña, que murió de hambre y a la que solo pude ofrecer una canción… Mi niña, pequeña para siempre, diminuta en un universo que la rechazó desde antes de nacer… Mi niña, que con sus manitas dibujaba sonrisas en el aire y, con sus últimos y entrecortados respiros, compases de una sincopada danza… Mi niña, que, cuando se iba, apretaba sin fuerza mi mano y cuyas costillitas se alzaban contra el mundo como cantos agudos del más precioso diamante sin pulir. Mi niña, que, al cabo, marchó, para no volver, una mañana de primavera. Mi niña, que, cuando su corazoncito de azúcar dejó de latir, me miró a los ojos y, no sé cómo, me perdonó.

LA GUERRA

Si el mundo fuera una tómbola de justicia donde la bondad regalara boletos para cumplir un deseo, yo pediría regresar a aquel instante en el que le envié a la escuela, empeñada en que estudiara. La fatalidad de la guerra… ¿Y cómo iba yo a pensar que esa guerra cubriría, ese día ese colegio, con mi niño sentado en la primera fila de su clase, con mi niño copiando triángulos escalenos de la pizarra? Los aviones, invisibles amenazas, nos acechaban de lejos, enseñoreados en su omnipotencia, abejas prestas a atravesarnos con los aguijones de sus misiles. No les teníamos miedo: no los veíamos. El nuestro era un siglo demasiado moderno para ver llegar la Muerte, mas no para morir; un mundo demasiado avanzado para no solidarizarse con las víctimas mientras permitía a los verdugos seguir matando, volver a matar a los muertos en los cementerios.

Sí, si pudiera retornar a esa mañana, en vez de darle un ligero empujoncito hacia la puerta, me hubiera interpuesto entre él y el umbral, y le hubiera dicho que hoy dábamos la lección en casa. Que, por mucho que se enfadara conmigo por no dejarle ir a ver a sus amigos, se había terminado la escuela. Que esa guerra que nos asolaba había convertido ya nuestra ciudad en coto de caza de la Muerte.

Él me sopló un beso. Y yo le soplé otro. Y no pensé en nada que no fuera que aprendería muchas cosas, ¡tantas cosas que yo no sabía! Fantaseaba con verle, un día, en la universidad, convertido en un gran matemático, en un gran profesor, ¡lo que él justamente soñaba!

Cómo achicaba los ojos al reírse de mis cosquillas, cuán fácil doblaba su talle cuando veía algo en el suelo, con qué ahínco sus delgadas piernas hendían la atmósfera cuando le retaban a hacer una carrera.

Un misil sin nombre se llevó a mi niño, que tantos nombres tenía… Uno para cada día del año, uno para cada instante de ternura, uno que me arranqué del corazón para ponerlo en el suyo. Se lo llevó una guerra que no termina, una guerra que echa sal a las heridas con cada nuevo niño que se lleva, tal como se llevó a mi niño.

EL COLOR

A veces, por la noche, cuando sueño sin cerrar los párpados, creo distinguir su perfil en la oscuridad, siento como si las dos bolitas de cristal, níveo y transparente, de sus ojos encendieran, con su alegría, mi vida otra vez. Era de un fino color negro, cual si lo hubieran pintado con una firme pincelada de ébano, ¡y tan joven!, su presente apenas había sido cincelado por el mañana…

Salió del coche, tal como le dijeron, con las manos en alto, y los disparos sonaron como fuegos artificiales que pretendieran coronar el atardecer. Mis ojos se elevaron desde la silla del copiloto al cielo. Y, al bajar, ahí estaba el rubí brillante de su sangre salpicando el vehículo, y el policía, de blanca y macilenta tez, que había asesinado a mi hijo por ser del color que era, del color de los chamizos de la arboleda lindante con nuestro barrio…

¿Qué latir, desde ese instante, no ha bombeado odio hacia esa blancura de mármol, hacia ese oficial con placa que disparó porque “creyó” que las llaves del coche eran una pistola?

Pasan los años y sigo sin hallar a quien contarle lo duro que es no morirme. Me impongo el vivir, como quien se obliga a apurar un cáliz de hiel. Y, un día sí y otro también, retornan los rubíes a mi memoria; yo, que nunca tuve una joya que no fuera mera bagatela; yo, que trabajé treinta años en una casa de estilo colonial, con jardín, a las afueras de la ciudad, para una acomodada familia blanca; yo, que cuidé a sus niños de nube cuando el mío, de carbón, debía aguardarme solo en casa y me recibía, cada anochecer, con un abrazo que me agujereaba el alma. Yo, que lo hice todo para él, para que me lo acabara quitando un hombre que antes había sido un niño como los que yo cuidaba por treinta dólares a la semana, uno de esos niños a quienes los padres dejan con una criada negra a la que, cuando entra en su casa, le hacen lavarse las manos…

Y veo en los parques caer las hojas, y su bermejo otoñal devuelve los rubíes…

LA ENFERMEDAD

Era extraño pensar que dentro de ese cuerpo cabía tanta enfermedad, tanto dolor sin otro fin que el de una muerte demasiado puntual. Lo veía agrietarse, como si la fiebre, por dentro, excavara sus túneles en esa piel que yo besaba con tanta dulzura, con esa ternura que solo las madres conocen…

¿Por qué de entre todos tenía que ser el mío?

Le hubiera ahorrado cualquier grito si hubiera podido, cualquier pequeño espasmo, todos y cada uno de aquellos despiadados latigazos que no merecía ese cuerpo tan joven que tantas veces yo había acunado con la esperanza de verlo crecer como el más firme de los árboles…

Y, de repente, junto a su cama, con las manos entrelazadas y a sabiendas que sería de las últimas veces que nuestros corazones podrían unir sus latidos, me asaltaron los porqués: ¿por qué él había sido concebido en mi seno, por qué había sido alumbrado, por qué había recibido tanto amor… Y también los adóndes: ¿Adónde iba mi hijo? ¿Se lo comería, de veras, la enfermedad o, en realidad, se proponía guardarlo en un cofre para ahorrarle la muerte, el polvo o la ceniza?

Cuando dejó de respirar, cuando se plegaron las velas de su carabelita y su vida echó a volar, libre como una mariposa, salí del hospital y deambulé por la ciudad…

No podía entender por qué la ciudad y yo habíamos tenido que verle morir cuando le habíamos visto nacer. Y pensé, recuerdo que pensé, que el mundo estaba mal hecho, muy mal hecho, si las madres podían ver morir a sus hijos…

 

LA MAR

Mis lágrimas se sienten traicionadas cuando me ven llorar. Diríase que son celosas. Y cuando aparecen las mariposas en primavera se llevan consigo muchas, muchas de mis lágrimas, porque ella era mi mariposa, y yo, su madre mariposa, y, por cuanto tiempo la tuve entre mis brazos, nuestros cuerpos devinieron uno en las tormentas que azotaron su corta vida. Las mariposas, cuando se mojan, mueren, y sus alas de colores y figuras brillantes, cuales tristes pesos inservibles, se sumergen en el océano de la nada.

De noche, con el motor renqueando, nos acercábamos a la otra orilla. Cada segundo restaba otro para entrar en un país construido, aseguraban, con dinero deseoso de ser compartido; un lugar donde vivir, soñábamos. Fue entonces, a la vista ya de las luces de la playa, que la barquita volcó y dejé de sostenerla por un instante… Ya no volvería a tenerla conmigo. Acompañados de una Luna escondida que no quería contemplar la barbarie, nos ahogábamos mientras yo gritaba su nombre sin oír respuesta, un nombre que aún hoy me sabe a sal y asfixia…

Los hijos son pedazos de ti. Si te los arrancan, te desgarran. A mí el mar me quitó mi mariposa. Y, ¿qué hago yo aquí si el futuro ya dejó de existir cuando me vi en la costa sin ella?

Mi pena es muy peculiar, muy suya. No le gusta que otros la observen. Me dice que solo le pertenezco a ella. Y, aunque sé que es mentira, me la creo porque, cuando en la madrugada me susurra que siempre estará conmigo, que nunca me abandonará, siento en su voz la de mi mariposa, aquella delicada vocecita que cantaba canciones de las que aún debía aprender la letra… Viejas canciones que yo sigo cantando mientras la tristeza me acuna.

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Héctor y Andrómaca, Giorgio de Chirico (1946)

Este relato resultó finalista del III Certamen de Relatos Cortos Tigre Juan y saldrá publicado, próximamente, con los demás finalistas y la ganadora.

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