La delgada línea entre el deseo y la obsesión

En la Inglaterra de 1938, la escritora y dramaturga Daphne Du Maurier publica la novela Rebecca, un drama gótico con tintes de suspenso que fue llevada al cine, dos años más tarde, por el gran Alfred Hitchcock. En ella, una narradora N.N. se casa con un rico viudo y debe ocupar el lugar de su difunta antecesora. Sin embargo, la trama se plaga de argumentos ambiguos y obsesivos que delatan una profunda oscuridad.

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Daphne Du Maurier (Londres 1907 – 1989) proviene de una familia de padres actores. Su abuelo era un famoso caricaturista y su tío, el dueño de la revista The Bystander, donde publicará sus primeros relatos. 

Según cuenta su biógrafa, Margaret Forster, la familia concibe una crianza muy liberal, teniendo en cuenta la época, que no ponía impedimentos a la homosexualidad de sus dos hermanas, ni a la experimentación de Daphne con su alterego: Eric. A pesar de declarar en reiteradas ocasiones el hecho de sentirse varón, accede a casarse con un oficial de la Guardia Real Británica, con quien mantiene una relación abierta, mientras explora un romance con la ex amante de su padre.

Dos de sus novelas, Rebecca (1938) y La posada de Jamaica (1937), y uno de sus relatos breves, Los Pájaros (1962), fueron llevadas al cine bajo la dirección de Alfred Hitchcock.

Con el dinero de las regalías por Rebecca, Daphne compra la mansión en la cual está inspirado el personaje-lugar de la novela. 

Sobre su estilo narrativo se dice que puede suscribir al romance gótico, con tintes de suspenso y terror. Hay ensayos en los que le adjudican una fuerte influencia de las hermanas Bronte, sobre las cuales consta en su biografía haber leído y escrito (más que nada sobre Branwell Bronte), relacionando a Rebecca con Jane Eyre.

He aquí el epicentro de la discusión: si elegimos leer  Rebecca con la fe ciega de los romances góticos, o si nos desprendemos de ese velo y la leemos en su cruda realidad. Si el lector se decide por la primera opción, no continúe la lectura de este artículo y lea la novela con total tranquilidad. Para aquellos que prefieren cambiar de óptica, lo que sigue es una serie de apuntes que le servirán de guía al momento de reflexionar la trama:

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  • El relato arranca con la extensa descripción naturalista de una mansión idealizada en el recuerdo de la joven narradora, de quien nunca, a lo largo de toda la historia, conoceremos el nombre. Este es uno de los puntos centrales a tener en cuenta a la hora de sopesar el relato. La protagonista principal no tiene nombre, y el nombre que da título a la novela es el de otra mujer, la difunta primer esposa. Sin nombre, ya lo sabemos, no hay identidad, y sin identidad uno puede encontrarse en la ferviente búsqueda de un lugar que ocupar. 
  • Por otro lado, esta narradora N.N. tiene cualidades muy puntuales, especialmente seleccionadas para disminuirla todo lo posible frente al espectro que todo lo reina. Es tímida, reservada, de cuna pobre, sin educación, débil de carácter y va siempre mal vestida. Conoce a su futuro marido siendo dama de compañía de una anciana petulante y chismosa, se casan sin pompas y automáticamente emprende la difícil tarea de gobernar la mansión en lugar de Rebecca, con cuyo espectro entabla una fuerte relación cargada de deseo, como se retrata en la mejor escena de Hitchcock en la que se toma a ella, sobre la cama de la difunta, acariciando su ropa interior.

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  • Maxim de Winter: el ricachón viudo y desconsolado, cuyo nombre es un superlativo, se muestra en todo momento deseoso de parecer la víctima de su inmanejable difunta. Mantiene, con su nueva y jovencísima esposa, una relación más próxima a la de un padre que al de amante, usando apelativos como “tontita” o “bobita”. No se genera entre ellos el menor vínculo sexual. 
  • Rebecca: el espectro que gobierna todo el relato, demonizada por su fortaleza física y de espíritu, por su voluntad de hacer lo que le plazca, de tomar sus propias decisiones y ejercer su sexualidad con libertad, a expensas de las negativas maritales. No había quién no se enamorara de ella y esa carga emotiva es la que impera en la finalidad del relato. La narradora quiere ser Rebecca, quiere volverse ella, encarnarla, poseerla, no para enamorar al viudo sino para disfrutar el éxtasis que supone le dará esa personalidad en sí misma.

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  • La explicación de la “accidental” muerte de Rebecca y la reacción de la narradora al descubrirlo, viene a terminar de cerrar la estructura psicopática de ambos señores de Winter, hechos tal para cual en su perversidad.

Dicho todo esto, resulta una interesante novela para analizar lo que la imposición de roles, cánones y estereotipos de clase puede generar en un conjunto social, y lo poco que ha evolucionado la historia en materia de relaciones heterosexuales y poder de dominación.

 

Escrito por Natalia Amendolaro

Buenos Aires, Argentina. 1990 Lectora voraz. Escritora de servilletas. Periodista cultural. Autora del blog Escriarte y del libro "Resultó que éramos libres" Colabora en la revista Liberoamerica, Sonámbula y el portal de noticias Realidad Sanmartinense. En la búsqueda permanente de nuevas formas de unir arte con palabras.
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