«Creo que vivimos en un mundo en el que no podemos mirar lo que se descompone, nos causa horror» | Nuestra piel muerta. Entrevista a Natalia García Freire

Nuestra piel muerta (La Navaja Suiza Editores) es la primera novela de Natalia García Freire (1991). Es una novela llena de delicadeza y de lirismo. Entrevisto a la autora ecuatoriana sobre su ópera prima, que además recientemente ha sido seleccionada para el premio Tigre Juan. Y recorremos las entrañas de la obra como su protagonista, Lucas, recorre las habitaciones de la casa.

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Pregunta: Leyendo Nuestra piel muerta se descubre que la voz narrativa contiene un bello lirismo que permanece en la obra. ¿Podrías decir que tu novela, aunque sea narrativa, recuerda en cierto modo a la prosa poética? ¿Algunas referencias a voces poéticas que hayan sido clave en tu formación?

Natalia: Creo que ese lirismo nace de tres encuentros. El primero es con una casa en la que la luz y la oscuridad, independientemente de lo que significaran (cariño, presencia, muerte, locura, abandono) lo habitaban todo, cada objeto, cada lugar, cada espacio, por más pequeño que fuera, tenía sus propios componentes luminosos y oscuros. Eso, de alguna forma, se imprime en el lenguaje, como en una pintura. El segundo encuentro es con el mundo entomológico que es un mundo poético: escorpión, escolopendra, cíclopes, mantis, tarántula. Ese mundo con toda su simetría, su orden y esa especie de distancia que mantienen con nuestro mundo que los llena de un halo misterioso, oscuro, y hasta divino. El tercer encuentro es personal y se dio con mi propia relación con la muerte, la familia, la locura, el miedo, y también con el efecto de todo eso en mi cuerpo, el cuerpo como espacio de investigación. Es en esos encuentros donde encontré un ritmo, un tono, una voz.

Hay muchas voces que son claves para mí. Creo que soy otra después de leer a William H. Gass. En el Corazón del Corazón del país es como la radiografía de un poema. Un poema que está formándose todo el tiempo en la mente del protagonista. Y también está Clarice Lispector o Bruno Schultz, que como Gass, son inimitables, pero que de alguna manera te dejan esas ganas de tocar el lenguaje, de amasarlo, de acercarte a él de una forma mística, sagrada.

P: Estudiaste el Máster de Narrativa. Muchos son los estudiantes que, acudiendo a talleres de literatura, reciben estímulos diferentes que despiertan nuevas ideas, ¿surge el germen de esta novela en pleno transcurso de ese Máster, como ejercicio creativo?

N: La novela fue mi proyecto de fin de Máster en la Escuela de Escritores. El primer borrador fue escrito en mi segundo año de Máster, muchos capítulos fueron leídos y corregidos por mis compañeros y tutores y se alimentó también de muchas sugerencias de lecturas, música, películas que llenaron cuadernos de notas, apuntes, dibujos, pinturas, etc. Las escuelas de escritura y los talleres son lugares donde gente que lee y escribe se reúne a aprender, a compartir y como las antiguas tertulias literarias, en cafés o bares, son lugares donde habita la literatura donde hay una intensidad que no encuentras en todos lados.

P. La madre de Lucas es una mujer enferma, débil, abandonada por todos y que, físicamente, empieza una transformación, como una crisálida que va desapareciendo. El padre de Lucas es un ser que no convence al lector, una especie de pelele sin personalidad. Las dos figuras paternas no salen bien paradas de esta novela.

N: Había la intención en la novela de poner en juego esa especie de triángulo que se forma entre madre-padre-hijo. Ese triángulo en el que cada quien actúa desde su propia trinchera, asume un rol, cada quien protege o se protege como puede. El padre es tal como lo has dicho un pelele sin personalidad, y es además esa debilidad la que permite la invasión de la casa. La madre es una mujer abandonada, aislada de todos porque su mundo está en otro lugar, ella misma es una extensión de ese jardín. Ella desaparece y es eso lo que lleva a Lucas a buscar la tierra. En ese sentido la madre es solo una parte de esa gran madre que lo llama a través de los insectos, de la tierra.

P. ¿Podrías ahondar más en esta reflexión? Recuerda un poco a la siguiente cita de Shakespeare, «Estamos tejidos de idéntica tela que los sueños, y nuestra corta vida no es más que un sueño», aunque con un punto bastante más oscuro:
«Hasta este momento todo había parecido hecho de sueños, porque los sueños son más reales que la materia, tanto así que pueden ser crueles y palpables como dientes que se caen o como laberintos que no se terminan».

N: Muchas veces cuando he estado cerca del pánico, del miedo, experimento sueños que materializan ese miedo, tsunamis, escaleras sin fin que debo subir donde no puedo ver el inicio ni el fin, un cuerpo que no puedo mover. En la realidad ese miedo solo existe como algo abstracto. De la misma forma cuando estás cerca de la muerte el momento es irreal, está lleno de huecos, hay vacíos que no sabes cómo llenar, quizá por eso hay esa necesidad de escribir sobre ellos para tratar de materializarlo, de mirarlo de cerca. Por eso quizá es necesario ciertos rituales como los entierros, los funerales, porque de lo contrario seríamos capaces de perdernos en ese dolor abstracto.

P: «Las moscas causan rechazo y repugnancia porque recuerdan lo que vendrá cuando nuestro cuerpo se convierta en algo putrefacto». Esta cita la verdad es que puede decirse que levanta la piel, porque despierta una idea que, quizá, nunca hayamos relacionado y puede ser cierta. Toda la novela se cimenta en el mundo de los insectos, que discurre pequeñito y paralelo a nuestro mundo, ¿cómo llegó este interés por ellos?

N: El interés nació totalmente del personaje. En esto creo que muchas veces el inconsciente es mucho más sabio y se anticipa a la mente consciente. Mientras escribía trataba de hacer caso a lo que dice Gombrowicz, el decía que su escritura empezaba como un proceso de escritura automática y con lo que conseguía después iba encontrando pistas, asociaciones, que lo llevaban hacia algo. Eso sucedió. En principio para encontrar la voz escribía pruebas, notas, textos enteros de escritura automática, una especie de investigación de la voz. En esa investigación lo que se repetía era el tema de los insectos. El personaje no dejaba de fijarse en ellos, de perseguirlos. Al final al seguir esa pista encontré que esa sería la columna vertebral de la novela, era lo que tanto buscaba. Y fue ahí donde encontré muchas respuestas, muchas metáforas, muchos símbolos que le fueron dando sentido a toda la historia, porque trataba de escribir una historia de una familia, pero también una historia sobre la tierra, la pérdida de la tierra.

P. Hay un juego que llama la atención: cruzar el dedo índice con el pulgar y así tejer el tiempo. Es otra imagen fantástica que tiene la novela.

N:Curiosamente esa imagen es totalmente cierta. Cuando era pequeña era muy ansiosa, incluso sentía muchas angustias y mi madre me calmaba haciendo que tejiera el tiempo con los dedos, más tarde me enseñó a tejer con crochet y palillos. A veces en esos actos muy pequeños hallamos cierta calma.

P. ¿Qué representan Felisberto y Eloy? Sus presencias son un poco como los intrusos de Casa tomada, cuento de Cortázar donde unos seres que desconocemos acaban empujando a los demás a marcharse.

N: Me encanta que hayas nombrado a Casa Tomada porque hay una intención de abordar ese cuento en la novela y qué hermoso que lo hayas visto. Casa Tomada es un cuento increíble porque logra mostrar la invasión de una casa a través de una presencia sin rostro, sin nombre y esa presencia se llena de lo que nosotros queramos, es un cuento que cada lector reescribe al leerlo. Eloy y Felisberto en el caso de Nuestra piel muerta representan todo aquello que pueda invadir una familia, destruirla, todo aquello que puede también llevarse la tierra, quizá el mal, la racionalidad que nos enloquece, quizá algo que está muy dentro de cada uno de nosotros.

P. Igual que hay cine de lo claustrofóbico, como El quimérico inquilino, Repulsión o El ángel exterminador, ¿podría decirse que existe una literatura semejante, donde quizá encajase esta novela? Pues esta novela discurre únicamente dentro de un hogar, la sensación de que la gobiernan dos extraños…

N: Me encantaría pensar que esta novela puede encajar dentro de esa literatura claustrofóbica, esa literatura de terror, de casas encantadas o malditas. En ese aspecto adoro a Shirley Jackson y creo que es la gran maestra de las casas encantadas, de los personajes encerrados en lugares que parecieran ser un refugio y que los atrapan y eso lo muestra en casi todas sus novelas: La maldición de Hill House, Siejmpre hemos vivido en el castillo o El reloj de sol. Creo que uno de las cosas que agradezco de haber estado en España fue descubrir a ese tipo de escritores que han recuperado magníficamente editoriales como Minúscula, La Navaja Suiza con Gass, o en el caso de Argentina, la Bestia Equilátera con autores como Michael McDowell. Creo que sin el acceso a esos autores difícilmente habría encontrado qué quería escribir, uno necesita sus maestros, sus padres y madres literarias.

P. Su novela trata de la descomposición, de los insectos que viven en ella y nos sobrevivirán a todos, de nuestros cuerpos que serán su alimento. Un profesor mío de Hispánicas afirmaba que “sin estiércol no hay flores”. Sin podredumbre no existe la vida. ¿Esa frase podría vincularse a esta novela?

N: Es totalmente de lo que trata la novela. Creo que vivimos en un mundo en el que hemos olvidado mucho ese vínculo, escondemos nuestro olor, no podemos mirar lo que se descompone, nos causa horror. Y hay un vínculo de lo divino o perfecto con lo pulcro, lo virginal, lo perfecto en el sentido de que está intactp, también con lo etéreo, Dios, como dice el protagonista no tiene forma y la novela trata de buscar ese giro de lo divino, lo sagrado en aquello palpable, putrefacto, perfecto por su forma, por su capacidad de mirar lo muerto y transformarlo y eso son los insectos, esa especie de mediadores entre lo vivo y lo muerto, y además de seres que viven en la tierra, algo orgánico que habita en lo oscuro, muy profundo donde están las raíces, los cuerpos, el tejido de la tierra.

P. ¿Qué autores han sido tus descubrimientos recientes, o autores de cabecera que siempre te hayan atraído?

N:Recientemente he leído y he empezado a adorar a Sara Gallardo y Colette y también a Faulkner, de quien había leído Mientras agonizo y del que ahora leo y releo los cuentos que me parecen fascinantes y también novelas como Palmeras salvajes. Hay muchos autores que adoro: Lucía Berlín, Thomas Wolfe, John Hawkes, Juan Rulfo, Marosa di Giorgio, Marilynne Robinson. Tengo una debilidad por la ciencia ficción y Bradbury, Ursula K. Le Guin, Philip K. Dick o Angélica Gorodischer me vuelan la cabeza.

(Foto: María Fernanda García Freire)

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy doctora y licenciada en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. He sido profesora en la Universidad Complutense de Madrid y ahora soy profesora de Lengua y literatura en un IES. Mi primer poemario individual: "Manual para la comprensión del insomnio" (El Transbordador, 2019). Pronto se publicará el segundo, "El circo volador" (Versátiles Editorial). Colaboro con alrededor de 80 artículos publicados en diversas revistas: Ocultalit, Quimera, Culturamas...Uno de mis versos decora la ciudad de Madrid (proyecto de Versos al paso). Mi relato "Pausa para una tostada" fue publicado en La gran belleza (nº5).
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