Sartre: el santo filósofo

Una noche soñé que pasaba a la historia como el reinventor de la ironía.
Vivía en un libro que era un gran cementerio en el que, en la mayoría de las tumbas,
no se podían leer los nombres  borrados de las diferentes clases de ironía.
Enrique Vila-Matas
París no se acaba nunca


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Para hablar del filósofo y escritor Jean Paul Sartre es necesario hacerlo por el final de su vida. Hacerlo al derecho sería abordar la típica biografía de enciclopedia y recordemos que en definitiva una biografía es una necrología, con la diferencia que la segunda es más benevolente.

Los últimos pensamientos y palabras del momento agónico de Sartre son cruciales para entender cómo vivió y en qué creía realmente. El final  es el broche de oro, por así decirlo,  con el que se culmina la etapa de una vida, porque cada persona debe ganarse el derecho a morir, y Sartre, lamentablemente, no murió como vivió. ¿Sabía usted que la etapa última de su vida, empezó a rebatir el ateísmo que siempre lo había caracterizado?

La imagen del hombre de la pipa, gabardina, lentes y ojos con estrabismo, guardaba en lo profundo de su alma unas ideas enanas que crecieron en el último Sartre: las de la creencia en un ser superior; un telos preconcebido en la humanidad, y el resurgir de la casuística.

Un cambio radical muy curioso, pues yo también me pregunto ¿cómo fue posible que un ateo declarado llegará a conclusiones tan afiladas? Simone de Beauvoir, su compañera de milicia filosófica, culpó a dos personas por aquello, a Pierre Víctor que en realidad se llamaba Benny Lévy, un traductor judío que Sartre había contratado para redactar sus obras cuando este ya estaba ciego totalmente, y su hija adoptiva Arlette Elkaím-Sartre. Las razones de su acusación era que Víctor era judío, y según ella, este lo manipuló para que creyera en Dios. En sus palabras: 

Víctor era apoyado por Arlette, que desconocía por completo la obra filosófica de Sartre y simpatizaba con las nuevas tendencias de Víctor aprendiendo juntos el hebreo. Ante este acuerdo, a Sartre le faltó esa perspectiva que sólo habría podido conseguir con una lectura reflexiva y solitaria: así pues, se doblegaba.”

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Benny Lévy (también Pierre Victor , 1945-2003) fue un filósofo, activista político y autor. Figura política de mayo de 1968 en Francia , fue discípulo y último secretario personal de Jean-Paul Sartre de 1974 a 1980. Junto con él, ayudó a fundar el periódico francés Libération en 1972.

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Simone de Beauvoir aduce con estas razones la causa del desvarío de Sartre, pero aún de ser así ¿por qué este repentino cambio de mentalidad, de un hombre que había conmocionado a casi toda Francia y el mundo con la agudeza y originalidad de su pensamiento? Sin duda, Beauvoir falsea el asunto motivada por los celos que sentía hacia los dos nuevos discípulos que él había preferido, pues al final y conmocionada termina aceptando el testimonio que el mismo Sartre concedió a Benny Lévy en una entrevista cuando dice que:

 “No creía ser producto del azar, o una mera mota de polvo en el universo, sino una persona que fue esperada, preparada, prefigurada: en resumen, un ser a quien solo un creador pudo colocar aquí. Y la idea de esta mano creadora –decía Sartre- es directamente Dios.”

Aunque impactada por tal declaración, Beauvoir se opondría rotundamente a sus declaraciones, pero el filósofo en un acto de terquedad, la acusaría de ser una mujer incomprensible, además de alegar que realmente era ella quien intentaba manipular la verdad del asunto.  La escritora del “Segundo sexo” diría, al respecto de esto:

[Sartre] Estaba desgarrado por todo eso y no tenía deseos de darse cuenta de la verdad… no delegaba en nadie la pretensión de su futuro, pero él ya no contaba con sus ojos, no tenía futuro y sabía muy bien que estaba condenado próxima e irremediablemente a la muerte”.

En este punto, (disculpe si decepciono a alguien, pero no soy enemigo de su obra, sino un lector ávido de su trabajo, por eso no escribo desde ningún ángulo ideológico, sino desde la objetividad histórica) estas nuevas ideas sartrianas sobre la existencia de Dios serían en su tiempo (y quizá ahora) una bomba en el patio trasero de los filósofos influenciados por sus ideas existencialistas y ateas. Fue como si el mismo Sartre con sus palabras hubiese planificado destruir los cimientos de la filosofía que pacientemente elaboró. En la misma entrevista  a Benny Lévy añadió: 

“Yo me refería a la desesperación, pero eso no tiene sentido. Hablaba de ella, porque me habían hablado de ella, porque estaba de moda (…) Nunca me he sentido desesperado ni me ha parecido que esa cualidad pudiera ser mía[i].”

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Arlette Elkaïm-Sartre es una personalidad francesa, adoptada por el escritor Jean-Paul Sartre en 1964, nacida en 1935 en Constantine 1 y murió en 16 de septiembre de 2016.

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Al pronunciar este cuasi testamento apóstata, Simone de Beauvoir se apresuró a desautorizar esas palabras alegando que se trataba del  “acto senil de una persona voluble”. Y fue gracias a esa intervención del “Castor”, que cincuenta mil personas  llenaron las calles de parís para acompañarlo hasta el cementerio de Montparnasse, de lo contrario hubiesen sido solo un puñado de amigos.

Pero de dónde surgen estas semillas de creencia dentro del gran filósofo existencial, que incluso llevó al mismo reconocido escritor Charles Moeller a preguntar “¿Cuál es el verdadero rostro de Jean Paul Sartre?”  Primero, no se puede aceptar el hecho de que fue manipulado porque su muerte estuvo relacionada con problemas de órganos y hasta de aerofagia y no de demencia senil o amnesia; y segundo, quizá parte de su infancia y una obra de teatro inédita que compuso en un campo de prisioneros alemán, titulada “Barioná, el hijo el trueno” ayuden a dilucidar la cuestión, ya que en la infancia y adolescencia Sartre pasó aprisionado entre un abuelo protestante, un tío anti-católico y una madre enteramente católica. Sobre esto dice: 

En sustancia, aquello me tenía postrado: llegué a la incredulidad no por el conflicto de los dogmas, sino por la indiferencia de mis abuelos. Pese a ello, yo era creyente: en camisa, arrodillado en la cama, con las manos juntas, rezaba todos los días, pero pensaba en Dios cada vez menos[ii].”

Esto demuestra que su ateísmo poco o nada tuvo que ver con la tesis psicoanalítica de la pérdida del padre como la muerte de Dios, sino con la complejidad de la fe que encontró en su seno familiar. La apatía hacia el conocimiento de Dios y de los valores cristianos fundamentales heredados casi por imitación e imposición, también fue un aspecto clave: 

“Yo necesitaba a Dios, me fue dado, lo recibí sin comprender que lo buscaba. Al no poder anidar en mi corazón, vegetó en mí, luego murió.”

Entonces es en su juventud, preso en un campo alemán como soldado francés, que compone una obra de teatro donde narra la historia de un jefe de un pueblo de Judea llamado Barioná, quien cansado de la opresión, decide que nadie más nacerá en el pueblo para ser explotado. Su esposa Sara le cuenta que está embarazada y la obliga a abortar. Al mismo tiempo, llegan al pueblo tres viajeros venidos de tierras lejanas (quizá los tres Reyes Magos), anunciando que vienen a ver al Mesías recién nacido.

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La obra es un auto de navidad. Está ambientada en Bethaur, un pueblo a unos pocos km. de Belén, el 24 de diciembre. Nos presenta el drama de Barioná, jefe judío, frente a un mundo cada vez más corrupto por la ocupación y la explotación que los romanos ejercían sobre sus súbditos. Barioná se revela frente al Dios que lo permite y pide a sus hombres un juramento: no volverán a engendrar.

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Barioná, categórico con su idea de autoaniquilación para librarse de la opresión romana, decide matar al supuesto mesías para librar a su pueblo de cualquier falsa esperanza. Pero Barioná, al presenciar al niño recién nacido en un establo de Belén y a la gente que lo venera, cambia de parecer, y decide enfrentar la opresión del Imperio, no matar a esta “nueva esperanza” y recibirlo como a su propio hijo[iii]. Tras la noticia de que Herodes quiere matar a Jesús, reúne a los suyos, reparte las armas y consciente de que va a morir, sale al encuentro de los sicarios del rey.

Al final del quinto cuadro de la obra de teatro, Sartre describe a María sentada en el establo, con un arrebato poético, reconociendo lo positivo de su ser. Escribe con una delicadeza y cariño que resaltan el lado protector de José por el pequeño bebé.  Un asunto que muestra un Sartre diferente al de la “Náusea”, “El Muro” o “El Ser y la Nada.” 30 años después, influenciado por Simone de Beauvoir, daría una interpretación negativa, explicando que la obra era netamente política: 

Hice Bariona, que era horrible, pero contenía una idea teatral […]. Los alemanes no habían comprendido la alusión, veían en ella sólo un espectáculo de Navidad[iv]”.

El ateísmo que Sartre sostuvo casi 63 años, era, en esencia una mera idea, no un dogma. Una concepto que se desprendió de él como una prenda al dejar el existencialismo para  militar en la ideología marxista. Por eso es que creo, el filósofo francés jamás entendió a Soren Kierkegaard y mal interpretó su tesis del “abandono absoluto” basada en el patriarca Abraham. La mera lógica de su sistema ateo nos lleva a preguntar: ¿Cómo desgajó el existencialismo de la idea de Dios?

No hay duda que en el sistema epistemológico de Sartre, su lógica lo lleva a rechazar cualquier tipo de Gracia que exista. Dios por lo tanto es un enemigo, un extraño frente a la realidad de la libertad. Su genialidad reside en plantear un existencialismo ateo con enfoque humanístico y sostener ese mismo ateísmo carente de argumentos que, en realidad, fue desarticulado o asimilado como un estadio más de su obra.

Hoy, en pleno natalicio del último gran filósofo del siglo XX, ¿Cómo se entiende esta actitud apóstata? Cómo comprender a un Sartre que tan voluble con las ideas, pero congruente con su pensamiento, pasa del cristianismo al existencialismo, del existencialismo al marxismo y del marxismo al humanismo. Por ello es que justo aquí, en la última etapa de su vida, se puede entrever ante la puerta cerrada que ocultaba una verdad guardada casi medio siglo: que Sartre fue un santo filósofo.  Las  últimas palabras, que realmente fue una, mientras estaba agonizando en un camilla, son realmente reveladoras:

¿Cómo vamos a hacer para pagar los gastos del entierro?

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Sartre muere el 14 de Abril de 1980. Claude Lanzmann dijo de aquel entierro que era que era “la última manifestación del 68”. Fue un acto de masas indiscutible, sin parangón con el entierro de ningún otro filósofo. Todos los presentes eran conscientes de la solemnidad del momento, como si con el filósofo hubiera muerto toda una época.

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[i] Schnakenberg, Robert. Vida secreta de grandes escritores. Quirk Productions inc. Barcelona. 2008. Pág 231.

[ii] Ch. Moeller, Létterature du XX siècle et christianisme, II, La foi en Jésus-Christ, Tournai-Paris 1957, p. 348

[iii] http://saberesperar.wordpress.com/2009/12/26/la-virgen-maria-en-la-gruta-de-belen-por-jean-paul-sartre/

[iv] Cit. En S. De Beauvoir, La Cérémonie des adieux, París 1981, p. 238.

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