La música en la Edad Media

La música era un lenguaje. En sus comienzos, dependía totalmente de los modos de creación y comunicación de las tradiciones orales. La música no tenía necesidad de escritura y se apoyaba necesariamente en estructuras discursivas esenciales y en el auxilio de una memoria rápidamente fijada; pero la Edad Media también se distingue por haber elaborado los conceptos que forjarán propiamente nuestra cultura musical occidental. La Edad Media forja las herramientas conceptuales de un lenguaje que no dejará de refinarse paulatinamente. Crea poco a poco las leyes de la armonía. A partir del siglo X, con el desarrollo de las lenguas romances, nace un sofisticado arte cortesano y, con él, nuevas formas de sociabilidad. Por tardía que fuese su aparición, la música «profana» retomó por su cuenta los avances del lenguaje musical hasta el punto de que, en este aspecto, apenas ya existen diferencias en el siglo XIV. Escribir una polifonía en el siglo XIV es, en primer lugar, componer en el estilo del ars nova, elaborado y adaptado en una gran balada o bien en la secuencia de una misa. Y es que, a partir de entonces, la música no solo fue el soporte del verbo, por elocuente que fuera, sino también un arte de representación, objeto de distinciones sociales y fruto de redes de intercambio que beneficiaban a los artistas de finales de la Edad Media.

Bajo la aparente inocencia de la estrofa de una balada polifónica, se evocan los temas fundadores de la música medieval: la tríada Pitágoras, Yubal (Tubal) y Orfeo; la idea de la melodía armoniosa y dulce, es decir, justa y equilibrada; la música como una ciencia; la música como fuente y manantial, y la invocación al Bien y la Belleza suprema. La Edad Media tejió profundos vínculos con una antigüedad grecolatina cuyas concepciones musicales específicas constituyen su horizonte convencional. La estética musical de la Antigüedad griega se basa principalmente en un enfoque filosófico especulativo que, desde el punto de vista de nuestra apreciación moderna, puede parecer sorprendente y poco «científico». Actualmente, interpretamos el término «música» como una producción sonora, social, portadora de sentimientos diversos. Para los griegos, se daba por supuesto que la música participaba en primer lugar de la unidad objetiva y solidaria del universo. Durante la Edad Media se mantendrá este enfoque singular de la música, pero adaptándolo sutilmente a las finalidades espirituales y teológicas del cristianismo.

La idea de la música como «número audible» se debe a Pitágoras. El descubrimiento de Pitágoras, transmitido por la tradición helenística neoplatónica (por ejemplo, Nicómaco de Gerasa), fue evocado por las grandes figuras intelectuales de la antigüedad tardía: Macrobio (a comienzos del siglo V) en su Comentario sobre El sueño de Escipión (II, 1, 9-13), Beocio (c. 480- c.525) en el De Institutione musica (I, 10) y, más sucintamente, por Casiodoro (c. 485- c. 580) en su tratado principal, las Institutiones divinarum et humanarum litterarum (II, 5, 1).

La música es fuente del Bien, porque este juicio introduce una dimensión ética: «la música es la ciencia que enseña a modular bien», no siendo aquí la «modulación»- término tomado de Varrón y los filósofos griegos- otra cosa que un movimiento regulado que no tiene más finalidad que su propia perfección. El fenómeno de la percepción sonora que tanto cautiva a san Agustín y que describe en la primera parte del libro VI del De música deja entrever un problema diferente de naturaleza filosófica: el del conocimiento de los mecanismos propios de la sensación sonora. La sensación no es una acción de la materia sobre un alma pasiva, sino la actividad del alma sobre sí misma. La sensación permite la toma de conciencia de una unidad que persiste cuando la música se calla.

El De nuptiis Mercurii et Philologiae de Martianus Capella es un libro de viajes a través de esferas que hace visible una representación alegórica de las artes liberales. En este sentido, sirvió de modelo a numerosas alegorías medievales como de Alano de Lila y de Adelardo de Bath, o incluso al periplo visionario de Dante en la Divina Comedia. Aunque definió con la misma precisión que san Agustín el carácter científico de la música, Beocio es uno de los primeros pensadores que intentaron definir con mayor exactitud sus límites epistemológicos. Para la Edad Media, el ars como la techné de los griegos, representaba un conocimiento en sí mismo y un saber técnico, práctico, concebido para la creación de formas musicales. Beocio estableció la distinción entre el arte y la ciencia. El propósito de Beocio consiste en fundir en una síntesis armoniosa la aportación de Pitágoras, Platón y Aristóteles. Asimismo, acude también a otras fuentes: Euclides, Nicómaco, Aristoxeno y Ptolomeo. Beocio es el primero que categoriza y clasifica la música en sus diversos aspectos al enunciar su famosa trilogía, repetida, criticada y modificada en innumerables ocasiones a los largo de los siglos hasta las lindes del Renacimiento: 1º Música mundana, 2º música humana, 3º música instrumentalis. Habrá que esperar a finales de la Edad Media y el retorno de Aristóteles en los estudios para que esta tríada sea puesta en entredicho. La música mundana se convierte en una figura mental que se utiliza preferentemente en poesía como una metáfora del intelecto. Por ahora, la música es aquella que permite a la Philosophia formular su argumentación «en un canto claro sobre cuerdas flexibles». Estimula y fomenta la sabiduría y la virtud. Encontramos aquí otra división ternaria que se prolongará asimismo a los largo de toda la Edad Media. Su propósito consiste en la organización de los saberes: el aprendizaje de las siete artes liberales condiciona el acceso a la filosofía y luego, finalmente, a la teología.

¿Qué son las artes liberales? Tres disciplinas repetidas en el trívium o artes triviales y otras cuatro en el quadrivium o artes reales. El primer grupo está formado por las artes del lenguaje; el segundo circunscribe las ciencias del número: aritmética, geometría, astronomía y música. Se llama «libres» a estas ciencias porque, en su origen, las practicaban los hombres libres. Las artes liberales eran nueve, incluyendo la medicina y la arquitectura; para Séneca (Cartas a Lucilio, 88.3-14), únicamente cinco, con la gramática, la música, la aritmética, la geometría y la astronomía. Quintiliano, apoyándose en la distinción aristotélica entre teoría, práctica y producción, había propuesto una articulación ternaria de los saberes: la primera abarcaba las cosas del espíritu, es decir, la teoría; la segunda, las cosas en acción, es decir, la práctica; y la tercera, las cosas producidas o realizadas. Esta articulación inspirará todavía la clasificación de las artes de Hugo de Saint-Victor (1096-1141). Será Marianus Capella, en el De Nuptiis Philologiae et Mercurii et septem artibus liberalibus, quien fije el número de estas artes en una recapitulación del antiguo currículum mínimo convertido en el canon medieval de todo conocimiento, adoptado y comentado por todos. Esta jerarquía también lleva consigo una clasificación entre los diferentes tipos de músicos y establece una distinción ternaria muy nítida entre el intérprete (cantor), el compositor y el filósofo (musicus). Solo este último es el verdadero músico porque conoce las razones de los efectos de la música. Esta disposición se emplea igualmente en las tres divisiones técnicas de la música- harmónica, rythmica, métrica– que se exponen en el tratado de Casiodoro, Institutiones divinarum et litterarum (c. 540).

La música está vinculada pues al arte oratorio. Este tema se extrae en gran parte del tratado de Quintiliano, escrito hacia el 92 a. C., Instituciones oratorias, donde se expone un sistema completo de la educación del perfecto orador. La música forma parte del programa. Como apunta Quintiliano, «el orador tiene en su voz y en su físico números musicales de dos clases que juntos permiten un determinado estilo adaptado al tema que se trata». Beocio ya había apuntado señalando esta articulación en la Consolación al hacer hablar así a la Filosofía: «Preséntese entonces con su persuasiva elocuencia la Retórica, que solo se mantiene en el recto camino al obedecer dócilmente mis instrucciones, y que, a su flanco, la Música, encantadora esclava nacida en mi casa, haga sonar acordes ya profundos, ya ligeros».

En torno a Pitágoras cristalizó el mito fundamental de la música, la invención de sus leyes, y en torno a él se articula el conocimiento de este arte en el seno del quadrivium, aunque él haya sido el único en oír la divina armonía, como indican los versos de una composición del Cancionero de Cambridge (de finales del siglo X).

Los dos textos que encierran y delimitan el espacio del quadrivium son el Comentario al Timeo de Calcidio y el Comentario al sueño de Escipión (II, 1-4) de Macrobio. El segundo es importante, ya que vuelve sobre el pasaje del sueño del Escipión en La República (VI, c.18) de Cicerón. Este extracto legitima verdaderamente la existencia de la música de las Esferas, y es este texto de Macrobio el que será comentado y discutido a lo largo de toda la Edad Media. El autor establece un paralelismo entre las siete cuerdas de la lira y los siete sonidos de los planetas: la lira no hace otra cosa que imitar la música de los astros. Se encuentra aquí una de las primeras etimologías de la palabra música, en la contracción de mundi y cantus, el “canto del mundo”. Juan de Afflighem establece la correspondencia entre musicam y mundicam después de haber mencionado la comparación etimológica convencional entre la música y las Musas. Mientras que, en la antigua literatura profana, las Musas representan la inspiración y la poesía, para san Agustín representan a la música. Quizá sea eso lo que explica que san Isidro de Sevilla, en el prefacio de sus Etimologías, haya definido la música como «una ciencia que trata de los números que se encuentran en los sonidos», cuyo nombre deriva de las Musas porque, mejor que nadie, ellas llevan aparejado el poder de los cantos y el arte de las modulación de la voz, ese sonido que imprime su huella en los sentidos y que la memoria conserva.  Habrá que esperar hasta finales del siglo XIII para que Juan de Grocheo recuerde que aunque la música fue inventada por las Musas cerca de las aguas, tan sólo se trata de una leyenda. Philipp de Vitry, en el tratado que se le atribuye, Ars Nova, cap. XI (c. 1322), aún pasa más rápido sobre la cuestión: «Sabed que la música es la ciencia del canto justo, es decir, el medio asequible para conseguir cantar perfectamente. Etimológicamente, moys, es decir, agua, e ycos, es decir, ciencia, porque fue descubierta a orillas de las aguas». Cómo no hacerse eco de la definición propuesta por el teórico franciscano español del siglo XIII, Juan Gil de Zamora, quien, en su Ars música, cap. III, escribe: «Música proviene de las Musas por las que se cree que este arte se volvió perfecto; o bien, de moys que significa agua, porque la música se descubrió en el agua: los nervios y las arterias se habían desprendido de la carne y los huesos, en el agua, por fluidificación; mediante el tacto, emitieron un sonido armoniosos.» Al evocar el mito de la invención de la lira por Mercurio, Zamora remite igualmente a una doble etimología: moys, el agua, es también Moyses, Moisés, «el que fue salvado de las aguas». A continuación, Zamora sigue escribiendo, como Juan de Afflighem, que «otros dicen que música es como mundica, porque su origen proviene del canto del mundo (mundi cantus)».

Esta serie de desplazamientos fonéticos y semánticos se podría resumir del siguiente modo:

Musa/Musas > Música >Moys/Agua

Mundica > moysica/mosaica Moisés

Agua/Ninfas > Musas

Pitágoras > Yubal- Tubal

Armonía de las Esfermas > Armonía de Dios

Nadie en la Edad Media pone en duda la figura de Pitágoras y su herencia transmitida por la tradición grecolatina, pero su figura se aprecia de un modo diferente y a veces es suplantada por la de Yubal y Tubal. Descendientes de Caín, Yubal es el inventos de los primeros instrumentos de música (la cítara y la flauta) y Tubal el primer herrero. El primero en descubrir las leyes de la música habría sido Yubal al acudir a la fragua de su hermano. Como menciona Isidoro de Sevilla en las Etimologías: “la historia” de la música comienza con Yubal antes del episodio del Diluvio. Esta transferencia todavía está acreditada en el siglo XII por Gervasio de Tilbury (Otia imperialia, I, 20), por Juan de Salisbury (menciona a Pitágoras, Moisés y Yubal) o incluso Jacobo de Lieja en el siglo XIV.

La armonía funda la experiencia de la música. Es la «del sonido significante tomado primero en las palabras y luego en las notas».

 

Bibliografía:

  • ALONSO GARCÍA DE RIVERA, Helena. La música como tradición oral y soporte histórico en la Alta Edad Media: el pasado como acercamiento a su presente. Algunas consideraciones sobre el estado actual de la cuestión. 
  • VILLAGRÁ TERÁN, María Montserrat. «Destemplado está ese laúd». La música en la clase de literatura medieval.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por Lia Katselashvili

Nací el 29 de enero de 1988 en Tbilisi (Georgia). Desde pequeña me apasionaba la lectura y acabé estudiando Filología hispánica. Tengo publicados dos libros “Diccionario etimológico de nombres y palabras bíblicos” (2008) y “El “catálogo de las lenguas del mundo” del abate Lorenzo Hervás Panduro y los caldeos-kartvelios de Zenaare” (2014).

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