Concepciones de lo grotesco en el S. XXI

Decía Simmel, en una lectura beaduleriana de la sociedad moderna, que los seres humanos habíamos desarrollado una aguda y perspicaz capacidad de indiferencia respecto al entorno que nos rodea, una especie de coraza sobre-protectora que cubre nuestra sensibilidad y nos permite seguir nuestra vida entre las masas con una normalidad ridículamente impasible. Tal vez sea por este motivo por el que las noticias acerca de sufrimientos ajenos únicamente nos llegan como ecos lejanos, casi inaudibles, que se mezclan con nuestra obligación del día a día. Quizá este sea, después de todo, el motivo por el cual el individualismo posmoderno se alza como líder indiscutible de unas comunidades cada vez más, paradójicamente, solitarias. 

Sin embargo, estos ecos de la diferencia marginal persisten incómodamente y, muy de vez en cuando, sacuden nuestras vidas. Estos pequeños espacios de tiempo en los que nos volvemos todo menos indiferentes son los momentos en los que nos encontramos cara a cara con el grotesco. 

El grotesco es un término que nace en la Roma Imperial, con el surgimiento de un nuevo estilo de ornamentos concretos que se hallaron en restos arqueológicos a finales del s. XV. Se descubrió, siglos más tarde, una nueva moda basada en representaciones de figuras híbridas y monstruosas que se dibujan en posiciones extrañas e inquietantes, lo que pasó a acuñarse con la expresión «grotesco». Sea como fuere, lo grotesco tenía una posición marginal dentro del arte que acongojaba y fascinaba a partes iguales a su público espectador. 

El célebre romántico V. Hugo re-actualizaría el término y lo definiría como, ni más ni menos, la esencia del hombre moderno. Para Hugo, el objetivo de lo bello es incompleto y estrecho según las representaciones clásicas porque es contrario a la verdad, motivo por el cual los poetas románticos empiezan a preguntarse si mostrar realidades incompletas es ser verdaderamente bellos. Se empieza a entender, pues, lo grotesco como la cara reversa y hermana de lo sublime, cuya yuxtaposición resulta en el mundo y el hombre real. Pero los aspectos de lo grotesco no se agotan en la duplicidad cómico-burlesco y monstruoso-macabro, sino que se entiende dentro de una estructura más amplia: Hugo pasa a comprenderlo, junto a lo sublime, como uno de los polos que ejerce la tensión de la obra. La auténtica tarea del arte corresponde en combinar armónicamente estos dos polos para llegar a la obtención de la belleza, pues lo grotesco solo aporta toda su profundidad como contrapunto a lo sublime. En suma, lo grotesco enseña una nueva perspectiva del hombre: el hombre real. 

Si bien para Hugo la introducción de lo grotesco supone una mayor presencia de realidad en la obra, el teórico ruso M. Bajtín, verá en el grotesco el punto contrario: una inversión de la realidad automatizada. Bajtín se acoge al símbolo del carnaval para destacar la posibilidad de subvertir y transgredir la organización establecida. De esta forma, se puede deducir que encontramos en el grotesco un alto contenido político, puesto que mediante su uso de inversión se está revelando una contracultura que se opone a la autoridad y a la norma, actuando como una verdadera revolución cultural a través de la risa. Un texto carnavalizado y grotesco se opone a la cultura de las clases dominantes para dar voz a los oprimidos y marginados, incorporando la otredad. Mediante esta parodia del grotesco, reducción a la risa, se refleja claramente la voz de la víctima parodiada, enmarcando así diversas voces históricas y concretas que dialogan en un texto literario de carácter carnavalesco y pudiendo, de esta forma, cuestionar la imagen y los límites oficiales del mundo. 

Las visiones de lo grotesco en nuestro día a día, tal como aspectos de la pobreza del otro o de la miseria humana en todas sus formas, pueden pasar diluidas por nuestro filtro de indiferencia. Pero la re-adaptación artística del grotesco como insistencia sobre la miopía vital del S.XXI puede suponer esta necesaria sacudida de realidad: la voz insistente del otro, del que nunca se escucha, que de pronto zarandea y revienta nuestra estéril burbuja existencial, potenciada por una sociedad del optimismo banal, de la inmediatez y del consumo. La desautomatización del grotesco puede convertirse, en última instancia, en la mejor arma de la realidad para recordarnos, precisamente, la necesaria interacción y concienciación de todas sus partes: desde la tragedia de los refugiados hasta los devastadores efectos de la pandemia del Covid-19. El despertar de conciencia está en las manos de una nueva generación de artistas que re-actualicen el concepto de grotesco con toda su renovada fuerza en el S. XXI.

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