Cuando Víctor Hugo dio forma al primer Joker

Después de haber sido espectadores de la película estadounidense dirigida por Todd Philips y protagonizada por Joaquin Phoenix, puede que todos pensemos que ya conocemos quiénes fueron los padres del Joker, o, al menos con seguridad, la madre.

Pero el creador del inadaptado personaje fue en realidad Víctor Hugo. Indagando en internet, que a veces puede ser una puerta y otras tantas, un agujero, alguien aludió a una película dirigida en 1928 titulada El hombre que ríe, basada en la novela homónima que publicaba en 1869 el archiconocido autor francés Víctor Hugo, y que dio lugar a la inspiración de este popular enemigo del caballero oscuro. Y, más tarde, a todos los disfraces posibles de imitadores que pululan en el Samaín.

El que haya visto a Joaquin Phoenix bailando en las escaleras ese Rock Glitter y marcándose unos pasos que hacían delirar al público, o el que haya suspirado por todas las versiones de Heath Ledger, incluido el Joker, ese bufón sudado con maquillaje y una permanente sonrisa, comprenderá que uno se acerque a esa novela que se dice que perfiló al primer joker de la historia.

El autor francés opinaba de su novela que era de lo mejor que había escrito, y puntualizaba que había intentado que, en cada línea, el lector tuviera que devanarse los sesos ante una nueva idea punzante, un pensamiento filosófico o una teoría humanista. Y esto es totalmente cierto: es una novela para la reflexión. Como lo puede ser una obra que presenta a un personaje que ha sido pisoteado por todos y que se pretende alzar contra los poderosos, para acabar cayendo de nuevo en desgracia.

La novela se centra en las correrías de un personaje marcado por la sociedad: una cara desfigurada, que no estaba en su naturaleza, y que sin embargo fue resultado del odio y del abuso de poder. Y el niño desfigurado, Gwynplaine, crece con un rostro cicatrizado con una sonrisa permanente, cuando en realidad no quiere ni tiene motivos para sonreír.
Es un monstruo creado por los humanos, todavía más monstruosos que él.

Con esta carcasa, su carta de presentación, acaba siendo rescatado por un vagabundo, también marginado social, y trabajará con su salvador siendo un saltimbanqui y actor de circo ambulante. Más adelante, como rayo que atraviesa, le informan de que en realidad pertenece a la cámara de los lores, teniendo sangre real. El deforme, con su sonrisa permanente similar a la que posee el Joker de Ledger con sus cicatrices (que nunca sabremos, como espectadores, quién se las produjo), o como la condición que impulsa a Phoenix a reír a carcajadas ante cualquier situación, incluso la más miserable, Gwynplaine se presenta ante los lores para desnudar la verdad que le atormenta.

Aprovecha la posición social para ser azote, pero su rostro amorfo le hace ser la mofa:
«Yo represento a la humanidad […] Han mutilado el derecho, la justicia, la verdad, la razón y la inteligencia, como es mí mutilaron los ojos, la nariz y las orejas. Como a mí, le han introducido en el corazón una cloaca de cólera y de dolor, y han cubierto su rostro con una máscara jocosa».

Pero «la verdad es infecta para el que vive en la ficción». Y «el obstáculo de su cara era terrible». Y Gwynplaine descubre este discurso ante los lores y nobles que le rodean, ante esa capa de riqueza que ahora lo cubre y que siempre lo despreció, y que fue causa de la desgracia de su rostro. Y sus palabras son acompañadas de una sonrisa permanente que deforma su franqueza.

«Vengo a ser terrible. Decís que soy un monstruo. No, soy el pueblo […] Esta risa la produjeron las torturas, es la risa de un forzado. El hombre está en la humanidad mutilado, como lo estoy yo, como lo está todo el género humano».

El hombre que ríe ha vivido en lo más bajo de la sociedad y con ella ha crecido, contemplando sus infortunios. Por ello, se considera parte del pueblo, lo conoce, y se enfrenta a los poderosos como Phoenix se enfrenta a la sociedad cuando le permite el personaje de De Niro expresarse en el programa, para causar también la mofa. Y Ledger, viéndose un marginado, intenta convencer a Batman para que reconozca que ambos son los freaks de la sociedad, los apartados.

El Joker de Phoenix también acaba siendo abanderado del pueblo; todos se identifican con él y portan su máscara en la cara (igual que sucede ahora en los carnavales), tras haber conocido su enfrentamiento en el vagón de tren contra unos malcriados muchachos pijos, de esos que mantienen la creencia de que pueden obrar como les dé la gana solo por tener dinero. Gwynplaine, solo ante la cámara de los lores, y el Joker-Phoenix solo ante tres borrachos de alta clase social.

Dice Víctor Hugo «estar solo es estar muerto» y el Joker (la idea del personaje) está solo. Lleva en la espalda la marca ominosa que le han colgado y le han hecho lo que es; un deforme, un paria, motivo de burla. Gwynplaine era un bufón deformado que se enfrenta a aquellos que le causaron todo el dolor, le despojaron de sus títulos y le destrozaron el rostro para crear un freak como mencionaba el joker de Ledger. Y esa diferencia le hace acumular el valor necesario para ser espada de verdad y disparar con palabras a los poderosos que aturden y se aprovechan de los más débiles.
Si Gwynplaine arroja un discurso, el Joker actualizado hace uso de la violencia, no solo de la oratoria.

Probablemente, si el personaje de Víctor Hugo despertara en pleno siglo xix, también se decantaría por emplear la más cruel ferocidad, no solo retórica, sino física.

 

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy doctora y licenciada en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. He sido profesora en la Universidad Complutense de Madrid y ahora soy profesora de Lengua y literatura en un IES. Mi primer poemario individual: "Manual para la comprensión del insomnio" (El Transbordador, 2019). Pronto se publicará el segundo, "El circo volador" (Versátiles Editorial). Colaboro con alrededor de 80 artículos publicados en diversas revistas: Ocultalit, Quimera, Culturamas...Uno de mis versos decora la ciudad de Madrid (proyecto de Versos al paso). Mi relato "Pausa para una tostada" fue publicado en La gran belleza (nº5).
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