AA: la literatura del sufrimiento

Las historias más sorprendentes y desgarradoras las he escuchado en las sesiones de Alcohólicos Anónimos.

Habría que imaginar, primeramente, a un niño en los salones de AA junto con su abuelo. Éste enseñándole los rituales, las reglas, los doce pasos y la manera en que se manejan las sesiones ordinariamente. Escuchar que el coordinador –cual sacerdote en la iglesia– comienza –o termina– las veinticuatro horas de sobriedad. Entre el café, los cigarros, los cuchicheos y el perfume de los asistentes, se inicia el ritual del ser alcohólico: contar su historia y felicitarse por un día más de sobriedad.

Mi abuelo asiste a AA desde hace cuarenta años, y desde que tengo memoria celebra su aniversario más que su cumpleaños. Siempre me ha dicho que desde el momento en que entró, su vida cambió para bien, volvió a nacer. Ese es un discurso de prácticamente todos los que asisten a AA.

De todos los nietos que hasta el momento andábamos haciendo travesuras, fui yo el más interesado en las historias de mi abuelo. Y, claro está, por su vida personal. Y, quizá, por eso me sentí con las ganas de descubrir qué hacía él por las noches.

Se volvió una adicción el ir por lo menos una vez a la semana, ya sea en aniversarios de ahijados de mi abuelo –donde además daban comida–, o en sesiones normales, donde la convivencia sirve para olvidar el alcohol.

Situado en el estrado, el que inaugura comienza: “Hola, soy Fulano y soy alcohólico…”.
–Abuelito, ¿si son alcohólicos por qué están aquí?
–Porque serlo es una enfermedad que nunca se quita. Siempre vives con ella.

Las sesiones se volvían extrañas: a veces los narradores lloraban a lágrima suelta por contar lo mismo de cada sesión: las pérdidas de algún familiar por las borracheras; aquella vez que golpeaban a sus esposas, madres e hijos por culpa del alcohol; cuando casi mueren por una sobredosis; la vez que perdieron su casa por el juego.
–¿También las mujeres son alcohólicas, abuelito?
–Sí, el demonio entra en cualquier cuerpo.

El café en vaso de unicel me remonta a esas sesiones. Todos y cada uno –y yo también para sentirme parte del grupo– lo tomaban sustituyendo, obviamente, el vaso de alcohol. Recuerdo a mucha gente que, según mi abuelo, ya no vive. A otros que cada vez se vuelven más viejos u otros que dejaron de estar en el grupo porque volvieron a la bebida.
–Todos estamos aquí porque hemos cometido pecados.

Algunos eran personas normales, pese a su enfermedad; otros parecían zombis que olían a cigarro y locura; estos, recuerdo, se estaban sosteniendo de un delgado hilo para no volver a caer en la tentación. Había un respeto hacia el otro, porque el alcohol es su peor enemigo.

Mi madre cuenta su historia de su niñez: ella no tuvo un padre porque éste estaba en las cantinas o muchas veces tirado en el piso de la calle, vomitado. Al parecer, los involucrados activa o pasivamente tienen historias similares y, además, las cuentan como si al hacerlo mataran el pasado.
–¿Por qué entraste tú, abuelito?
–Porque estaba muerto.

La historia de mi familia no se comprende sin las sesiones de AA. Ahí no sólo descubrí que, en efecto, mi abuelo era un borracho en exceso que perdía su dinero en el juego, por las botellas o robos, como Edgar Allan Poe. Pese a su juventud, perdió años de su vida –y una esposa y tres hijas– sintiéndose algo que no era. Y fue el momento de que alguien –o algo– lo levantó del suelo y logró abrirle los ojos.
–Fue Dios quien me habló y me trajo aquí.

Tenía una nueva oportunidad de vivir.
Las historias narradas en AA son las primeras que escuché. Historias de hombres y mujeres que lo perdieron todo; que no han probado una gota de alcohol porque se convierten en monstruos, como míster Hyde. Aquellos escritores de su vida me entusiasmaron cada vez en asistir, verlos y aprenderles. Porque el sufrimiento ajeno es, hasta cierto punto, adictivo.

En AA descubrí la mejor literatura antes escrita –o contada–, donde las historias quedaban en las sesiones y no salían, ya que se armaba una complicidad infinita porque ser enfermo de alcohol puede salvar vidas y ellos son los héroes que ayudan a los más necesitados.
–Felices veinticuatro horas.

Escrito por Ezequiel Carlos Campos

Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, Zacatecas, México, 1994). Escritor y editor. Ha publicado en "Luvina", "Círculo de Poesía", "Punto de partida", "Universitaria", "Corre, Conejo", "El son del corazón", "Papeles de la mancuspia", entre otras. Está incluido en "Todos juntos hacia un mismo sinfín" (IZC, 2014) y "Fabulaciones" (IZC, 2014). En lo académico ha publicado en "Jóvenes en la ciencia" (UG, 2018). Becario del Festival Interfaz-ISSSTE: Desdibujando límites, Monterrey, Nuevo León, 2017. Dirige la revista virtual "El Guardatextos" (www.elguardatextos.com). Es autor de los poemarios "El beso aquel de la memoria" (2018), "El Infierno no tiene demonios" (2019) y "El instante es perpetuo" (2019). Premio Estatal de la Juventud 2019 en Literatura. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés, inglés, italiano y otomí.

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