Literatura erótica: sus raíces patriarcales, y las alternativas feministas

Preámbulo

El erotismo es un concepto lleno de neblina que siempre ha inquietado al ser humano a lo largo de su Historia. Y es por eso que, a partir de una visión sumeriamente parcial –conceptual y materialmente-  este concepto ha sido reflexionado, analizado y representado a través de las diversas artes, principalmente la literatura, siempre quizá en un intento de explorar, comprender y revivir lo que el propio erotismo es en su significado; así como establecer lo que de este debe desprenderse, y el papel que cada uno de los sexos debe desenvolver dentro de ello, en lo político y lo artístico.  Parcial pues la visión imperante ha sido mayormente la masculina.

Si nos centramos en la literatura, y realizamos un recorrido histórico sobre las obras eróticas más sobresalientes, desde los primeros textos en la antigua Grecia, hasta los más recientes que se puedan imaginar: poemas eróticos, novelas, tratados sobre posturas sexuales, compendios sobre artes amatorias, diarios pornográficos, relatos, epistolarios, etc., no debe sorprendernos que la gran mayoría hayan sido escritas por varones, aun cuando se trate de representar la mirada o experiencia femenina; así que la verdadera vivencia e idea femenina al respecto, sin duda, se diluye; incluso en la actualidad, en las obras escritas por mujeres, sin cuestionar este sesgo, siguen presentando historias eróticas situadas desde esta concepción patriarcal.

Kate Millet nos dice en su libro Política sexual, que al sexo lo reviste un cariz político que, la mayor parte del tiempo suele pasar inadvertido. Y que, sin embargo, está tan presente en la literatura como en cualquier otro ámbito de nuestra cultura, así sean expresiones artísticas o educativas. Toda aquella expresión que muestra la relación social que existe entre los sexos, asoma por supuesto, así sea de manera estética, lo que en la estructura de relaciones de dominación está institucionalizado, y que se ejerce de forma sistemática; así como la evidente jerarquía entre sexos sostenida por el mandato de género. He aquí el punto medular, por el cual es crucial repensar la literatura erótica: la política entre los sexos y cómo derribar esas relaciones normadas, con propuestas que incluyan las otras voces sobre un tema tan trascendental.

Y es precisamente por esa deuda histórica con la otra mirada sobre la literatura erótica, así como por mis inquietudes de lectora y escritora, por las experiencias en estos campos, que me he propuesto dialogar y reflexionar críticamente la literatura erótica canónica, así como su influencia en el contexto socio-cultural, apoyada en el análisis feminista. Todo esto con la finalidad de encontrar, desde la colectividad, nuevas rutas y discursos sobre lo erótico, en la escritura y las prácticas de lo individual-colectividad.

Antes de continuar, hagamos un alto. Quiero aclarar que no pretendo en lo absoluto satanizar obras literarias o adoctrinar a quien me lee; muy por el contrario, estos viajes de letras procurarán compartir preocupaciones y dudas, así como debatir lo que con tanto fervor y credulidad se ha escrito y leído sobre lo erótico, con el afán de reinventar y complacer las “nuevas” necesidades de amar y de vivenciar lo erótico, que claramente tenemos las mujeres. Y más, las que somos apasionadas del erotismo literario.

Además, como también dijo la gran Kate Millet, “la crítica literaria es una aventura que no debe restringirse a un deferente testimonio de adulación, sino que, por el contrario, captar los reflejos bien definidos que la literatura ofrece de esa vida que describe, interpreta e incluso deforma” (Millet 2010, 2017, 28)

Empecemos pues:

La influencia sadeana en la concepción erótica de nuestro tiempo:

Las novelas u obras eróticas que trascienden comercialmente, salen desde el autoproclamado canon para disfrute de pocos y confirmación de este. Y es así que tópicos como el placer, el amor, el deseo, el sexo y el cortejo, siguen tomando como referente una mirada hegemónica, desprendida de la estructura patriarcal, en la que las mujeres tenemos un papel claramente subordinado, cosificado y pasivo, cuyo único propósito es el sometimiento de nuestras voluntades y cuerpos.

Y es desde esta visión hegemónica que, al hablar de erotismo en la actualidad muchas veces se confunde y se limita, principalmente al sexo patriarcalizado y el sadomasoquismo; en los cuales se recurre al uso del poder físico para someter y así supuestamente trasgredir lo establecido, cuando en realidad se trata de lo normado. Muestra de ello son libros exitosos como Crepúsculo o Las 50 sombras de Grey, incluso llevados a la pantalla grande; o mucha de la poesía y los cuentos de nuestros contemporáneos.

Entonces, ¿cómo se originó esta visión posmoderna de lo erótico, condicionada por la violencia? ¿Cuál es la genealogía de este tipo de literatura?

La respuesta es compleja, y parte de ideas que son una amalgama de condiciones, normas y tradiciones enmarcadas en la estructura patriarcal. Sin embargo, en este artículo me gustaría rescatar algo que la filósofa feminista Alicia Puleo comenta al respecto en una conferencia dictada en 2015, titulada “Las raíces del patriarcado posmoderno: Sade y Bataille”. Puleo nos sitúa en la Ilustración, y nos dice que, en esta época que se presenta como una ruptura a la tradición, y que es el origen del pensamiento moderno, surge la sexualidad como irrupción, como algo determinante para nuestra cultura, pues aparece como una forma de “verdad”. Y que se empieza a utilizar la pornografía y la sátira sexual, cargada de violencia, como crítica social y cultural; y nos habla de un personaje crucial: el Marqués de Sade, quien es uno de los mayores representantes de la concepción erótica actual, y quien, a través del erotismo, pronunció también sus ideas políticas y filosóficas. Claro que en su tiempo no fue leído o reconocido como tal, pues pasó gran parte de su vida encarcelado, pero fue retomado y reivindicado en el siglo XX, y su pensamiento fue rescatado por pensadores, escritores, filósofos y pintores como fundamento de un erotismo que sólo puede estar presente como disrupción frente a lo establecido. Es por eso que podemos ver su herencia de manera tan clara en muchas de nuestras expresiones artísticas y eróticas.

Puleo nos dice que: “Para Sade, la naturaleza incluye la violencia y el mal, es crueldad; para que haya vida, tiene que haber muerte, el devenir es eso, el cambio, el aparecer y el desaparecer de los individuos. Recordemos que en el siglo XVIII la naturaleza es vista como el modelo contra las imposiciones religiosas, implica la libertad del ser humano; entonces, frente a esta imagen de la naturaleza como algo correcto y luminoso e imitable, Sade se plantea a la naturaleza como una madrastra, una fuerza que se impone, que es terrible y que hay que imitarla para ser poderosos.”[1]

Digamos que para Sade, el hombre no tiene que someterse a las imposiciones sociales, y debe desafiar las prohibiciones y extender el deseo tiránico que nos habita, así como lo hace la naturaleza.  En sus obras está presente la sed de infinito, de soberanía absoluta. De alguna forma, Sade comprende la sexualidad como el mal, y el erotismo como algo alcanzable sólo a partir de la ruptura de lo instituido, a través de mancillar, destruir y matar. De hecho, en algunas obras como Las 120 jornadas de Sodoma o Juliette, podemos ver el asesinato como la única forma en la que el ser humano afirma su soberanía, la forma en la que imita a la naturaleza y emula el poder que esta tiene de regresar al otro u otra a la totalidad. Podemos ver que el disfrute más extendido, siempre va de la mano de la violencia.

¿Les suena conocido?

La literatura, el cine, el teatro y otras expresiones artísticas de este género, y claro la pornografía, están plagadas de escenas que, pretendiendo ser eróticas, están relacionadas con la humillación, el sometimiento, el dolor, la tortura, especialmente de mujeres. Vivimos una época que podría denominarse sádica, sadeana.

Y claro, también como lo ha comentado Puleo, este tipo de discursos tiene un gran éxito en un sistema como el nuestro, neoliberal, pues es el deseo de abarcar lo infinito, y del deseo inagotable de poseer que mantiene a la maquinaria económica funcionando. Ese es el discurso de masas impregnado en el arte. Y aquí hay que tener bastante cuidado, pues con esta idea de infinitud, también llega la ilusión de la libertad: de que no existen imposibles ni límites a la voluntad individual. Y entonces, en la posmodernidad, comienzan a reivindicarse ciertas prácticas como si fuesen discursos renovados, liberadores o transgresores.

Sí, incluso dentro del feminismo o la teoría queer se encuentran propuestas sobre determinadas prácticas sexuales que se presentan como empoderantes y antisistema (capitalista neoliberal y heteropatriarcal), que atrae a muchas y muchos jóvenes, llámese sexo anal como prácticas democráticas y primeras, orgías, pornografía feminista, shibari, BDSM, prostitución, etc. Donde en realidad la cosificación y la violencia, principalmente hacia el cuerpo de las mujeres, sigue presente, y dígase de paso que son prácticas que de novedosas tienen poco, pues desde siempre han sido parte de discursos donde el juego de poder, el dolor y el erotismo son inherentes; y donde las mujeres principalmente tienen un papel desechable.

Y es que, si admitimos y partimos de que la mirada hegemónica sobre la sexualidad ha sido la patriarcal, será necesario también plantearnos la necesidad de actuar contra estas ideas predominantes. Reinventar los discursos partiendo de nuevos horizontes y no los ya conocidos. Porque tampoco basta con que se inviertan los roles, y seamos nosotras las que dominemos a otros u otras. La crítica debe ser desde la raíz, y la reivindicación debe apuntar hacia el lado opuesto de la opresión de siempre.

Entonces, desde lo que a la literatura compete, es necesario afirmar que necesitamos más creadoras y creadores que desarticulen los mitos, y que planteen nuevas narrativas en las que el erotismo no esté necesariamente vinculado con el crimen, la sumisión y la crueldad.

Es preciso buscar y crear nuevos relatos de lo erótico, desde las revoluciones intelectuales, como el feminismo. Es la única forma, a través de la crítica y la imaginación, en que podremos hacer frente a la inercia cultural que se sigue viralizando y virilizando a través de la industria, con ideas tan rancias como que existe una relación intrínseca entre el erotismo y la violencia, o como que las mujeres debemos seguir utilizando el cuerpo como moneda de cambio, como sacrificio, como lienzo del sadomasoquismo (aunque sea de manera “consciente”).

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cuáles son las propuestas específicas que existen desde el feminismo?

Algunas propuestas:

Sin duda, no basta con que las mujeres escribamos sobre erotismo, así que una de las propuestas más claras, imitando los grupos de autoconciencia que se iniciaron expresamente en los sesentas y setentas con el feminismo radical, es reunirnos a socializar este tipo de temas, a compartir experiencias, reflexionar y cuestionar apoyadas en la crítica feminista, así como en el propio contexto que nos rodea; grupos donde se tenga consciencia de que a partir de abordar estos temas, también se está haciendo política, y que es importante transformar desde la teoría y la práctica.

Otra de las propuestas existentes, y que además practico satisfactoriamente, es conformar círculos o talleres de lectura y escritura creativa, donde los temas centrales sean parte de la dimensión erótica de las participantes. Cursos donde las mujeres dialoguen, lean y reflexionen, con la finalidad de crear relatos o propuestas escriturales donde se analicen temas sexuales, donde se cuestionen y diluyan los estereotipos de género.

A lo largo de los últimos dos años, he guiado seis talleres de relato erótico y reflexión feminista, donde uno de los objetivos principales ha sido desarrollar una consciencia política desde el feminismo y sobre temas relacionados con el erotismo: amor, deseo, placer, cuerpo, consentimiento, amistad, menstruación, virginidad, etc. Así como crear espacios, separatistas, de conversación, lectura, análisis y creación donde la imaginación, la exploración y los deseos de las mujeres florezcan; libres de relaciones de dominación y humillación. Donde a partir de la socialización de lo privado, lo personal, podamos llegar a reflexiones colectivas sobre los cambios necesarios en lo público, en lo político. Donde se posibiliten nuevas formas de amar, de erotizar-nos, y de reescribir lo que esa dimensión tan amplia nos significa a cada una.

Deseo que esta reflexión sobre la necesidad de reconfigurar el erotismo desde la literatura, desde la voz de las mujeres, haya sido de su agrado. Y, para terminar, les dejo estas dos preguntas: ¿Qué otras propuestas para desarticular los discursos violentos en lo erótico conocen ustedes?, ¿Qué obras de literatura erótica canónica les gustaría desmenuzar desde la mirada feminista?

 

Bibliografía
Millet, Kate. Política sexual . Madrid: Ediciones Cátedra, 2010, 2017.
[1] “Raíces del patriarcado postmoderno: Sade y Bataille” Alicia Puleo, 2015. Ver en: https://www.youtube.com/watch?v=hPJapCe1dkA

 

Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante contenta de la Ciudad de México. Filósofa feminista, tallerista entusiasta, lectora apasionada y amante de la vida. Coordinadora de la colectiva Círculo literario de mujeres. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos eróticos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014. Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales. También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)
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