La orden de caballería

Georges Duby demostró que la sociedad de la Edad Media se hallaba dividida en 3 clases: sacerdotes, guerreros y agricultores. Una de las fuentes que avalan esto es la carta que en el año 595 el papa Gregorio Magno envió a los obispos del rey franco Chilperico: «Solo existen tres caminos para los jóvenes: el del clérigo, el del campesino, el del soldado»; asimismo las glosas que en el siglo IX, Alfredo el Grande añadió a su traducción al inglés antiguo de la obra de Beocio De Consolatione Philosophiae: «Tener un territorio bien poblado, tener gebedmen (hombres que rezan), fyrdmen (hombres que guerrean) y weorcmen (hombres que trabajan)»; en el Apologeticul de Abbon de Fleury de finales del siglo V, también aparece la afirmación de que la sociedad la forman religiosos y seglares, dividiéndose estos últimos en agricolae (agricultores) y agonistae (combatientes); y también, sin que este sea el último ejemplo, en el sermón que cierto monje anglosajón del siglo X llamado Aelric escribió en latín y en su lengua materna, dedicado a los santos y a los Macabeos, en el que iban a quedar establecidos los apelativos que definen los oficios de la Edad Media y sus clases, estados o estamentos: «Qui sunt oratores, labratores et bellatores? (En este mundo existen tres categorías sociales: labratores, oratores, bellatores). Los labratores son aquellos que procuran nuestra subsistencia mediante su trabajo; los oratores lo que interceden por nosotros ante Dios; los bellatores aquellos que protegen nuestras ciudades y defienden nuestra tierra». Amparándose en este esquema de las tres órdenes o estados, los reyes de la dinastía Plantagenet promovían la literatura cortés y caballeresca para oponerse a la que se escribía en Francia, dominado por los cantares de gesta, con la que se hallaban en disputa por su condición de duques de Bretaña y Normandía, junto con otros títulos que les permitían disponer de más tierras francesas que el propio rey de Francia. Por ello no es de extrañar que Walter Map que escribió Estoire del Saint Graal y de la Estoria de Merlin se hallara a su servicio y que en 1155, el normando Wace, autor del Roman de Brut que prosifica la anterior Historia Regum Britanniae dedicase esa obra a Leonor de Aquitania, y que María de Champaña y Alix (hijas de Leonor) impulsasen la creación literaria en las cortes de Troyes y Flandes, beneficiando con ello a Chrétien (o Cristiano) de Troyes, autor de los romans caballerescos. La «materia de Bretaña» narra las gestas del rey Arturo, la Tabla Redonda y la búsqueda del Grial con un carácter caballeresco e irreal que recoge las fantasías propias del mundo céltico. Las dos restantes son la «materia de Francia», que trata las gestas de Carlomagno y de sus barones, y la «materia de Roma», que hace lo propio con las que proceden del mundo clásico grecorromano.  A este tipo de obras, que serían prosificadas junto con los cantares de gesta para dar paso a los libros de caballerías hispánicos y a los largos poemas caballerescos del siglo XVI como el Orlando furioso de Ludovico Ariosto, se debe la posterior popularidad de la caballería y la caballerosidad, cuya proyección más notoria sería aquel Ingenioso Hidalgo. Los tratadistas posteriores recordarán constantemente los tres estados, entre ellos el Infante Don Juan Manuel (1283-1348): «Todos los estados de este mundo se encierran en tres: al uno llaman defensores; et al otro oradores; et al otro labradores». 

La Orden de Caballería, poema anónimo: El 10 de junio de 1179, poco antes de la tercera Cruzada, el caballero Hugo de Galilea (o Tabaría) fue capturado por el sultán Saladino durante la escaramuza acaecida en las márgenes del río Litani y después liberado por su madre, la duquesa de Trípoli, tras el pago de 55.000 denarios tirios. En el transcurso de la breve prisión, Saladino le obligaría a explicarle los fundamentos de la ordenación caballeresca. Dicho lance iba a motivar que un clérigo de Picardía o del nordeste de Francia compusiera L´Ordene de Chevalerie en la primera mitad del siglo XIII (incluso entre los años 1206 y 1222). Es un poema breve (de menos de setecientos versos más larga y algo más de quinientos la más pequeña) en francés antiguo, compuesto en pareados de octosílabos que se debió de recitar durante la misa a modo de sermón. Es posible que lo narrado en él no le sucediera a Hugo de Tabaría, sino a Hunfredo de Torón, condestable de Jerusalén y vasallo de la casa de Tabaría y que alguien de dicha región decidiera atribuírselo a Hugo. Aparece recogida en nueve manuscritos fechados entre finales del siglo XIII y mediados del XIV, clasificados en dos grupos según su lenguaje: continental e insular. 

Blanco: riñones, cintura y cabeza.

Rojo: torso y brazos.

Negro: piernas y pies.

Lo que llama la atención en L´Ordene de Chevalerie es el ritual de la ordenación caballeresca que Hugo explica a Saladino, pero no tanto el hecho de que casi le nombra caballero, sino el curioso simbolismo de los colores de las ropas (blanco, rojo y negro). 

Blancas son las telas con que cubre su cuerpo: «estas telas que cerca están de vuestra piel, todas blancas, significan que el caballero debe mantener limpia su carne si quiere llegar a Dios», el estrecho cinturón con que le ciñe y la cofia con que cubre su cabeza. 

Rojas son las ropas que luego le pone encima de las blancas que significa que «debéis derramar sangre para defender a Dios y a su ley».

Y negras las calzas con que le cubre pies y piernas, para que «siempre tengáis en vuestra memoria la muerte, la tierra en la que yaceréis, de donde vinisteis y adonde iréis». 

Dichos colore se relacionan con la religión que lleva al Paraíso- blanco; con el derramamiento de sangre durante el combate- rojo y con la tierra-negro; si esta relación de colores se amplía a los tres estados, daría la siguiente tabla:

Blanco: cuerpo y mente: religión, ir al Paraíso –Oratores

Rojo: torso y brazos: derramar la sangre, combatir – Bellatores

Negro: piernas y pies: al morir se regresa a la tierra – Laboratores

El manuscrito redactado en Cambrai en 1093 presenta un «ritual de ordenación» (ordo) para armar a un defensor de la Iglesia o a cualquier otro caballero, en el que el ordenado recibe la bendición después de haberle sido entregados pendón, lanza y espada. El obispo que ordena a los caballeros de la iglesia episcopal como si fueran sacerdotes dependientes de él, les entrega el cinturón de tahalí y la espada mientras pronuncia las mismas palabras que se emplearon en la consagración real, aunque adaptadas a aquel caso particular e invoca a los santos militares: Mauricio, Sebastián y Jorge. Este ritual es similar al del primer Pontifical Romano del siglo XIV, en el que el futuro caballero debe velar las armas en una iglesia después de tomar un baño y luego oír misa y presentarse ante un sacerdote, que le dará el pescozón o bofetón (collée o paumée) y pedirá la bendición de Dios para la caballería. Después de que la espada, que descansa encima del altar haya sido bendecida, se la ceñirán y un seglar se encargará de calzarle las espuelas. Pero estas ceremonias proceden de la que Carlomagno efectuó durante la coronación de Luis el Piadoso como rey de Aquitania. La caballería pone especial énfasis en la protección de huérfanos y viudas, no por una obligación que tenga que ver exclusivamente con la pervivencia de la estructura trifuncional, sino con el más puro instinto de supervivencia de la especie y de la sociedad presentes en todas las culturas. En los preceptos caballerescos son innegables los antecedentes bíblicos y estos se resumen en Zac: «Así habla Yavé de los ejércitos: juzgad conforme a la verdad, practicad la piedad y la misericordia hacia vuestro prójimo; no oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero y al pobre; no maquinéis el mal en vuestros corazones el uno contra el otro.» Que la ceremonia de armar caballero estuvo exenta en un principio de la injerencia y del control de la Iglesia, lo pone de manifiesto la Partida Segunda de Alfonso X, en la que no se permite que los sacerdotes participen activamente en ella: «Porque sería cosa muy sin razón de entremeterse de fecho de caballería aquellos que non ovieron ni han poder de meter allí las manos para obrar». 

Bibliografía:

  • DUBY, Georges. Damas del siglo XII. 3. Eva y los sacerdotes. Alianza Editorial.
  • DUBY, Georges. El caballero, la mujer y el cura. Taurus.

Escrito por Lia Katselashvili

Nací el 29 de enero de 1988 en Tbilisi (Georgia). Desde pequeña me apasionaba la lectura y acabé estudiando Filología hispánica. Tengo publicados dos libros “Diccionario etimológico de nombres y palabras bíblicos” (2008) y “El “catálogo de las lenguas del mundo” del abate Lorenzo Hervás Panduro y los caldeos-kartvelios de Zenaare” (2014).

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