Caradrio o bajo las sombras de los santos – Eduardo Gutierrez Espinoza

Memoria, instinto, fantasía y realidad, son algunas de las palabras que se asocian a esta historia. En medio de la nostalgia, una revelación. Narciso y Voleur transitan rutas desconocidas. Intensos movimientos desde, y hacia su propio ser.

Caradrio o bajo las sombras de los santos

—Antes se decía que en la ciudad sólo había dos estaciones: la de invierno y la de autobuses —dijo Narciso. Aquel varón imberbe que caminaba por las calles de la ciudad mientras el cielo acariciaba con sus lágrimas las fachadas de los edificios coloniales y de la imponente catedral. Los ángeles y los demonios, tallados por mágicas manos sobre cantera rosada que ilustraban alguna página de las Sagradas Escrituras, lloraban con amarga pasión y las gotas caían sobre las baldosas antiquísimas que fueron transgredidas por el fuerte mazo de la modernidad. Las luminarias, incrustadas como joyas artificiales sobre el suelo, iluminaban las fachadas como si de una Première hollywoodense se tratase. Se detuvo frente a la fachada principal de la catedral y por un efímero instante su sombra formó parte de la mezcla barroca del edificio: era un pequeño Pantagruel que miraba soezmente, como si quisiese robar la cabeza de algún santo para hacer un collar pintoresco. Escuchó un chsst largo y agudo que el viento se llevó hacia el horizonte. Él miró hacia atrás, después se dio cuenta que el emisor del silbido estaba frente a él. 

Las luminarias del suelo dejaron de resplandecer y la catedral fue tragada de un solo bocado por la oscuridad. Narciso percibió un aroma cítrico, como a naranjas con un toque de rosas silvestres, y le recordó el primer viaje con sus padres a la playa. Su nariz veía por él, danzaban sus células con el halo cítrico en la espesura de la noche. Sintió un vaho cálido en la nuca que le erizó los vellos; el aroma cada vez se volvía más denso y los recuerdos de la infancia golpearon cual martillo sobre una ardiente espada. Al fin, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y entre las sombras pudo distinguir una figura que ocultaba su rostro con una capucha cuyo color era indistinguible. ¿Un alma en pena o un noctámbulo perdido por las calles de la ciudad? No, no, no era momento de suposiciones banales, debía llegar a casa para secar sus ropas húmedas por las lágrimas celestiales. 

—Buenas noches —saludó el joven con una voz tan baja que parecía un susurro del viento. Según creyó Narciso, el extraño sonrió a través de la negrura —, vaya que este clima está loco, por la tarde el calor… pero qué calor, tan seco… y ahora este frío. 

No hubo una palabra como respuesta sino una risa o tal vez un quejido amable y educado. El joven sonrió, supuso que el desconocido no era un él sino un ella, debido a la complexión y la risa aguda. La curiosidad por saber quién era la interlocutora acometía el delicado muro mental del muchacho que, en cada momento, el nerviosismo, característica propia, se desvanecía. 

— ¿Quién eres?

Voleur— fue la respuesta que sintió el joven sobre sus nervios. Cada letra rasgó la piel para invadir la corriente sanguínea y refugiarse dentro del corazón, el templo de las sensaciones. Voleur, agresiva palabra que recuerda el trinar del viento. Después, escuchó en el silencio anima te amare, una voz tan aguda que le recordó las risas infantiles. 

La mente del muchacho era un mar en tormenta, cuyas olas de la incredulidad golpeaban las costas del raciocinio. Para su escaso acervo, aquellas palabras eran raras. Sonrió, como siempre, creyendo que tan sólo una sonrisa podía resolver su ignorancia. Miró hacia adelante y vio que Voleur, como la inmadura mente bautizó a la desconocida, se acercaba a paso lento con una gracia que ni los cánticos árabes podrían describir. Cada movimiento, como el rugir del Leon Nemeios que alguna vez usó para atemorizar a sus presas, hacía retumbar las piedrecillas y levantaba una invisible capa de vapores invernales. Estuvieron frente a frente al poco de unos segundos que, valga el cliché, parecían eternos como las rocas del arrecife donde Prometeo vertía su sangre en la mar. Narciso fue abrazado con una fuerza parecida al de un oso, los brazos de Voleur eran fortísimos. Después, vino la rareza: un soplo de vida, una caricia etérea disfrazada en un beso a la Béchamel, tan puro y único. Los cuatro labios se acercaron entre sí formando un corazón volátil.

—Jamás he besado des…

Voleur descubrió el rostro, aunque la misma oscuridad seguía ocultándola. Una larga cabellera cayó sobre los hombros, la cual fue acariciada por el muchacho. La textura era nueva y extraña para él, jamás había acariciado algo tan suave. El tocar casi se convirtió en una blasfemia. Las ásperas manos del joven bajaron hacia los hombros, después la cálida espalda tan delicada y, paradójicamente, poderosa. Cada nervio explotaba con la lentitud del alma que caía dentro de un torbellino, cada nervio se trasfiguraba en miles de líneas coloridas tal como ocurría en los sueños que Narciso había tenido dos, tres o quizás más ocasiones en su vida. Él sentía la musculatura de Voleur y afirmaba con un movimiento ocular el encantamiento que los encerraba en aquella prisión etérea donde los santos y los ángeles observaban con lágrimas en los ojos ¿tal vez de felicidad? El perfume cítrico con un toque de rosas salvajes, se volvía más fuerte y delicioso, como si las caricias provocasen un desprendimiento aromático del cuerpo. 

La mente de Narciso era un caos aromático y flotaba en un ambiente viciado por las formas de la ciudad, con sus edificios antiguos convertidos en un insulto gracias a la modernidad. Aquella cantera alguna vez rosada se volvió grisácea. Narciso y Voleur ya no seguían amarrados en las cadenas formadas por sus brazos.

La brisa sintió un estremecimiento. 

—Jamás he besado des…

Narciso y Voleur volvieron a abrazarse entre ellos, mientras que el tiempo y el viento los anudaba en unas caricias violentamente delicadas. Seguían besándose con una pasión, sobre las luminarias del suelo que arrojaban oscuridad por sus orificios. Narciso sintió volar sobre las nubes, su ligereza le agradaba y sonreía con su profana mente. Fue la primera vez que era acariciado, las manos no se sentían humanas. Narciso pudo ver entre la oscuridad una gran luminosidad que parecía no estar ahí, podía ser cegadora para aquél que no quería ver, mas las caricias de Voleur, como médula de caradrio, le permitieron ver a través de la retina oscurecida del alma. Aunque su vestimenta era pesada a causa de lo mojado que estaba, él se sintió ligero como una pluma, su ser se elevaba con el viento, sus pies dejaron de tocar el suelo y veía a través de aquella luminosidad lo inimaginable: dunas como béchamel, cielos con nubes de crisantemo, montañas rosadas y manzanos que daban frutos de oro; sonrisas en labios carmesí de rocas que se desdibujaban en un paisaje surrealista de mujeres azules. 

—Que caricias tan hermosas —pensó el joven.

El tapiz de su cerebro fue golpeado una y otra vez por mil y una imágenes tan efímeras como el abrir y cerrar de los ojos. Sufría un éxtasis enervantico. Los dedos de Narciso sintieron unas plumas, abrió los ojos y la imagen lo espantó demasiado que soltó a Voleur. Entonces, él cayó al abismo, vio hacia arriba y la blancura le ayudó a percibir la forma del desconocido: era un individuo que volaba con unas alas blanquísimas y muy parecidas a las de un caradrio. 

Entonces, comenzó a ver.

Adso Eduardo Gutierrez Espinoza (Zacatecas, México, 1988). Narrador, guionista de radio y cine, traductor, columnista en La Jornada Zacatecas y Golfa. Finalista en el III Edición del Concurso Internacional de Minicuentos “El Dinosaurio” (La Habana, Cuba), convocado por el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y el Centro Provincial del Libro y la Literatura de Sanctis Spíritus; obtuvo una mención honorífica en el V Premio Universitario de Narrativa “Elena Poniatowska”, (Aguascalientes, México), convocado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Su obra se ha publicado en La soldadera, el ya desaparecido suplemento cultural del periódico El Sol de Zacatecas, en el suplemento La Gualdra; también, ha participado en varias antologías de AlTaller, taller-seminario de Creación Literaria, convocado por la Universidad Autónoma de Guanajuato y auspiciado por el sello editorial Letras Versales.

Escrito por Margarita Losada Vargas

Neiva – Huila, Colombia. Aprendiz. Autora de los libros "Mejor arder" e "Impermanencia". Coautora de La persistencia de lo inútil y creadora de la plataforma online de poesía, literatura y arte www.lugarpoema.com Anda en bicicleta, patina los domingos, es profe en la universidad, y canta en una banda de punk rock.
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