DOSSIER «MUJERES Y CUIDADOS» | ANTOLOGÍA POÉTICA |

¿Cómo nos acerca la escritura a los cuidados? ¿Cómo puede hacerlo la poesía? Aunque hace mucho conseguimos trascender esa idea, durante más tiempo todavía existió la imagen (y creo que todavía queda algo de ella, un eco, un halo que la envuelve) de que la poesía es algo superior que está alejado, como en un púlpito. La poesía como eso elevado, indescifrable, que se ocupa de sentimientos sublimes (véase, casi siempre, el amor romántico). Pero que no habla de lo terrenal, de lo cotidiano, de lo íntimo que compartimos. De lo real, de lo no bello también. De lo que está en los márgenes. La poesía como eso a lo que una no puede llegar. 

Sharon Olds dijo, en una entrevista, que lo que ella busca en sus poemas es que sean útiles. ¿La poesía, útil? ¿Alguien pensó en la utilidad de un poema, en asociar alguna vez esas dos palabras? ¿Y qué es lo útil? Aquí entran, también, todos esos conceptos que tenemos fijados, que utilizamos al hablar, relacionarnos y concebir el mundo, pero que no ponemos en cuestionamiento. Pura inercia de las palabras que se construyeron en nosotras, hace tanto. En este sistema en el que vivimos, lo útil parece que es aquello productivo, aquello con lo que se consigue un rendimiento. Gasto y ganancia, trabajo y ascenso, esfuerzo y éxito. Pero, ¿y si lo útil fuera aquello que nos ayuda a mirarnos, que nos ayuda a plantear preguntas? ¿Y si fuera nombrar lo que no se nombra, visibilizar lo que está siempre escondido, incluso aquello que invisibilizamos nosotras mismas? ¿Y si fuera cuidarnos? Acercarnos a la herida, soplarla levemente. Escribirla. 

Estos poemas que hemos seleccionado son solo algunos de tantos que forman esa red de la que intentamos poder ser testigos y parte: mujeres, cuidados, poesía. Poemas que se van adentrando en cantos de mujeres y hoyos cavados al unísono. Que hablan del cuidado como sostén. El cuidado como algo que esclaviza. El cuidado a espaldas de las mujeres de toda la historia. El cuidado, también, como amor, caricia, acción política, comunidad. Ser cuidado en el dolor, ser quien cuida en el dolor. Cuando hay enfermedad o cuando la dependencia es rotunda y cómo hacer si no. Cuidado como naturaleza. Cuidar el cuerpo mismo, habitarlo. Como un hogar. Cuidar también el espacio donde vivimos, el espacio que es una. Cuidar antes de que algo se rompa. El cuidado al aceptarse el cuerpo envejecido o la debilidad. El cuidado al compartir el miedo, nombrarlo, estar cara a cara con una o con otra y tender, así, un puente. Cuidar de alguien o algo herido. Temer cuidar y ser cuidado. Cuidar sin perdernos. Al fin, nuestra forma de pensar y atravesar los cuidados como forma, también, de vivir el mundo. 

María Vañó

Fotografía de Iosune de Goñi

Natalia Litvinova (Bielorrusia, 1986) – Cesto de trenzas (La Bella Varsovia, 2018)

LAS TAREAS

Las tareas
rotan todos los días.
Otras mujeres
cavan hoyos
mientras cantan.
Cuando alguna
se echa a llorar
cantan más fuerte.
El bosque les hace
una reverencia.

 

Rosa Berbel (Estepa, Sevilla, 1997) – Las niñas siempre dicen la verdad (Hiperión, 2018)

SISTERHOOD

Para Alba,
mi hermana

No sé si es suficiente con la rabia,
las múltiples aristas del carácter,
no sé si protegemos suficiente
la piel o la memoria de los abusadores.

Pero te digo hoy, que estoy despierta,
que prometo seguir tu cuerpo desde lejos
y no titubear ante las dudas
que sentirás mañana como si fueran propias,
únicamente propias,
como un error de cálculo.

Que te hablaré sincera con la sinceridad
de las desconocidas
de lo que hemos de hacer
para comprender la lengua de los hombres,
para encontrar refugios en sus mapas,
para dictar sentencias como nunca
y no y todavía
es pronto.

Nuestra victoria es
un consuelo discreto en los ojos de otras,
sabernos comprendidas y tristes
y amadas, tímidamente amadas
por las otras,

pedir perdón
cuando esto no nos baste.

 

Lucía Lubarsky (Córdoba, 1985) –  La distancia habitable (Pánico el Pánico, 2019)

Las gotas se colaban pesadas entre los árboles
nos detuvimos en el borde del sendero desdibujado 
preguntaste por el eco de unas pisadas
no nos animamos a responder
el barro hacía de ventosa atrapando el cuerpo a la tierra
dejamos de oír el ruido del agua explotando bajo los pies
el silencio nos encontró detenidas
la mirada fija una sobre la otra
sosteniendo el miedo como un puente: 
los ojos brillosos como cuando vivíamos 
en el campo y pasábamos
corriendo por la estatua corroída de una chica manca
o como cuando nos miramos, años después
sin saber si íbamos a poder
con el dolor del cuerpo enfermo de papá.

Ambas sabemos la materia del miedo que nos compone.

De los árboles caen gotas cargadas
nuestros cuerpos húmedos y abrazados
son una continuidad del paisaje, como dos árboles
que crecieron de una misma raíz con troncos separados
y en las ramas, livianas, se enlazan y se unen otra vez. 

 

Matilde Méndez (Buenos Aires, 1980) – Fragmentos de Un año puede pasar sin que nos demos cuenta (El Ojo de Mármol, 2017)

Vino de la nieve
lo vi en sus pupilas
y en su pelo húmedo.

Era hermoso
solo quería tocarlo 
sentí terror
por primera vez
un animal salvaje
me invadía.

¿Quién pudo hacerte tanto daño?
quise preguntarle
pero le arrojé las piedras
para defenderme. 

Echado
me miró sin rencor
mientras se lamía. 

Se acomodó entre los arbustos
para que el rayo lo iluminara a medias.

A los pocos días me acerqué
sólo quería calor
no importaba que fuera yo quien se lo diera.

Abracé al animal que agonizaba
sobre las hojas de mayo, de sus tetas
caía leche tibia sobre mí. 

Hay animales que esconden 
su cuerpo para morirse. 
Este vino a mí
mostró los dientes
erizó su lomo 
después se acurrucó
vencido. 

Tuve un lobo en el jardín
herido en su costado
como por una lanza. 

 

Ana Castro (Pozoblanco, Córdoba, 1990) – El cuadro del dolor  (Renacimiento, 2017) 

AMOR O ABANDONO

Extiendo los brazos en silencio pleno 
y Él me acerca la manta eléctrica, las pastillas
o una botella de agua. Luego, fijo mis ojos
en el suelo y le pido que me ayude
a llegar a la cama
y le muestro un nuevo dolor. 
Él, que no quiere saber, 
sabe y asiente. 
Intenta convencerme de que un día pasará, 
que sí, pronto, ya verás. 
Y con la última dulzura le miro 
y le sonrío.

Y es que no hay mayor entrega que la del cuerpo roto, 
descompuesto, al amor 
para que lo guarde o lo devore. 
No hay mayor entrega que ésta: 
en silencio le muestro lo que ya no soy, 
dejo que permanezca junto a los restos. 

 

Gema Palacios (Zaragoza, 1992) – Treinta y seis mujeres (El Sastre de Apollinaire, 2016)

II. YO CREO QUE NADA SE REEMPLAZA

Nada que esté vivo se reemplaza

           tu vestido blanco siempre será blanco
                   mis abrazos negros siempre serán negros
     aunque hayamos amado las dos la misma playa

                                                       Tú
has venido a morir a mis pies de hambre
                            como una sirena niña con zapatos de espuma

                            yo
            me muestro desnuda de cara al espejo ficticio
                        y todo cuanto hay es reflejo tuyo
                                                                silencio tuyo

            Ahora que tu aliento es imposible
      puedes habitar este cuerpo vacío
                           mientras lamo despacio tu sal y mis lágrimas.

 

Beatriz Viol (Sabadell, 1983) – Hallar la casa (Endymion, 2018)

HABITAR EL CUERPO

Este cuerpo que es mi casa
se prepara hoy para acogerme.

Abriré las ventanas para que entre aire limpio.
Vaciaré mis armarios de lo que ya no uso.
Enmasillaré las grietas, pintaré las paredes,
colgaré fotos y en la piel dejaré
que afloren versos.

Cubriré el sofá negro con telas de colores.
El salón tendrá velas que huelan a coco
y una chimenea prendida
a la altura del estómago.
Sembraré plantas colgantes en mis esquinas desabrigadas.

Este cuerpo que es mi casa
ha de tener un balcón con flores.
Le pondré cortinas claras
que dejen pasar la luz y alcen
de vez en cuando el vuelo.

Prepararé crema de verduras
sazonada con especias nuevas.
Habrá frutas veraniegas, queso
y un buen vino a la vista
que invite a la celebración.

En la habitación, una luz cálida,
y una cama grande y cómoda
con mantas suaves
en la que amarse mucho.

En este cuerpo que es mi casa
no puede haber vacío
si yo lo habito.

 

Ceci Martínez Ruppel (Buenos Aires, 1981) – Catástrofes naturales (El Ojo de Mármol, 2017)

Se acumuló polvo
opina el gasista, es natural
que con el tiempo la tierra
percuda ciertas cosas.
Ya puedo ducharme
pero es más fuerte que yo:
barro cada rincón de la casa. 
Necesito evitar se rompan
más cosas en mi vida,
en especial esas que sólo
es capaz de arreglar alguien extraño.

 

Kay Antígona Subijana (Euskadi, 1997) – Inédito

De pequeña quería ser bióloga y granjera
pero ahora vivo en una ciudad sin mar
y no estudio el río ni el movimiento de los zorros
ni me pierdo en los bosques
ni abrazo las raíces inmensas del mundo

Pero he comprado la primera planta de mi casa
y como si frente a mi tacto se encogiera
han pasado tres días y ya está perdiendo su color

No puedo hacer otra cosa que intentar evocar
la tierra entre los dedos de mi abuela
cuando me llevaba de viaje por su balcón
lleno de plantas
y me enseñaba que cada una de ellas
necesitaba su tacto su tiempo su riego
para crecer

Amaita quiere de forma tímida
con el gesto cargado de contención
y las manos siempre temblorosas

Cuando le leo mis poemas se emociona y me abraza
pero sé que habrá mucho más dolor
en un lugar al que ni yo ni mi madre
estaremos nunca invitadas
se erige allí la misma fuente en la que veo
el reflejo en las ojeras de mi ama
su cansancio eterno y su sonrisa
cuando le dije que mi novio me había violado
y me respondió “a veces esas cosas
pasan”

Todo ese desangramiento, todo ese
aguantar
todo el rastro y la historia y la violencia
lo recojo en mis dedos
que ahora son espigas de lavanda seca

 

Pau Herreros Castelló (Valencia, 1995) – Inédito

NOCHE

Me he construido una escalera para subir,
pasito a paso, de las mañanas precipicio.
Abortos de sueño en calma, resaca emocional
atravesada entre garganta y ombligo.

Quédate y tomémonos el pulso ansioso en ese solsticio 
en el que la hora de las sábanas se alarga, nocturna y alevosa.
Acariciaré tu respiración enramada a las espinas del recuerdo.

Descárgame las muñecas de nieve y, por favor,
no me preguntes por el blanco ni por el frío.
Haz lo mismo con mis piernas y ni rehuyas 
ni alabes los surcos morados. 
Ya sabes de dónde venimos las hijas del grito.

Arráncame los miedos y te peinaré las alas abiertas
contra el parqué, sin mirar al techo.
Que estoy buscándole el punto de fuga a las montañas rusas 
y los vacíos repentinos.

Que si me salen escobas de la cabeza
es porque los vuelos de las brujas que llevo dentro siguen vivos.

 

Gabriella Nuru (Madrid, 1994; origen serbio-camerunés) – Inédito

ALGO REMOTO 

Hasta la extenuación me brindé siempre toda
Gana y desgana en un mismo limbo. Escucha y consuelo di a otros
olvidando el propósito muy mío.
Y silencié las ansias y apagué la ira de mujer que sueña despierta.
Ignoré los espacios y señales de todo mi cuerpo. Y no encontré en nada compañía.
Hasta la extenuación me empecé a liberar despacio con furia reprimida. Buscando el fin
de lo que ya no avanza.
Divagué en mis memorias pasadas y me vi rota y perdida.
Ahora ardo por dentro.
Más nadie me atará con rabia ni me acorralará a solas.
En todo el vacío se escucha mi eco.
Mujer entera lo llaman.

 

Laura López Gómez (Madrid, 1999) – Fanzine Cómo fabricar una mujer

SI TE FIJAS BIEN VERÁS QUE HAY UN HILO QUE NOS UNE

Cuando caminamos por la calle,
cuando entramos en clase,
cuando estamos en el mismo pub,
o en el mismo vagón de metro,
si te fijas bien, hay un hilo que nos une.

Mi psiquiatra me prohibió leer a Sylvia Plath.
La puse a prueba citando en terapia alguno de sus versos,
no solo no se dio cuenta,
sino que luego creyó que yo
no me daría cuenta
cuando tuitease exactamente
las mismas palabras
que yo le dije.

Fíjate bien y verás cómo hay un hilo que nos une:
es un hilo que siempre está ahí,
que nunca se rompe,
que atraviesa las páginas de los libros de historia
aunque ni siquiera nos mencionen.

Cuando nos juntamos siento que creamos telarañas,
que somos invencibles.
Si te fijas bien hay un hilo atravesando ahora mismo toda la habitación,
haciendo de cada palabra un ovillo.

Somos las locas que nunca pudisteis atar,
somos las hijas de Lilith,
las aprendices de Julia Tofana,
las pesadas, las que nunca se callan,
pero también las que callan porque aún
no se han fijado que hay un hilo que nos une,
porque nadie les ha explicado que no tenían que pedir permiso,
porque nunca nadie les puso el micrófono delante.

Somos las guarras que dejaron de depilarse
porque se descubrieron dueñas de sí mismas,
y las que encogen día tras día porque aprendieron
que solo las querían de papel.

Si te fijas bien
verás que hay un hilo que nos une.

 

Ana S. A. (Valencia, 1993) Veinticinco (Inédito)

AMULETO

Tu mano de plata.
La porto como
el acento de un presagio cálido
para no llamar extraña a la fortuna,
y en contra de mi parecer.
La llevo entrelazada como
una sombra grisácea y translúcida
y me creo
en posesión de una valentía insólita,
ajena del todo a mí.
Envuelto a mi muñeca un cordón rojo,
ligada a tus entrañas conforme
bebo de tu lenguaje.
Tu mano de plata,
frente argento del tiempo aún no anciano,
pequeño pájaro de agüero y duda.
Tu mano de plata y Madre;
cargada de fortaleza.
Colgadas de mi nuca aún
tus palabras talismán.

 

Natalia Romero (Bahí Blanca, 1985) – El principio luminoso  (Caleta Olivia, 1919)

CONSTELACIÓN

A Cecilia Fanti

El camello muere sin su madre.
El mono nace y se apoya en su pecho
para aprender el ritmo del latido
y después, vive. 
¿Supiste lo que dolía?
Una muerte no es más que un quiebre
en la matriz de una posible historia. 
¿Supiste a quién seguir
o de dónde volver?
No hay punto de retorno. 
Mi amiga bordó para mí 
una frase, 
sé que el cosmos cuida a todos por igual
en rojo y sobre un cielo negro de noche
en medio de estrellas. 
La sangre traza un destino, 
mitad luz, mitad sombra. 

 

Pilar Adón (Madrid, 1971) – Las órdenes (La Bella Varsovia, 2018)

LIGADURAS

El afán de cuidar. Lo irremediable de cuidar.
En el tiempo de cada mujer que se apresura.
Que no descansa, que lo hace todo.
Ahogándose en sí misma.
Que se levanta cuando los otros se agitan en su espacio
y enflaquece cuando los otros dejan de comer.
Cada paso adiós, cada separación,
un desamparo que niega el reposo.
Que se aplasta contra el esternón y se sostiene
en los años pasados y en la incertidumbre:
¿habrá más?
La piel pálida como madera de puerta
y las manos en asfixia
mientras cortan la carne.

 

Alba Ceres (Nápoles, 1986) Luciérnaga (Kokoro Libros / Kriller 71, 2017)

constelar
las manos
inflamadas
al bies
en apertura
luminar
llagas
en los
pozos
las manos
dando
dando
luciérnagas
dando
en la boca
del dolor
vientre en
fosforescencia
corazón
en cada dedo
luciérnagas
mamá
aletean
aleteas

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