La montaña mágica peruana

En esas correrías por los países andinos, presencié algunas excavaciones científicas y arqueológicas, conocí románticos europeos que perseguían el mito del coronel Percy Fawcett o el Paititi, y estuve en los lugares más inhóspitos e insospechadas de América


Por: Diego Firmiano

Mi viaje, según recuerdo, nació en mi cabeza, luego mi curiosidad se encargó de darle forma y terminó por adquirir pies al encontrar en Internet una vieja y misteriosa montaña que estimulaba mi imaginación. Claro, no era una cima cualquiera, sino una que exhalaba un aíre mágico y que ejercía una atracción irresistible para cualquier espíritu humano. Y fue, gracias a mi curiosa naturaleza, que no dudé ni un instante en atender la sugerente invitación a esta aventura. No había rechazado otras como ir a conocer el desierto de Atacama en Chile, los Llanganatis en Ecuador, o los poblados alemanes en la selva del Brasil, y seguro, esta montaña, no sería la excepción.

Pero este espíritu viajero, lo confieso, no me fue dado como un don natural. Había sido formado en mi infancia cuando mamá me dejaba horas enteras en casa frente a mi nodriza: el televisor; y delante de varios tutores: los programas de animales salvajes (leones persiguiendo gacelas), las series de aventura y hallazgos arqueológicos (recuerdo la suerte que tuvo Heinrich Schliemann al descubrir Troya ), y las correrías del personaje que más me insufló vértigo emoción: Indiana Jones y sus viajes por el mundo.

Fue este estímulo el que me embarcó quince años después para el Perú (sin mirar atrás), motivado por recorrer la ruta de Orellana; pisar la ciudadela de Chan Chan; escalar la imponente fortaleza de Sacsayhuamán y acostarme de noche en el sólido bosque de piedra de Huayllay. Lugares como dosis de adrenalina que excitaban mi juventud y que aplacaban mi sed de conocer el mundo como en otro tiempo lo había hecho mi héroe favorito: Henry Walton Jones Jr.

En esas correrías por los países andinos, presencié algunas excavaciones científicas y arqueológicas, conocí románticos europeos que perseguían el mito del coronel Percy Fawcett o el Paititi, y estuve en los lugares más inhóspitos e insospechadas de América buscando mi verdad en medio de la historia. No puedo dejar de confesar que admiraba figuras como el doctor David Livingstone, Lawrence de Arabia, el espía László Ede Almásy, El arqueólogo Otto Rahn y otros, que no solo eran grandes exploradores, sino también, hombres que aprendían artes como los sabios para sobrevivir en cada cultura igual que los discípulos de Loyola.

Howard Carter (1874-1939) fue un célebre arqueólogo y egiptólogo inglés mundialmente conocido por descubrir en 1922 la tumba del rey Tutankamón (Tut-Anj-Amón), en el Valle de los Reyes, frente a Luxor, Egipto

Sería imitando a estos hombres (e influenciado por personajes de ficción) que aprendería el gusto por la geografía, el dibujo, los idiomas, el arte, los condimentos y una afición intensa por la comida andina, en cuya búsqueda de una receta milenaria, extraída de tratados gastronómicos incas, llegaría a vivir en la cuna de la papa peruana: Huancayo. Un lugar tan alto que corta la respiración al más experimentado, y que contiene ochocientas variedades de este tubérculo producido en sus gélidas tierras.

Me hospedé, recuerdo, en un pequeño apartamento ubicado en una calle llamada casualmente Gabriel García Márquez.  Desde allí podía divisar uno de los ríos más altos del sur, El Mantaro, que atravesaba la nervadura de los Andes y nutría la costa del litoral peruano llevando aguas salutíferas a la gente, literalmente, de abajo. Vivía a gusto en este lugar, o mejor, debido a mi actitud viajera, mi curiosidad virgen, y mi deseo de escribir, cualquier espacio me era útil para habitar, porque la patria es lo que uno ama y para el que no tiene patria, escribir es su lugar de residencia.

Sería en Huancayo, capital del departamento de Junín, donde nacería esta idea de salir a domeñar esa montaña o elefante. Una aventura, donde internet solo fue una simple hoja de ruta para salir de casa ese jueves brumoso, gris y húmedo del mes de septiembre hasta San Jerónimo de Tunán, un poblado a quince minutos desde mi apartamento al cual solo se llegaba enrutado en una Mini Van llamado la Combi. Un transporte pequeño, vetusto, conducido por un chofer airado, que en ocasiones tenía bocina, y en otras podía uno estar viajando con cabras, gallinas, o bultos.

Así que embarcado en la Combi, no llevaba más que una simple suposición en mi cabeza de esa montaña mágica, una cámara fotográfica y una manida libreta para anotar cualquier movimiento. El arribo al lugar fue simple y sin contratiempos, sin embargo, me extrañó que no fuera un monumento el que me indicara cuál era la tradición del lugar (en los países andinos es típico una figura en cada locación que exprese esto), sino que solo vi una pintura estampada en una pared donde habían hombres con máscaras coloridas danzando lo que la gente local osa llamar “Tunantada.”

Un baile donde imitaban a los conquistadores españoles, satirizándolos. En una imagen diría que era una comunidad de hombres libres que rebosaban alegría, entonaban flautas y libaban Shacta (Aguardiente) en medio de un parangón jubiloso. Al acercarme y leer en esa pared lo que parecía una justificación de aquel festín, me enteré que estaba frente a la memoria gráfica de los llamados “Avelinos”, esos viejos y harapientos guerrilleros que habían atravesado las montañas entre fiesta y gozo hasta llegar a la sierra peruana, huyendo de una guerra interna sin cuartel.

La danza de los Avelinos, tiene su origen ancestral en la Guerra del Pacífico que se dio en los años de 1879 a 1833 entre Perú y Chile.

Era un mural que retrataba una epopeya histórica encabezada por Andrés Avelino Cáceres (1833-1923), presidente varias veces del Perú en el siglo XIX, apodado “El brujo de los Andes”, quien había dirigido la batalla de Concepción, Pucará y Marcavalle contra los enemigos del país alcanzando éxito en su estrategia de guerra desde las colinas andinas.

Así entonces, ya en la calle principal de San Jerónimo de Tunán, el olor a cabras, a chicha, a Shacta (aguardiente) se hacía demasiado natural, pero el vapor de plata quemada era el aroma que más predominaba en el lugar, pues, luego me enteraría, que estaba pisando la comarca donde una iglesia con una campana de oro y plata era el secreto mejor guardado, además de estar en la cuna de la legendaria Catalina Huanca, la acaudalada mujer que nadie sabía (ni sabe) de dónde extraía el oro que llevaba a Lima a lomo de mula y que entregaba a los españoles como símbolo de su extrema opulencia.

Ya conocía la leyenda por algunas notas extraídas de libros consultados en la antigua biblioteca de Lima y sabía que la historia databa de 1642, específicamente cuando un fraile dominico, quien debía recibir un alto dignatario eclesiástico, se encontró sin dinero para atender al ministro enviado por el Vaticano. La historia asegura que su ayudante, el campanero de la iglesia, quien afirmaba ser descendiente directo de Catalina Huanca, se ofreció ayudar al fraile dándole “más que suficiente” para atender a su invitado, con una sola condición: el religioso debía ser conducido por él a un subterráneo con los ojos vendados.

El hombre de fe, sin ninguna otra opción, se dejó guiar por su ayudante y al llegar al lugar misterioso sus ojos fueron descubiertos, quien, para su sorpresa, encontró un lugar repleto de barras de oro y plata. Impresionado, continúa la leyenda, tomó diligentemente lo necesario, y al regresar, el campanero lo despistó dando vueltas por otros emplazamientos, antes de llevarlo de nuevo a su cofradía.

El fraile comenzó a afirmar que su ayudante era el diablo en persona que lo había hecho caer en la tentación de la ambición y la soberbia. Porque luego de ver el lugar, la huaca de Catalina, el religioso no volvería a ser el mismo, posteriormente perdería la cordura y en cuestión de años moriría totalmente olvidado. Luego se supo que el campanero había desaparecido como por arte de magia para nunca más volver a ser visto ni en San Jerónimo de Tunán, ni en Huancayo, ni en ningún otro lugar.

Con esta leyenda o mito en mi mente (aunque sin la ambición ni la soberbia del fraile), di varias vueltas por el pueblo de San Jerómimo de Tunán, antes de subir a la vieja montaña, el cerro llamado Kusi-Patak cuya cima era coronada por una fortaleza Huanca de piedra sólida, las llamadas ruinas de Uniskn Kuto.

Así fue que rondando por el poblado, vi una iglesia derruida y olvidada, quizá construida por la compañía de Jesús,  que robó mi atención, pues parecía tener un doble fondo abovedado taponado por la maleza. Divagué. Pero hice una comprobación que me arrobó. Con los bocetos y lo garabateado en una libreta verde, até cabos sobre si aquella ruina no sería acaso el lugar mencionado por la vieja leyenda del campanero y el fraile: El subterráneo del tesoro. Hice anotaciones en mi libreta y cerré el asunto, pues no era el día ni el lugar para averiguar más.

Dispuesto, subí la montaña, y desde lo alto, pude ver una gran meseta que dibujaba esa latitud con una majestuosidad nunca antes vista. Desde ahí vi el camino trazado por los Avelinos, el cruce del río Mantaro y el río santa Cruz. También divisé los bordes de la ciudad de Huancayo; y al otro lado aprecié parte de la sierra llamada el Alto Perú que yacía oculto entre nubarrones grises y cortinas de lluvia fluvial.

La montaña era mágica por ese paisaje tan deslumbrante, por ese mirador y extenso valle fluvial desde donde se podía apreciar un bello mundo, pero más que eso, por ser un lugar que incitaba a soñar, porque en la cima, para más sorpresa, aún descansaba virgen e impoluta el último reducto de lo que fue el imperio poderoso de los llamados Huankas. Cultura preincaica y milenaria, absorbida por la codicia de Francisco Pizarro, y relegada al olvido por la indiferencia de los historiadores, exceptuando los escritos de don Ricardo Palma, quien menciona esta montaña, y a su vez habla de otra latitud aún más mágica llamada Jauja, el pueblo que esconde una ciudad de oro debajo de un lago.

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