Baruch Spinoza: el cristo de los filósofos

“La persona libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría consiste en una meditación no sobre la muerte, sino a propósito de la vida”.

Baruch Spinoza


La muerte del filósofo judeo-holandés Baruch Spinoza fue sin duda un suicidio asistido por el médico Louis Meyer, es decir, una eutanasia realizada por uno de sus mejores amigos. Y no es que el pensador, autor del Tratado teológico-político y otras obras despreciará la vida, sino que la convicción clásica desde Sócrates (y quizá la era pre-socrática) era no amilanarse ente la muerte, porque no se puede temer lo que no es un bien, ni un mal.

Antes bien, la verdadera vocación de filosofar requería abandonar con espíritu sereno la vida y en Spinoza, ésta no es una idea o una teoría sino una forma de ser y por eso es inconcebible que su fin no haya sido geométrico, sobre todo, si se entiende su insistencia en considerar las acciones y los deseos humanos exactamente como si estuviera tratando con líneas, superficies planas o sólidos[1].

¿Es acaso esta la “herida” a la que se refiere el médico portugués António Damásio sobre el hecho de que Spinoza asumiera el dolor de la vida como un problema filosófico realmente serio? ¿Era este su secreto?  Hay razones para comprobar que su muerte fue ejecutada con antelación y constituyó un final perfecto y sereno. Sin embargo, es necesario primero hablar de su vida, esperando que esta breve exposición arroje elementos nuevos, producto de una mirada nueva.

Nacido en Ámsterdam, Holanda, se fue a vivir a Rijnsburg en casa de un cirujano llamado Hermann Homan, después emigró a Voorburg y finalmente desembarcó en la Haya, donde estableció su residencia hospedándose con Hendrick van der Spyck, un hombre de crédito, amigo y pintor consumado, que en una ocasión dibujó el rostro del filósofo. Allí, vivió una vida solitaria. Pagaba al hospedero 80 florines holandeses, era sumamente organizado y no codiciaba el dinero.

Yo hago como la serpiente, que tiene su cola en la boca. No quiero guardar nada más que lo necesario para un entierro digno[2].

Spinoza de buen grado se acomodó a la pobreza para hacerse rico. Y al referirse sobre él, el también filósofo francés Gilles Deleuze diría: humildad, austeridad y castidad se vuelven de inmediato efectos de una vida particularmente rica  y sobreabundante [3].

El filósofo pasaba meses enteros sin salir de casa encerrado en su gabinete.  Leía de diez de la noche hasta las tres de la madrugada. Los espíritus cultos de la época trataban de tener contacto con él, como lo atestigua su basta correspondencia, y hasta el conde palatino Carl Ludwig mandó a ofrecerle una cátedra de profesor de filosofía en Heidelberg, que este, rechazó con argumentos simples.

Razones, entre otras, el no fiarse de nadie, pues conocía la traición que Giovanni Mocenigo le había conferido a Giordano Bruno, al invitarlo a su casa, hacerse pasar por alguien interesado en su sabiduría y luego entregarlo vilmente a la inquisición católica veneciana. También, la excomunión que habían sufrido Uriel da Costa y de Juan de Prado, con quien tenía estrechos vínculos de pensamiento. Spinoza pertenecía a la casta de “pensadores privados”, por eso había preferido la vida frugal, asceta, eremita, alquilando pensiones amuebladas donde se sentía más cómodo y seguro.

Su pasatiempo era buscar arañas para ponerlas a pelear entre sí, o capturar moscas para lanzarlas a la tela de los arácnidos y así contemplar la batalla existencial que se iniciaba. Al hacer esto no paraba de reír. Johannes Colerus, biógrafo que confirma esta afición, desea mostrar el lado lúdico del gran filósofo, aunque realmente estos pasatiempos eran ensayos sobre la muerte como expropiación del movimiento y reposo[4].

Es sabido que padecía una enfermedad pulmonar, sin embargo, la muerte no lo tomó por sorpresa como se pretende afirmar. Intentó curarse algunas fiebres poniendo sanguijuelas en su cuerpo y solicitó a un amigo por correspondencia un frasco de compota de rosas rojas. Tomaba vino para fortalecer su sangre, (quizá siguiendo el consejo de Pablo de Tarso dado a su discípulo Timoteo). Parece ser que no era del todo despreocupado de su salud y buscaba paliativos para el dolor. A medida que pasaba el tiempo empezó a sufrir de tisis, un padecimiento asociado a la tuberculosis, entre otras cosas, aumentado por el polvo de cristal que volaba por los aires mientras pulía lentes para sus clientes.

Su último y concluyente día, el hospedero Hendrick van der Spyck (que realmente era militar) por recomendación de Louis Meyer, compraría un gallo viejo en el mercado para prepararlo en caldo al filósofo. Luego, este, junto a su esposa, se irían al servicio dominical en la iglesia luterana, dejando a Spinoza al cuidado de su amigo médico, a quien aquel habría llamado con antelación. Al volver de la congregación, se enteraron de que el filósofo había muerto a las tres de la tarde en presencia, aparentemente del mismo Louis Meyer. 

Johannes Colerus, el biógrafo oficial de Spinoza, diría que Meyer zarpó aquella misma tarde en el barco de la noche hacia Ámsterdam, sin preocuparse más de su amigo. Alega haber tomado algún dinero que Spinoza puso sobre la mesa (un ducado de plata y unas monedas pequeñas), así como un cuchillo con mango de plata, y los manuscritos de su libro Ética demostrada según el orden geométrico.

Así se cerraba un capítulo de una bella muerte producto de una hermosa existencia. Dejando en los anales de la historia un misterio sin resolver, que pondría a muchos a conjeturar sobre su posible fin. El suicidio asistido (mi tesis) afirmo, que fue un paliativo eficaz para el problema del dolor que le aquejaba, aparte de su visión existencial de la vida, pues un filósofo, en la antigüedad, no recurría a la muerte, sin antes haber alcanzado el cenit de la llamada felicidad. Tal fue el caso de la muerte de Ludwig Wittgenstein y su frase final dígales que mi vida ha sido maravillosa. Y de Baruch Spinoza que, con su decisión geométrica, logró experimentar el amor Dei Intellectualis, liberándose de la servidumbre y las perturbadoras pasiones, además de afrontar el final de su vida con serenidad[5].

El suicidio para Spinoza era totalmente diferente al concepto tradicional.  Opinaba, sobre la muerte de Séneca, que no era un aniquilamiento, sino una obligación moral y espiritual lo que llevó al cordobés a terminar con su existencia. Una extinción de la potencia, (decisión) producida por una causa exterior (Nerón) que impulsó el autoaniquilamiento (muerte).

António Damásio afirma que Spinoza jamás habría logrado suicidarse, argumentando que el filósofo no comulgaba con la tesis de Plotino del hombre como un ser-para-la-muerte, antes bien, afirmaba que meditaba sobre la vida, y el amor intelectual a Dios. ¿Pero no era así en la filosofía de Sócrates y Séneca? Contrario a Damásio, otro doctor, el oncólogo León Schwartznberg, inspirado en el mismo Spinoza, afirmó que la muerte no es un problema biológico sino metafísico y ético y cita la “Ética demostrada según el orden geométrico.” 

Ninguna razón me obliga a admitir que el cuerpo solo muera cuando se transforma en cadáver; en realidad la experiencia misma parece llevarnos en otra dirección. Pues sucede a veces que un hombre sufre cambios tales que se nos hace difícil creer que se trata del mismo hombre. (IV, 39)

Baruch Spinoza, dejó de existir un domingo 21 de febrero de 1677 a los cuarenta y cuatro años de edad. Diez años mayor que Jesucristo. ¿Sería por esto acaso que Guilles Deleuze diría que Spinoza era el Cristo de los filósofos?  ¿Entregó este su vida voluntariamente como lo había hecho Jesús por sus creencias? Hay razones de fondo para sostener la tesis de la eutanasia, porque un verdadero filósofo, desde que cobraba conciencia de su existencia y pensamiento, se preparaba para la muerte.

Mis objeciones, con las cuales deduzco que él planificó todo con orden y geometría para morir por eutanasia son:

  1. Fue asistido por un médico y por uno de sus mejores amigos. Se alejó de su ciudad, además de sus amigos y enemigos para conseguir su cometido.
  2. Escogió un domingo para morir, día en que conocía de la disciplina de su hospedero de congregarse en la iglesia luterana.
  3. La herencia de Spinoza, poca o mucha, libros, ropa y otras cosas menores, fue librada a favor de Hendrick van der Spyck, hospedero y amigo. Es sospechoso que el Spyck con esta suma recibida por ventas de sus pertenencias, pagara a las personas que Spinoza debía dinero por servicios. Al funeral, al boticario, el tabernero, etc.
  4. Tomó precauciones para evitar usar su nombre y así fundar una escuela o un legado, es decir, un “SpinozISMO”. Consideraba más importante la obra que la vida del autor.
  5. Vivió de tal manera hasta el final, persuadido de su difícil e irrefutable ateísmo, al punto de que se aseguró de que no comprobaran su inconsistencia.

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[1] Strathern Paul. Spinoza en 90 minutos. Versión Epub.

[2] Colerus Johannes. Breve, pero fidedigna biografía de Benedictus de Spinoza, redactada a partir de documentos autenticos y de testimonios orales de personas que aun viven. Amsterdam. J, Linderberg, 1705.

[3] Deleuze, Gilles. Spinoza: filosofía práctica. Versión Epub. Página 2.

[4] Alcatena Enrique / Cherniavsky Axel. Spinoza para principiantes. Edición eran naciente. 2007. Buenos Aíres. Página 26.

[5] Yalom, Irvin D. El problema de Spinoza. Versión Epub.

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