Poemas con síndrome de Raynaud

I.

Fuimos al acuario,
estaba todo en tonos azules,
yo imaginaba que estábamos en el mar
y sentía nauseas,
como si tuviera vértigo de viajero.

Elevadas, habían unas enormes peceras abiertas
para acercarse y acariciar a las rayas, a los moluscos.

Pensé que sería como acariciar un cachorro,
nunca tuve un cachorro,
el perro que me persiguió de niña
me paralizaba todavía en sueños.

Metí la mano derecha, alcancé una estrella del mar.

Lucía amoratada,
y sus piernas, manos, picos
se cerraron como una mano entre mis dedos.

Pronto,
mi madre me jaló fuertemente del brazo izquierdo
gritó que si me parecía gracioso
estrangular animales.

II.

Yo, sinceramente, lo esperaba.

Un día desperté con los dedos rosados
muy rosados en las puntas,
salvo el medio y anular de la mano derecha.

Estaban blancos, blancos como mi cara
que fue siempre sospechosamente pálida
irregularmente fría.

No tuvieron que decirme nada los doctores,
yo sabía que un día despertaría
con algo así de extraño en el cuerpo,
y que, por fin, todos los puntos de mi vida se unirían
para formar una figura.

Yo sabía que un día perdería la mano
de la que se agarró la estrella de mar.

III.

Mi mano estrella no llegó a la cirujía,
se me fue desprendiendo de a poco
orilla que se despegaba, se regeneraba sola
tanto en mi muñón
como en el suyo.

No llegué a sangrar.

Finalmente, me quedó colgando de un pico,
era incómodo porque no había guante ya que lo cubriera
y me preocupaba caerme del camión al bajar.

Los últimos días me agarró una tremenda nostalgia
de todas las cosas que había hecho con mi mano,
y todas las cosas que nunca pudo tomar,
nunca tuve dinero para lucir un anillo con un diamante,
eso le hubiera gustado a mi mano.

Una mañana desperté
con el muñón derecho desnudo debajo de mi almohada,
y cerca del buró
la estrella caída, con sus picos extendidos,
descansaba.

IV.

No sabía yo como tratar a mi mano desprendida,
pues no era ya mi mano, era una estrella
que respiraba por sus poros
que no necesitaba de mí.

También es cierto que le guardaba cierto rencor,
pude conseguir una pecera,
pero no lo hice.

Quería, quizás, que se muriera.

 

Escrito por Selene María

En Guadalajara, México.
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