Crítica para los que nacimos y vivimos en los noventa: «Alguna vez, mi casa»

Comentario crítico y personal sobre «Alguna vez, mi casa», de Eduardo A. Rios Cañamero (Perú, 1994)

Tenía razón Eduardo cuando dijo que este relato me iba a gustar un montón. ¡Y cómo no iba a hacerlo! si yo también formo parte de esa colonia de curiosos especímenes que los antropólogos contemporáneos (en alianza con los “grandes sabios”) llaman “Generación millennial”, o que hasta la misma “Generación X” (alias “Generación perdida”) ha bautizado como la “Generación nostálgica del milenio”. Pero, en fin, espero que disfruten de esta narrativa que nos transporta hacia esos días de infancia que nunca volverán, pero que permanecerán vivos en nuestros corazones.  

Elizabeth Peláez

Alguna vez, mi casa

A los que nacimos y vivimos en los 90’s

Alguna vez, tan solo alguna vez, aquella casa del medio fue mi casa.

Alguna vez, viví en esa gran casa, la cual tenía tres ventanas, un balcón, una cochera y dos puertas, una de entrada y otra de salida. Si uno se acercaba hacia la vereda del frente y abría la mirada, podía observar un rostro raro de cuadros raros.

Alguna vez, pensé en lo curioso que era creer que la fachada era como un ser que siempre me invitaba a pasar sin sentir desconfianza. Una vez dentro, me sentía libre como una lombriz, ya que me paseaba por cada rincón de la casa sin perderme.

Alguna vez, fui ese niño que corrió sin cansarse por ese patio que tenía un piso desnivelado de cemento gris. Tenía un parecido a las dunas de la tierra que había en mi jardín, sin muchas plantas y flores, y rodeado de piedras del mismo color.

Alguna vez, en aquellas tardes cuando no había nadie en mi casa, descubrí que había muñecos que, al meterlos a una batea llena de agua, crecían como Godzilla en el mar buscando una ciudad para invadirla. Lástima que mis muñecos solo encontraban el mar.

Alguna vez, agarré todas las témperas Artesco que me habían regalado y empecé a pintar obsesivamente miles de obras “artísticas” en hojas bond. Llegada la noche, los colgaba en los cordeles para que mi papá los viera cuando llegase a casa. Solo quería escuchar de su parte: “bien, hijo, bien”.

Alguna vez, mis hermanos me prepararon una sorpresa en la sala. Yo estaba tirado en el sillón grande chupándome el dedo. Entonces, ellos llegaban, hacían una cola entre ambos, cantaban como romanos y anunciaban lo siguiente: “vamos a dar entrega… el biberón… del Edrón”. Mi reacción era inmediata para recibir mi biberón. Participaba del dramatismo creado por ellos y recibía mi objeto preciado como si fuera la corona de un rey. Amaba mucho mi biberón, porque siempre estaba lleno de leche con milo y era preparado por mi abuelita Marina.

Alguna vez, comprendí el paso del tiempo, el silencio y la noche en aquellos atardeceres rojos azules, mientras contemplaba el cielo y las estrellas que aún podía ver, pero que luego las dejé de ver, porque ya no estaban, se habían ido y me había ido.      

Alguna vez, me oriné en la cama temprano sin saber que había otras personas en mi casa. Cada vez que pasaba eso, es decir, todos los días, yo le gritaba a mi madre: “mamá, me oriné”. Un día escuché risas de varias personas en el patio luego de haberle dicho eso a mi mamá. Al salir del cuarto, vi a mi amigo Percy, que me esperaba para jugar con sus tractores que le faltaban llantas, y a nuestras madres, lavando la ropa a mano en el lavadero. Aún recuerdo el sonido producto del escobillado de las largas mañanas. 

Alguna vez, jugué con los chanchos de tierra o “chanchitos”, como les llamaba en mi jardín sin muchas plantas. Este se encontraba al costado de una escalera que no tenía barandas, pero que me gustaba sentarme ahí, luego de embarrarme, para seguir jugando con estos animalitos, porque se generaban nuevos mundos en nuevos espacios, donde cada uno tenía su nombre y su función. Ay, mis chanchitos.

Alguna vez, jugué con un columpio viejo que estaba oxidado yo solo. Había estado guardado por varios años en el cuarto de almacén. Al parecer, le perteneció a mi madre y a mi tío en su infancia. Trataba de impulsarme con mi propio peso, porque no había quien me contenga. Al final, solo miraba el otro asiento vacío y miraba el patio por la ventana del cuarto.

Alguna vez, subí al segundo piso y recuerdo ver la sala de mis abuelitos; a mi abuelito Carlos y a sus amigos conversando, mientras tomaban un cafecito; el balcón, del que no tengo memoria de haberme acercado, ya que me lo prohibían por ser inquieto; y el estante de libros, que no llegaba a alcanzar y que nunca pude leer. Qué lástima que desapareció.

Alguna vez, me compré una bolsa de Chizitos gigante, gracias a las propinas de mi abuelito. La tienda del señor Morocho quedaba en la esquina de mi barrio y cada vez que iba el vecino ya sabía qué iba a pedir. Cuando llegaba al cuarto de mis padres, me comía toda la bolsa yo solo. Mi estómago era inmortal y podía comer todo el día Chizito sin terminar en el baño con el estómago flojo.  

Alguna vez, me creí Superman y salté desde el segundo piso hasta el primer piso por la escalera larga. Esta tenía un descanso al llegar abajo. Uno podía ver la ventana que daba para la cocina y saber qué estaba cocinando Vilma. Saltaba, saltaba y saltaba, y no tenía miedo, porque podía volar.

Alguna vez, le enseñé a Vilma el abecedario, mientras cocinaba mi plato favorito, y ya pensaba que podía ser profesor de algo inconscientemente. Ella se movía de un lado a otro con todos los ingredientes, mientras repetíamos juntos las letras hasta matarnos de la risa por la forma en cómo las decíamos.

Alguna vez, volví llorando a mi casa, porque mis amigos del barrio no me querían dejar jugar con ellos o quizás solo me estaban molestando. Alex me dijo que no me preocupara y nos pusimos a jugar Playstation 1. Puso Crash Team Racing y me sentí más tranquilo. Luego de unas horas, mis amigos vinieron a pasarme la voz para que vuelva a jugar. Salí[epps3  y jugamos mata gente, kiwi, encantados y a las escondidas. Cuando volví a mi casa, estaba sucio y feliz.

Alguna vez, jugué toda la tarde Street Fighter II – The World Warrior. Había elegido a Ryu para pasar el juego[epps4] . Cuando llegué a la final con M. Bison, no podía ganarle, de modo que me frustré tanto que tiré el mando al suelo. Llamé a Alex y me encontró llorando en el cuarto. Me dijo que qué me pasaba y le dije “ponme para que no me maten”. Alex sonrío y mató a M. Bison. La pasamos y vimos la historia de Ryu.

Alguna vez, vino a mi casa mi amigo Junior, del colegio, y le robé, por primera vez o quizás una de las primeras veces, dinero a mi mamá.Todo solo para sentirme chévere con él. Mi mamá se dio cuenta de que le faltaban monedas cuando regresé con Junior de la calle. Ambos teníamos marcianos de chicha en las manos. Obviamente, la mamá de Junior se dio cuenta de todo cuando me preguntó con qué dinero compramos esos marcianos. Para mi mamá fue una vergüenza y para mí también con los años.

Alguna vez, me hice el desmayado, porque mi mamá no me dejó salir a jugar con mis amigos del barrio y mi mamá me sacó en sus brazos para pedir ayuda. Muchas personas acudieron rápidamente, hasta mis amigos, y mi tío Jeny, que en ese momento vivía al frente de mi casa, vino como si no hubiera pasado un segundo y mencionó que me pondrían una inyección. Esto hizo que me despertara de golpe y el miedo de mi madre parase. De la que me salvé.

Alguna vez, me escondí en el baño para que mi papá no me pegara, ya que, si hacía algo que a él le molestase, me decía que lo espere en su cuarto, pero yo no lo hacía, porque sabía que me agarraría a correazos. Así que esperaba dentro del baño hasta que se olvidara.  

Alguna vez, tuve que cruzar el patio de noche cuando no había ningún interruptor de luz que ayudase a alumbrarlo. Tenía que correr muy rápido para escapar del cuco. Solo tenía que llegar al cuarto de mis padres, donde dormía con ellos, para poder encender el foco del cuarto y no tener más miedo. Una vez prendida la luz, me tiraba en la cama, me calmaba y miraba la puerta que daba para el patio. Todo seguía oscuro.

Alguna vez, dormí con Vilma, porque tenía miedo del cuco y me abrazó fuerte hasta que pude descansar en su regazo. Me sentía protegido y el cuco se había ido.

Alguna vez, con mis hermanos, robamos cable del vecino mientras nos trepábamos hacia el otro techo para parchar su cable y que nuestra antena pudiera captar los canales de Cable Mágico. Queríamos ver los 100 más pedidos de MTV y South Park. El vecino se dio cuenta y se lo contó a mi papá. No nos castigó, menos mal.  

Alguna vez, cuando ya teníamos cable, vi los mejores programas de televisión como Leyendas del templo escondido, Le temes a la oscuridadEscalofríos Hey Arnold. Estos marcaron mi infancia de tardes noches luego de llegar del colegio. Cuando llegaba a mi casa, tiraba todas mis cosas al piso y me iba corriendo al cuarto de mis papás para ver qué estaban dando en Nickelodeon, Foxkids o Cartoon Network. Además, como era la hora del lonchecito, mi mamá siempre me preparaba mi leche con milo y me lo traía al cuarto. Por fin era libre.

Alguna vez, agarré las viejas cintas de cassettes y aprendí a grabar canciones de la radio. Me gustaba grabar cualquier cosa, sea música o hasta mi voz hablando tonterías. Dónde estarán esos cassettes.

Alguna vez, recuerdo haber escuchado a los Kiss en un cassette de VHS de mis hermanos y haberme traumado con la canción Thrills in the night a tal punto de cantar y saltar como loco por las tres camas del cuarto donde dormía con mis hermanos. Los solos dela guitarra de la canción creo que marcaron un antes y un después en mi vida.Había descubierto el rock. Luego de mi catarsis, tenía que limpiar todo el desorden que había hecho antes de que mis hermanos se dieran cuenta. Las sábanas y las almohadas siempre terminaban redadas por el suelo. Qué desastre.

Alguna vez, me rompí la cabeza en el baño, mientras me bañaba con mi hermano Alex y mi primo Renzo, luego de haber jugado carnavales en el patio. Estábamos desnudos y nos bañábamos con las mismas botellas de agua de tres litros con las que estuvimos jugando. Recuerdo que les dije que iría a llenar mi botella hasta que al intentar cruzar la bañera me resbalé y pude sentir cómo mi cabeza se volvía más húmeda hasta darme cuenta que salía sangre de mi cabeza. Solo grité y abracé a mi hermano.

Alguna vez, jugué de nuevo con ellos, la pasamos genial toda la tarde hasta que mi papá vino y se encerró solo con Alex, porque al parecer había jalado tres cursos en el colegio. Uno de ellos fue Religión y la razón fue por no tener cuaderno. Renzo se fue rápido a su casa y yo estaba afuera del cuarto escuchando todo. Creo que fue una de las peores veces que mi papá le pegó muy fuerte a Alex.                     

Alguna vez, me traumé tanto con Los caballeros del zodiaco, de modo que con mis hermanos nos construimos armaduras hechas de papel de cuaderno ALPHA, ya que era lo único al alcance. Yo era Seiya; Jonathan, Hyoga; y Alex, Shiryu.           

Alguna vez, Jonathan nos propuso ahorrar de nuestras propinas del colegio para comprarnos un Nintendo 64. Al final, todo fue un fracaso, porque cogimos la plata para gastarla en comida y golosinas. Todas las consolas que tuvimos en algún momento fueron prestadas, excepto nuestro Super Nintendo y nuestros cassettes de Super Mario World, Donkey Kong Country, Top Gear, Street Fither II y otros más.                 

Alguna vez, mientras comíamos en la noche, mi papá se sacó la correa y la dejó en la mesa para que me termine todo mi plato de mondonguito a la italiana. Quizás, esa es la razón por la que aún detesto ese plato. Recuerdo que me hacía el que comía y botaba la comida al piso para que crea que estaba comiendo. Hubiera deseado tener un perro que me ayudase con eso.  

Alguna vez, me peleé con Carlitos en la puerta de mi casa por ninguna razón. Simplemente lo golpeé y él se dejó golpear. Luego su madre vino con él a mi casa, me llamó la atención y me dijo que no debíamos pelearnos. Nunca más volví a pelearme con él y seguimos siendo mejores amigos. La reconciliación fue irnos al play del tío carnicero. Yo pagué la hora.

Alguna vez, a mis siete años, mis papás me dijeron que aliste mis cosas, porque nos mudaríamos de casa, a la nueva casa de mi abuelita Marina. Solo miré mi patio y no dije nada. Pasé mi último día con Carlitos antes de mudarme. Nos fuimos al play del tío carnicero a jugar nuestros juegos favoritos y tuvimos media hora gratis para jugar Bust a Groove 2 y después Metal Slug X.  Me acompañó dos viajes de la mudanza para seguir jugando como si fuera nuestra última vez. Cuando volvimos para llevar las últimas cosas, mis amigos del barrio ya se habían corrido la voz de que me iba. Me tuve que despedir de mis amigos como si les dijera que mañana saldríamos a jugar a las escondidas. Abracé a Carlitos y a mis demás amigos, miré mi casa y me subí al auto de mis padres. Yo atrás, ellos adelante. Cuando el carro empezó a avanzar, vi mi casa y los vi a todos por la ventana grande intentando alcanzar a ese auto que me llevaba hacia otro lugar. Vi sus siluetas moverse cada vez más rápido, los vi correr levantando sus manos y gritando mi nombre, y yo solo los miraba, solo sonreía mientras levantaba mi mano y caían mis lágrimas para intentar despedirme de la misma forma. Rápidamente, volteé de reojo a ver a mis padres. Ambos también estaban lagrimeando y mi mamá me sonreía. Me di cuenta de que no estaba solo en mi dolor. De pronto, vi mi barrio, sus casas, sus árboles, sus puertas, vi a mis amigos correr con más fuerzas, escuché por última vez sus gritos de despedida hasta que el auto giró en la esquina y ya no vi más a mis amigos. Solo miraba las pistas agrietadas de San Martin de Porres cómo se alejaban poco a poco del auto. Ya no había vuelta atrás. Era el inicio de un nuevo camino.

Alguna vez, tan solo alguna vez, viví en esa casa. Alguna vez, esa fue mi casa y ahora ya no es mi casa. Alguna vez viví experiencias que no volveré a vivir, pero podré revivir cada vez que las recuerde. Ahora la miro desde la otra vereda y me siento ese niño que alguna vez fui.    

COMENTARIO CRÍTICO

“Alguna vez fue mi casa” es uno de los más recientes homenajes escriturales para todos aquellos que nacimos en los 90. Y lo digo porque, independientemente de la nacionalidad, el género (o “condición biológica”, para no ahondar en otras formas de expresión identitaria infinitamente posibles), la condición económica u raíces étnicas, los “millennials” compartimos más de una razón que nos une de manera simbólica, pero sobre todo una que resalta en particular: la nostalgia por una década que finalizaba una era e iniciaba una nueva con grandes presagios fatalistas (“¡ES EL FIN DEL MUNDO!” decían algunos autoproclamados Nostradamus”), pero también con grandes esperanzas (el avance de la ciencia y la tecnología como nuevo paradigma de democratizacion de la evolución humana).

Apelando a uno de los principios de la teoría posmoderna (como “buena literata” no puedo evitar esa propuesta analítica en las producciones creativas contemporáneas), señalaré el uso repetitivo (y anafórico) de la frase “alguna vez” para recalcar, por un lado, el sentimiento de nostalgia y ternura que nos produce una frase que nos recuerda al inicio de nuestros cuentos favoritos leídos en nuestros días en el jardín de infantes: “había una vez…”; y por otro lado, el uso técnico y estético pertinente de esta frase para presentarnos de manera “fragmentaria” diversos recuerdos que una voz narrativa adulta, emulando la voz de un yo infantil pasado, nos relata a manera de microrrelato en cada párrafo del texto en mención.  Asimismo, no podemos descartar los vínculos de esta escritura particular con la crónica y la poesía en prosa, esta última propuesta, desarrollada y visibilizada por el movimiento poético peruano Hora Zero (de gran influencia, directa o indirecta, en las nuevas voces artísticas y literarias de latinoamérica e incluso europa).

Quién no recuerda aquellas exploraciones a lo Robinson Crusoe (o emulando a los chicos de la versión educativa de Discovery channel) para descubrir la naturaleza de nuestra tierra que se esconde en el mismísimo jardín de nuestras casas: “Alguna vez, jugué con los chanchos de tierra o “chanchitos…”. Y claro, tampoco podían faltar las exploraciones realizadas hacia los rincones prohibidos del ambiente hogareño: “Alguna vez, subí al segundo piso y recuerdo ver la sala de mis abuelitos; […] el balcón, del que no tengo memoria de haberme acercado, ya que me lo prohibían por ser inquieto; y el estante de libros, que no llegaba a alcanzar y que nunca pude leer. Qué lástima que desapareció”. Exploraciones que nos recuerdan a las emprendidas por el protagonista infantil de “Por las azoteas”, famoso cuento de Julio Ramón Ribeyro, escritor local muy querido por los peruanos y peruanas que leímos alguno de sus relatos en los textos escolares de los años 90.

Quién no se ha identificado con esas tardes de juego junto a los amigos y amigas del barrio, jugando a las chapadas, matagente, encantados (en habla coloquial peruana, estos juegos consisten en incansables correteos y atrapamientos mutuos, algo que no sé si seguirán haciendo los niños de hoy en día.).

Todos aquellos que hemos tenido el privilegio de ser el hermano(a) menor de la casa hemos sido la excusa perfecta para jugar (como camarada o rival) de a dos en alguna videoconsola (¡quién no soñó con su propio PlayStation!) propia o alquilada en la casa de algún vecino o barrio cercano. Un espacio de fantasía perfecto para aliviar nuestros dilemas cotidianos de infantes: “Alex me dijo que no me preocupara y nos pusimos a jugar PlayStation 1. Puso Crash Team Racing y me sentí más tranquilo”.

Y cómo olvidar aquellos días cuando, cercana ya la hora mágica, nos apoyábamos en alguna ventana— o ,como nuestro pequeño protagonista, nos quedábamos en el patio hogareño— para contemplar el cielo con la esperanza de ver alguna estrella fugaz pasar (si leyeron al principito que paseaba entre planetas entenderán aún mejor a qué me refiero): “Alguna vez, comprendí el paso del tiempo, el silencio y la noche en aquellos atardeceres rojos azules, mientras contemplaba el cielo y las estrellas que aún podía ver”.

Otro de los recuerdos que también evoca con ternura nuestro pasado infantil es aquel donde el personaje protagonista utiliza todas sus temperas Artesco para mostrar su talento artístico, o donde le enseña a la empleada o nana de la casa (en Latinoamérica, o al menos en Perú, suelen ser la misma persona por temas monetarios) sus dotes de nato docente para aprender las palabras del abecedario (aquellos que nos dedicamos al arte, sin duda recordaremos nuestros universos fantásticos o maravillosos creados al estilo de Cartoon Network o de animes como Dragon Ball o Pokémon).

Pero, claro, tampoco podemos idealizar a la infancia como un estadio de pura inocencia y ternura (nuestra querida Silvina Ocampo sabe muy bien como demostrar ello): alguna vez hemos robado algún dinerillo para comprar golosinas, fingido enfermedades para evitar ir al colegio o al doctor, o encerrado en algún recinto del hogar para que nuestro padre o madre no nos persiga con las temidas correas (nuevamente, si creciste en un típico hogar latinoamericano, sin duda que recordarás muy bien estas “travesuras” de infancia).

Y, finalmente, llega el momento de decir adiós al hogar de la infancia. Si como la nostálgica voz narrativa del relato tuviste que dejar tu primer hogar muy temprano (o si te cambiaste de escuela o si perdiste a algún amigo muy querido…en fin, si perdiste algo valioso en tus primeros años de vida), sin duda que la escena final te hará llorar, o al menos sentir nostalgia por esos recuerdos de una época “retro” que nunca volverá, pero que sin duda quedará en nuestros corazones al mismo estilo que los años maravillosos de Kevin Arnold (una serie que también añoramos de aquellos días de escuela y leche con galletas Oreo): “Alguna vez, tan solo alguna vez, viví en esa casa […]. Ahora la miro desde la otra vereda y me siento ese niño que alguna vez fui”.   


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Eduardo Andres Rios Cañamero (Lima, Perú, 1994) estudia Creación y Producción Escénica en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es cofundador (junto a Edson Tapia) y baterista de Animal Insomne, banda que fusiona la poesía con el rock instrumental, la cual ha participado de distintos conciertos y festivales (FAMI 2018, API FEST, Dromedarios Mágicos en Comas, etc.). Ha participado de diversos talleres y seminarios relacionados a las artes escénicas, como el Taller de Composición Germinacciones, con el maestro italiano Luca Belcastro, el seminario La astucia del cuerpo, con el maestro Argentino Jorge Eines, entre otros. Ha escrito dos obras dramatúrgicas (Artista y Pasaporte). Ha dirigido dos obras teatrales (La señorita Julia, de August Strindberg, y Fragmentos de teatro 1, de Samuel Beckett). En el ciclo 2019-1 ganó la categoría de mejor poema propio en Cuentos de otoño: Homenaje a César Vallejo, organizado por Letras, Ciudadanía y Política, y Oprosac. Ha publicado un poema titulado Casas Rojas en el libro de antología Taller de poesía siniestra y patográfica de la editorial Lumpérica Cartonera. Ha publicado cuatro poemas (Poemas que danzan por la cuarentena de mi ventana y Poemas siniestros) en el boletín Creacion(es) de la especialidad de Creación y Producción Escénica de la PUCP.

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