«Suicidio» de Édouard Levé: caminando entre la verdadera muerte

Vértigo es probablemente la mejor palabra que describe las sensaciones que le produce al lector el asomarse a Suicidio de Édouard Levé, publicado por Eterna Cadencia en 2017. Vértigo, un poco de curiosidad y mucho respeto, como si tuvieras que pasar sus páginas sobre un pulcrísimo atril, en una especie de ritual.

Y es que esta novela, como leemos, fue la última del escritor francés, entregada a su editor unos días antes de suicidarse. Las últimas palabras de Levé hechas novela, un grito de auxilio que ya no puede atenderse.

La novela se presenta como el ejercicio de un amigo de alguien que ha cometido suicidio, y cómo el narrador recuerda al muerto en diferentes situaciones, de un modo tan íntimo y personal que hasta provoca cierta inseguridad: y es que probablemente el muerto tan conocido sea el propio Levé, ciertos tintes biográficos de su vida antes de despedirse de modo definitivo.

A través del tú al que se dirige el narrador da comienzo la obra, desde el principio se revela que «Te pegaste un tiro en la cabeza con el fusil que habías preparado cuidadosamente» (p. 7). Por ello, la novela se tiñe de un tono luctuoso desde la primera página: vamos a conocer íntimamente a un fantasma. Pues el hablar de alguien que ha muerto implica, en cierto modo, resucitarlo, y eso es lo que hace Levé en este juego donde habla de Otro que, probablemente, sea él mismo en un futuro inmediato: «tu fantasma sigue de pie en mi memoria, mientras que tu esqueleto se descompone en la tierra» (p. 13).

El narrador, de modo natural, como se recuerda a un viejo amigo, presenta detalles de la vida del muerto de forma desordenada, pues «te recuerdo al azar. Mi cerebro te resucita a través de detalles aleatorios, como uno va sacando canicas de una bolsa» (p. 31). Aunque pueda resultar una solución caótica, realmente es así como se recuerda a los que no están: de modo fraccionado, dando saltos en el tiempo, encadenando una secuencia con otra.

El eje central del libro es el desdoblamiento que el narrador describe en el personaje fallecido; esa otredad que se percibe a lo largo de toda la obra, ese narrador que nos avisa que el muerto se veía siempre con otros ojos también pertenece al juego que conocemos en el contexto de la obra, pues con este ejercicio Levé habla de él mismo a través de una voz ficticia que le da presencia a ese Tú (que es el muerto en la narración y que es Levé fuera de ella): «ya no eras nadie: las líneas de tu cara se desdibujaban, reconocías lo que la costumbre te hacía llamar “yo”, pero el que te miraba desde el espejo era otro» (p. 33). «Mientras te afeitabas, te pareció ver a un extraño en el espejo […] te hacían pensar que eras otro» (p. 38). Y en el juego en el que, por experimentar esa misma otredad, en su búsqueda, «Marcabas las casillas incorrectas en los formularios administrativos para jugar a fabricarte otra identidad bajo tu propio nombre» (p. 48). «…reconociste tu fisonomía, pero te parecía la de otro» (p. 66).

Y como es esperable cuando se habla del suicidio, el narrador nos cuenta que el fallecido se sentía atraído por la muerte, su paseo por el cementerio lo reconforta y se ve como «el único extraño, el vivo entre los sepultados que lo amaban […] Ver esas tumbas en las sombras te reconfortaba, como si hubieras llegado a un baile organizado por amigos benévolos» (p. 57).

Asimismo se desarrolla la idea de “estar muerto en vida”, anticipando el trágico final que perseguía el Tú de la narración, tú que realmente es ya fantasma cuando el narrador se dirige a él, como es ya fantasma el propio autor cuando tenemos el libro en las manos. «Durante el día, flotabas en plena somnolencia. Hablaba en cámara lenta, articulabas mal, tardabas en responder […] Te movías con pesadez […] te chocabas […] estabas hecho un fantasma» (p. 61).

Suicidio es un ensayo empírico, una obra donde el autor se esconde tras ese Tú, ya muerto, al que se dirige el narrador, ese Tú que ya nadie puede salvar, pues desde el comienzo de la novela sabemos que ha acabado con su vida, igual que sabemos que la voz de Édouard Levé ya no existe sobre la tierra, sino que solo nos habla el eco.

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy doctora y licenciada en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. He sido profesora en la Universidad Complutense de Madrid y ahora soy profesora de Lengua y literatura en un IES. He publicado los libros de poesía: "Manual para la comprensión del insomnio" (El Transbordador, 2019), "El circo volador" (Versátiles, 2020). Colaboro con alrededor de 80 artículos publicados en diversas revistas: Ocultalit, Quimera, Culturamas...Uno de mis versos decora la ciudad de Madrid (Versos al paso). Mi relato "Pausa para una tostada" fue publicado en La gran belleza (nº5).

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