El viaje a través de los sueños: La poesía de José Miguel Herbozo

Foto de portada: Alastor Editores

José Miguel Herbozo (Lima, 1984). Ha publicado Acto de Rito (Underwood 2003), Catedral (Estruendomudo 2005), Los ríos en invierno (Premio Nacional PUCP de Poesía 2007), El fin de todas las cosas (Celacanto 2014) y Las ilusiones (Alastor 2019). Bachiller en Literatura Hispánica por la Pontificia Universidad Católica del Perú (2007), y Master y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Colorado Boulder (2012, 2018), ha sido coeditor de narrativa de las editoriales Estruendomudo (2004-2009) y Celacanto (2014-2017). Escribe un nuevo libro de poesía titulado Huamanga y es profesor visitante en el departamento de español y portugués de Colorado College.


La poesía tiene la facilidad de moldearse en manos del autor. Este es un ser cambiante, sujeto a su tiempo y espacio. No hay posibilidad de escapar de la realidad ni de confinarse en una situación de firme ataraxia. Sin embargo, el camino del hombre es como un caminar a través de los sueños: crear, moldear, transformar, decodificar, comprender, etc. Por eso, el poeta no se conforma con solo describir o alterar, sino que crea un universo, podemos decir, paralelo donde juegan las palabras, las construcciones lingüísticas y el carácter exigente de la vida misma del autor. Porque, como hemos dicho previamente, el autor es un ser dentro de la realidad misma que lo abraza constantemente.

Por eso, leer un conjunto de poemas que permiten percibir varias cuestiones existenciales, metafísicas y naturales, cuasi reales para sentir en el tiempo presente, nos lleva a presenciar a un escritor que madura en su obra. José Miguel Herbozo (Lima, 1984), es un autor que lleva escribiendo desde sus épocas universitarias. La fragilidad del concepto queda inmune ante la frescura de los versos, ante denuncias encerradas en construcciones verbales que no solo cuestionan sino que transmiten. Porque la poesía de José Miguel no transita por los terrenos de lo real en un plano de dos dimensiones, sino que juegan con una posibilidad que va más allá del pensamiento globalizado. Se realiza una reunión entre materia y metamateria, entre lo físico y lo metafísico.

Porque de alguna manera, y aunque sea motivo de polémica, la poesía tiene una relación profunda con la filosofía y con el permanente espíritu inquieto humano. ¿Quién no se cuestiona algo y lo versifica? ¿Quién no se pregunta por el vuelo sostenido del colibrí y lo versifica? ¿Quién no conjuga la emoción del reencuentro familiar con la despedida a la ciudad de origen? Porque todo tiene un juego de ideas y pensamientos que, en la realidad, no solo dan de beber a los intelectuales de la poesía, sino al vulgo general que se mueve por necesidades. Por esto, la poesía de José Miguel Herbozo no queda solo en la poética tradicional, sino que se mueve por los umbrales de una poesía casada con la filosofía y con la realidad.

Les dejamos con una muestra poética de José Miguel Herbozo quien nos llevará por un viaje a través de los sueños, de sus propios sueños que nos sumergen en una realidad profunda que nos invita a conocer.


(Sombra)

Buscábamos
alguna forma útil de la prisa,

porque siempre la blancura deja un rastro
que se acerca
y nos saluda

sin posibilidad de padecer
algún debilitamiento,

teniendo en cuenta el valor
y la velocidad de las horas,

resumiendo la consunción del mundo
que el tiempo reserva para su propia hornacina

entre pequeños instantes de quietud
________________ y desesperación.

Por ello siempre recurrir al humo.
Toda autodestrucción es una forma de blancura
que del humo nace

y con el humo
_____se disipa.

De Catedral
Estruendomudo, 2005

(fantasmas)

No nos pueblan aquí sino fantasmas, la inagotable suma
de aquello que se cambia lentamente por inundación

y por congoja, un temor innecesario que trastorna
hasta borrar el flujo de las cosas: ese giro acostumbrado

con que se cambia el presente hacia memoria,

eso que nunca controlamos, pero que ahora

—como el mar sobre las costas asfaltadas—
en la mente saturada nos abrasa, y nos dispone a decir
—en un acto de muerte o de furor— estas palabras.

De Los ríos en invierno
PUCP, 2007

(La multitud asciende hacia tu casa)

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, escuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Fray Luís de León

La voz de la muralla
proyecta nuestras voces sobre el cielo,
escribe silenciosa nuestro rastro
girando sobre el mundo
___y nuestros sueños:

la imagen que da vueltas nos hablaba
en ciénaga de cal e invernadero,
haciendo polvo el habla y acallando
el sino del dolor que escucha el viento.

Ya nadie nos espera en la montaña
unido a nuestros pasos, nadie espera
ni arredra entre las manos, el misterio
mitigando el dolor, aquello que no habla
y agita la memoria por adentro:

por ti que vives tras los cuerpos
detrás de las palabras
la multitud asciende hacia tu casa
presintiendo
no alcanza la esperanza
en estos tiempos
y el sol en la mirada
repite a la distancia
la mácula de orígenes y miedo

y ahora de la nada
—arcadas por adentro—
se quedan las palabras
vacías ya sin tiempo.

Mira la montaña iluminando
el rebaño de dios que está ascendiendo
saltando de las lindes a las lindes
la coda de camino más agreste,
el ojo de la nada en que me observo.

Pensar que estaba solo presintiendo:
viniste aquí a posarse frente al ciego
que cree en tu mirada y sin embargo
no deja de girar sobre el desierto
poniendo allí tu pausa, en las palabras
que giran en su voz, como un espejo.

Los pies las manos nadan
__en medio del sendero,
tu luz cuando apareces de la nada
reviste en el invierno
el cerco nebuloso del deseo
el agrio resplandor que en mí no calla,
la sal que nos recubre de comienzo,
que sostiene de lo alto una palabra,
un cerco que divide lo terreno:

los pobres los incautos se distancian
llevando más allá
lo que no es nuestro,

la esfera que devora la esperanza
eleva sutilmente nuestros cuerpos,

los ojos y los pasos nos engañan
arrastran la corriente en el silencio

y yo que no poseo
más nada sobre el cieno
levanto la mirada presintiendo

una línea sobre el monte
es el ascenso
un hilo de señales
y proverbios
siguiendo lentamente lo que acallan
las horas de dolor sobre los huesos

y tú no dices nada de los cuerpos
ahora solo ladras
dejándonos postrados en tu templo
el cuerpo sobre el cuerpo inanimado
la carne___la mirada decayendo

laberinto de señales advirtiendo
que puro tu rebaño en el ascenso

el sueño de caer desde lo alto
y cuan impune uno
se aprovecha del miedo
del vuelco de la calma
_____entre los sueños

y todo lo que ha sido
y lo que vemos:

el limpio y simple cielo que contempla
como nos sucedemos.

De Los ríos en invierno
PUCP, 2007

*

                                                                       para Kenny

No se teme lo que existe tanto como el retorno
de lo que ha quedado marcado en la voz
o en los ojos, el grito de un lazo o una hoja
diciendo entre las líneas más cosas
de las que repetimos. No se teme al inicio
porque el primer principio muestra
que siempre se comienza, y siempre
es errático el signo de la voz que repetimos
después de una pregunta por el miedo.
¿Qué se teme? Lo temido arroja
un poco de quietud al inicio, luego un giro
sobre imágenes como filmes, secuencias
de un vacío en la luz de los ojos
mientras dura la espera. Lo temido es un huerto
donde hay vértigo pero también dominio,
donde hay pasión pero refrenamiento,
donde se vuelve siempre a pensar
en la sal de los planes, en la luz inicial
ahora que hay edificios en medio. Un temor
nunca lleva a la debilidad como las carreteras
más allá de imprevistos. Un siglo de silencio
en un segundo, el miedo sobreviene
y las paredes del lugar se mudan
hacia fauces, hacia cavernas sin fuga
y mucha sangre fluye. Los minutos duran,
la vuelta al fin engaña, y nuevamente
la sensación de que todo ha concluido
bajo las luces en calma.

De El fin de todas las cosas
Celacanto, 2014

*

Íbamos a repetir una escena conocida:
seis horas de imágenes frente a la pantalla,
tus ojos cerrándose mientras las luces se encienden
imitando el sentido que anima estas palabras.

En una época yo suponía que la felicidad era
emprender viajes de una hora
dos o tres veces por semana, llegar a tu puerta,
y emprender horas de horas con imágenes
en una pantalla que era otra cada seis meses,
o hacer de cuenta que importaba la pantalla
y pasarla bien; yo buscaba acción por entonces,
pero de una manera poco peligrosa.
Que no te sorprenda esta cordura
de volver sobre los mismos temas:
no nos conocimos cruzando el camino,
sino en laboratorios de los que solo quedan
los primeros pisos, los jardines y un asistente
que presumía de escritor y desde entonces
buscaba un mejor puesto de cualquier manera;
nosotros intentamos todo lo que podíamos,
apenas nos habíamos visto, pero no hablábamos,
y éramos nadie con nadie, pero felices; nadie con nadie,
pero dispuestos a todo. Entonces, como decía,
tenía una manía lenta de probar las variaciones,
y me encontré contigo, que eras de todo distinta.

Así fue como empezó nuestro viaje,
donde la sombra crece sobre lo que no se sabe
mientras los muros se cierran. No ha pasado mucho
desde que cambiaron las cosas: no más laboratorios,
la facultad con el doble de pisos, el asistente
ahora es profesor y molesta a sus amigos
por el teléfono;
nosotros llevamos veinte meses juntos,
y deudas que se multiplican
_____y dinero que escasea.

Ahora que estás tan callada no sé qué debo decir,
voy tanto tiempo esperando en este sitio
___________que ha dado la mañana,
y pese a que en la semana peleamos
por unas monedas, tu pantalla que es nueva
despide una luz distinta, una luz que no me alcanza
para entender lo que se acerca mientras la sala
se llena de sol y tus amigos han acabado
por aceptar que el sueño tiene más poder
que una película bien hecha, y han dormido
como tú. Ahora que estás dormida he descubierto
que nada de lo que está afuera te interesa. La escena final
de la película es conmovedora, pero la pantalla habla
para nadie —como yo—. No tengo sueño. Cerraré la puerta.
Nos veremos en unas semanas —meses, años, nunca—.

De El fin de todas las cosas
Celacanto, 2014

*

Una piedra en el zapato para llevar el camino
con uno en el viajar. Un ánimo cansado de robarle
a quien lleva el hambre atravesada en el sueño,
salvaje hasta en el ansia de entregar la carne
en un río de pirañas hambrientas. Una piedra que pan
o pez se vuelve, mientras los ciegos pierden la cabeza,
y los padres se limpian las manos de sangre
y se sientan con los hijos a la mesa. Algo devuelve
esa piedra al camino, a la saña que nadie vengará
en el mudar de una espera. En el margen del bosque
vuelve el viento, que sopla polvo sobre el monte,
sobre el sueño del amo devorado por su bestia:
una lucha invisible por el oro nocturno
y cadáveres que vuelan al inicio de la siega.

De Las ilusiones
Alastor, 2019

*

En la página en blanco se concentra la ausencia
de quien abre un camino entre los matorrales
como si nadie antes hubiera buscado su destino:

ante un recuerdo que solo desvanece
se tiene que escribir otro recuerdo,
y comprobar de todo la estatura, o devolverse
a donde nadie recuerda su lucha con la ausencia,
el resplandor del papel o el trabajo del tiempo.

Alguien imita el viento con un río de tinta:
el día sin templanza se despoja
del cálculo del gesto y la ganancia
y el temor del sitio nunca visto.

El mundo enseña a diario que muy poco sabemos,
que es duro habilitar los pensamientos
para dar forma al sentido –y no la sumatoria–,
para ver el milagro –y no la conjetura–
y enterrarse en el fango de los maizales
y no prever los cortes en la piel,
o el zancudo que acecha en los arbustos
al bobo que interrumpe la vida, aunque bien sabe
que no se necesita la primera piedra
o designar el giro del aire con un verbo.

A cada instante alguien se pierde
y los actos más sencillos desvanecen
las máscaras que engañan por un tiempo.

A cada instante arden las pieles con las pieles
el amor que se entrega de espaldas al deseo,
el deseo profundo que asemeja la entrega,
el amor que da la espalda y se hace ausente
aunque alberga el futuro en un momento
en que las manos cansan de hacer todo el trabajo
y la mente se impregna de las repeticiones
y todo nos parece surgido de otro sueño.

De Las ilusiones
Alastor, 2019

V

Tíos y primos por toda la casa, el comedor, el patio
a turnos en las camas para dormir la siesta, a turnos
en el jardín, debajo de alguno de los árboles frutales,
pero nadie debajo de la higuerilla, donde la silla vacía
permanece así, del mismo modo, como dice la abuela,
para que baje el diablo. Debajo del manzano, un sueño
interrumpido por un fruto caído por el viento, verde
en la precariedad de su desprendimiento. Historias
surcan de lado a lado las escenas: el viaje individual
a otra ciudad, ya sin los padres, de Andahuaylas
a Huamanga, Cuzco, Chiclayo. Luego la llegada
a Lima, que siempre tiene la forma del sueño
que la contiene, ilusión frustrada por exceso
de polvo sobre los arenales, y nada de jardines
con enredaderas, solo precariedad creciente
aglutinándose, escamoteando la existencia
de todo lo anterior. Siempre que se viaja algo
se pierde, y algo queda, como la manzana
cayendo, haciendo hablar al ánimo que tiempla
luego de respirado otro aire, el salto de un recuerdo
hacia un instante plagado de experiencia
y un lenguaje que todo lo trae al sentido
de poder decirlo en suma, y entregarse a ella.

Todas esas ciudades, entonces pueblos grandes,
ahora siendo menos de lo mismo: pléyades
para calles encogidas, colores que brillan distinto
con la luz de la distancia, y el fuego de haber visto
sin malicia, y con la flama en el ojo dar la vuelta
y consumar el ciclo. Otra vez, como los padres,
un recuerdo repetido de un viaje en otro viaje,
un pasar de páginas anclado al tacto, al habla
que en la repetición del mensaje transforma
al mensajero en hábito de las transformaciones
para dejarnos con algo entre las manos:
la vida ahora es excesiva, el día queda grande
para toda la energía pululando en casa
y la ciudad que sabe que de mucho tiempo
en lecciones se vuelven los círculos andados,
las angustias en fuerza, en calma las tensiones,
la penumbra en consuelo para la noche plena.

De Huamanga
Inédito

Escrito por Emilio Paz

Emilio Paz (Lima, 1990) Profesor de Filosofía y Religión, egresado de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Tiene publicados “Septiembre en el silencio” (Club de lectura poética, 2016), “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre, N°394, 2018) y "La balada de los desterrados" (Ángeles del Papel Editores, 2019). Posee trabajos publicados en diversos medios de Perú, México, Chile, España, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, India, Ecuador, Rumanía, Costa Rica, Suecia, Alemania, Italia, Cuba, Uzbekistán, Bulgaria, Francia; siendo traducido al rumano, francés, italiano, búlgaro, uzbesko, inglés y tamil. Ha ganado el “Mes de las Letras” (abril, 2017) de la Fundación Marco Antonio Corcuera y el IX Concurso internacional de poesía y cuento - Perú 2019 organizado por la revista "El Parnaso del Nuevo Mundo". Ha participado de diversos recitales poéticos, congresos de filosofía, siendo su línea de investigación la relación entre estética, poesía y educación. Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com/).
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