Al otro lado del espejo: Entre fe, miedo y cuarentena

Crédito de foto: Mario Tama
Artista: Pony Wave
Web donde se recuperó la foto: Flooxer Now

SARS-CoV-2, Covid-19 o Coronavirus; todos los nombres son utilizables. Al fin y al cabo son el mismo. Pero nosotros, ¿somos los mismos?

Son las 19:23 horas en el Perú de este 10 de abril del 2020. Las cifras ya alcanzan los 5897 infectados (mañana pasaremos de los 6000), 169 fallecidos y 1569 recuperados. No todos creen en las cifras del gobierno. Me uno a esa duda cartesiana: ¿realmente somos cifras? ¿son reales esas cifras? Cuando comenzó la alerta, miles de peruanos salieron a abastecerse de varios productos. No entiendo el motivo, pero varios decidieron comprar papel higiénico a miles. Las colas en los grandes centro comerciales se hicieron inmensas. Las compras se encarecieron llegando a cobrar entre siete a diez soles los kilos de papa, limón, tomate, etc. No hay un punto clave para entender este fenómeno social, económico, cultural. Los filósofos, y todo pensador contemporáneo, se disparan ideas sobre cuál es el futuro del mundo. Algunos señalan el fin del capitalismo y el auge de la solidaridad como factor capital. Otros señalan el ilusionismo de la solidaridad y el empoderamiento del capitalismo. ¿Quién tendrá razón? Solo el futuro, si llegamos, lo dirá. Porque el mañana se transforma incierto en varios parajes, en varios corazones, en varias circunstancias.

El discurso presidencial del mediodía se transforma en un licuado de ideas y buenas intenciones. Muchas han tenido un impacto positivo. Otras han sido deficientes. Sin embargo, el silencio del sector trabajo es asesino, en muchos casos. Entender sobre economía, trabajo, legislación laboral, se vuelve complejo para muchos. Quizá los eruditos pueden explicar, pero no siempre es clara la explicación.

Mientras tanto, en casa nos aferramos a un abrazo invisible. Somos tres: hijo único (asmático y diabético) y mis padres (papá diabético y mamá hipertensa). ¿Salir al mercado es agradable? No, se ha vuelto un reto. Da miedo salir y regresar con alguna carga. La fe se ha vuelto en el bastión más firme de mi madre. Pero yo me mantengo en silencio, porque en las noches duermo con miedo. Mi señora se encuentra en otro distrito, a una hora de viaje. Ya estamos cerca al nacimiento de nuestro hijo. Su nombre es Rafael que significa “medicina de Dios” y sí, es la medicina que nos mantiene a ambos calmados. Ella debía cuidar a sus abuelas (pacientes de riesgo). La distancia no es agradable, aunque tratamos de sostenernos. Muchas veces teníamos nuestra diferencia y yo deseaba aislarme para no discutir. Ahora me arrepiento pues, como un maligno deseo, no los veo desde quincena de marzo y no siento las pataditas de mi hijo al momento de hablarle. La tecnología es útil, pero no es tan humana como los sentidos. Vivo con miedo. Quiero sobrevivir a esta guerra y besar a mi novia, jugar con mi hijo, verlo jugar con mis padres. Quiero llevar al altar a mi señora, recoger la libreta de mi hijo, conversar con él sobre cómo fue un guerrero al nacer y sobrevivir a esta época. Pero el miedo, durante la noche, me impide soñar como antes.

Salir ya no es un privilegio, ahora es un riesgo. Tengo conocidos que trabajan en prensa o prestan servicio militar/policial/de salud, ¿quién hace algo por ellos? El número de contagios en aquellos sectores va en aumento. Salir a ayudar se ha vuelto en un camino de sacrificio donde el que va a servir sabe que va en riesgo y desventaja. Salir se ha transformado en una carrera por evitar ser alcanzado por el virus y prever cualquiera de las situaciones. Dentro de la cuarentena he tenido que llevar a mi padre al hospital por ser paciente crónico (Parkinson) y poder obtener sus necesarias medicinas. En un par de semana me tocará llevar a mi madre por las medicinas de su hipertensión. Pero en el trayecto veía niños vendiendo porque de eso deben sobrevivir. Personas que iban caminando con miedo. Otros que deseaban devorar al mundo y, con él, devorarse el miedo. Los mercados son un nido de moscas que pululan alrededor de los puestos. La distancia social es un consejo que se pisa sobre tierra húmeda. El gel y el alcohol se han vuelto más necesarios que el celular.

¿Qué hacer si debes cuidar de tus seres amados? Al final, el cuidado no es global, solo de los que desean hacer algo. Bien dicen: la cuarentena es un privilegio. Hay personas que no tienen agua, no tienen comida, no pueden ir a comprar. Los políticas o entregan víveres (y se contagian o contagian) o se quedan con las donaciones. Mientras tanto, los grandes empresarios ven sus intereses y el trabajador queda desprotegido. Las necesidades básicas no se cubren como debería ser. No todos pueden estar protegidos en tiempo de cuarentena. La violencia de género aún pulula y las ideologías quieren presentar la esperanza, pero estas ideologías son tan débiles ante la crisis: no tienen respuestas.

¿Quién protege a los desvalidos? Este virus fortalece otros males, ¿quién actúa? ¿La ciencia, la política, la filosofía, las artes? ¿Quién? ¿Qué más queda al ser humano si la ciencia va lento? ¿Cuántos pacientes de riesgo más hay en el Perú que sienten este miedo que yo siento? ¿Cuántos hermanos compartimos esto? ¿Cuánta gente, sin privilegios, vive con miedo?

El espejo refleja un rostro demacrado, cansado y con miedo. Al otro lado del espejo no hay un virus. Al otro lado del espejo no hay peligro, enfermedad o muerte. Solo imágenes que se pierden en un borde, pero que regresan, libremente, sin pedir algo a cambio. Las buenas costumbres florecen, los virales en redes sociales sobre actos bondadosos incrementan, los psicosociales tienen trabajo. Hay de todo para escoger en este mundo que se presenta como el real. ¿Qué hacer ante la crisis? El ser humano se cuestiona e interpela. Se exige y se abandona en brazos de la desesperación. Siempre negó su naturaleza y la redujo a placeres, sentires y reflejos. Ahora que su tranquilidad se ha visto tocada, donde las arenas movedizas son el camino que recorre, necesita un seguro para continuar. Al otro lado del espejo, quizá hay un oasis, pero es escapar de la realidad. Se cuestiona, desearía desdoblarse y quedar en aquel lugar donde los reflejos son eternos. Pero qué tal si el paraíso es un fantasía. Qué tal si lo dibujado, lo creído, lo imaginado, solo sean un infierno. La realidad que tenemos se vuelve en un valle de lágrimas que se recorre con dolor, miedo. Pero algunos alcanzan esa cota de esperanza que muchas veces se vio desdibujada en las palabras de los sofistas modernos.

Las autoridades peruanas han pedido rezar. Ateos atacando creyentes, creyentes fanáticos atacando grupos y colectivos, etc. Muchos concuerdan en lo mismo: la fe es inútil o la fe es la única cura. Soy profesor de religión y reflexiono sobre lo mismo (y que dije anteriormente): todos necesitamos un seguro en estos tiempos de debilidad. La fe no es un acto irracional, debería ser el acto más liberador, pero como toda expresión/dimensión humana siempre está sujeta a la manipulación social. El arte, la religión, la política, etc; áreas positivas sujetas a interpretaciones particulares. Al final, quien haya muerto por el coronavirus será un muerto más, pero no una cifra. Pertenece a un grupo, será llorado, será amado. En Italia una señora se sacrificó para permitir que una persona más joven sobreviva usando el respirador. Ella manifestó que ya había vivido una buena vida. No es homicidio ni rechazar la vida: es entregarla a alguien mayor. Ese no-miedo a la muerte también fue propio de acto de un sacerdote italiano. Ninguna locura, solo una seguridad que no temblaron ante el temor de lo desconocido.

Pero siempre hay más gente: ¿Los desconocidos?, ¿los pobres?, ¿los sin hogar?, ¿los que no tienen acceso a la salud?, ¿el paciente 505 en un país con 504 camas UCI? En New York están enterrando a los no-reclamados en fosas. En Guayaquil, seguramente, ha cambiado el aroma de la calle. En Italia se está eligiendo. Los grandes gobiernos se disputan los utensilios, la cura y la deidad humana. ¿Perú? Aún conservamos sesgos de humanidad con altas cotas de irresponsabilidad. La criollada, la llamada viveza peruana, se ha hecho presente con miles de excusas. Mientras varios se burlan de esta época, yo solo vivo con miedo. Deseando abrazar a mi señora, sentir a mi hijo y tener a mis padres por muchos años más. Porque aunque mire a Dios, siento que mi ceguera ha sido grande tantos años por múltiples factores. Pero hoy me quedo mirando el cuadro que hay en mi cuarto. Le pido por alguna señal.

La fe no es inútil, pienso frente al espejo. Pero tengo ese temor de mirar a Dios y no enfrentar a la muerte. Porque ahora todo es un halo de misterio que sucumbe al juego de la mentalidad y del infortunio. Pero ahí le vamos. El ateo dirá que la fe es innecesaria, es inútil es corrupta. Pero hay personas de fe que arriesgan su vida en estos tiempos. ¿Por qué quitarles la esperanza en Dios, o en la deidad que crea, si es lo que permite que sigan luchando? Al juzgar solo nos transformamos en las deidades que nos vendieron con los años. No, la libertad es un bien mayor que ahora se concreta en un frase: Yo me quedo en casa. Pero ¿si eres madre soltera, si eres independiente, si sobrevives del día a día? No puedes cumplir esa premisa y debes salir. Las diferencias económicas y sociales en el Perú son tan grandes como las diferencias entre un sólido y un líquido. Quizá podrán convivir, pero uno no es la otra. ¿Un supuesto azar biológico, existencial, un mero patrón y destino escrito? No lo sabemos. Hay gente salvando a estos olvidados. Pero el Perú es más allá de Lima y quizá hayan otros sufriendo. A las 19:45 sale la noticia de que el primer paciente grave en Perú, un sacerdote de Lima Sur, se está recuperando después de un mes de estar en UCI. Al despertar agradeció a quienes rezaron por él. ¿Cuánta gente más pedirá eso? Los doctores meditan y entregan su trabajo a mayores fuerzas, porque saben que la ciencia, ahora, no tiene la respuesta total para afrontar esto.

Quizá el amor sea lo único que quede después de que los edificios caigan. Quizá sea la mayor fuerza para reconstruir el hogar de uno, su propio corazón, su propia alma. Porque lo único seguro es que acabando este tiempo, la sociedad no será la misma. Mañana no será igual. Hoy, cuando vaya a dormir, iré a dormir con miedo, como siempre. Deseando llevar a mis seres amados al otro lado del espejo, donde la muerte no tiene alcance. Hoy dormiré con mi inhalador al lado, es lo único que me da cierta seguridad para despertar. Quizá, mañana, comience a tener un rosario. Quizá mañana el miedo se haga un poco más pequeño, pero no desaparecerá. Quizá mañana vuelva a ver un vídeo de mi novia donde vea a Rafael patear y sentiré que el miedo se irá disipando. Quizá mañana peleé con mi novia vía redes, pero nos terminaremos riendo por saber quién es el más reniega. Quizá mañana mi madre me diga algo que necesite escuchar y mi padre me haga sentir que aún puede caminar, aunque el Parkinson lo limite más. Quizá mañana Dios se presente en alguno de ellos, pues su silencio no es eterno.

El miedo es consustancial al ser humano cuando se cuestiona y trata de comprender la realidad que lo ensimisma, que lo cuestiona, que lo interpela. Nos damos cuenta los frágiles que somos, pero es ahí donde, en ocasiones, aparecen los actos humanos: bondad, solidaridad, entrega, sacrificio, vocación. Ahí es donde las artes se presentan como una solución eficaz para hacer frente al aislamiento obligatorio. Es aquí, en este cuestionar, donde los seres humanos se mueven y ofrecen sus dones/habilidades en aquellos que lo necesitan. Porque si encontramos eso que perdimos, a nosotros mismos, podremos enfrentar este tiempo de sombras.

Hoy, con el miedo en la garganta, a la hora del almuerzo escuché a mi madre cantar. Entonaba las letras de Resistiré, canción de otras épocas que se ha vuelto una especie de himno en España (al igual que en cada país se entonan canciones que brinden fuerza). La escuché y ella cantaba sin miedo. Viviendo el presente, aferrada a su fe que le da temple en medio de la crisis.

Así, posiblemente, con algo de fe, de arte, de amor; ya no deseemos tanto estar al otro lado del espejo y el miedo, poco a poco, se transforme en una compañera de viaje. Porque en estos tiempos de incertidumbre, es necesario sacar luces para alumbrar a los demás.

Ellos lo necesitan.

Escrito por Emilio Paz

Emilio Paz (Lima, 1990) Profesor de Filosofía y Religión, egresado de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Tiene publicados “Septiembre en el silencio” (Club de lectura poética, 2016), “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre, N°394, 2018) y "La balada de los desterrados" (Ángeles del Papel Editores, 2019). Posee trabajos publicados en diversos medios de Perú, México, Chile, España, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, India, Ecuador, Rumanía, Costa Rica, Suecia, Alemania, Italia, Cuba, Uzbekistán, Bulgaria, Francia; siendo traducido al rumano, francés, italiano, búlgaro, uzbesko, inglés y tamil. Ha ganado el “Mes de las Letras” (abril, 2017) de la Fundación Marco Antonio Corcuera y el IX Concurso internacional de poesía y cuento - Perú 2019 organizado por la revista "El Parnaso del Nuevo Mundo". Ha participado de diversos recitales poéticos, congresos de filosofía, siendo su línea de investigación la relación entre estética, poesía y educación. Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com/).

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