¿De dónde viene la palabra «feminazi»?

Que el lenguaje, además de ideológico, es político no es ninguna novedad. La formación de palabras nuevas en el español da cuenta no solo de la creatividad de los hablantes sino también de los contextos en que esas palabras surgen y de los intereses que representan. Un ejemplo de esto es el término feminazi, con frecuencia utilizado para denigrar a los feminismos. Indagar en el origen de una palabra posibilita desnaturalizar su significado y evidenciar que el poder se manifiesta en y a partir del lenguaje.

Lo primero que habría que decir sobre la palabra feminazi es que fue inventada por Thomas Hazlett, profesor de economía egresado de la Universidad de California, y popularizada por el periodista estadounidense Rush Limbaugh, en la década del 90. El término había surgido en el marco de la campaña por la despenalización del aborto luego de que Limbaugh comparara el derecho al aborto con el Holocausto.

Feminazi es una palabra compuesta formada por la unión de una base acortada más una forma libre (o palabra entera), es decir por femi- y nazi. En ocasiones puede ser utilizada como sustantivo (las feminazis apoyan la legalización del derecho al aborto) o como adjetivo (las mujeres feminazis apoyan la legalización del derecho al aborto).

En cualquiera de las dos posibilidades es evidente que la creación léxica se forma a partir de las palabras feminista y nazi y que el empleo de ésta última no solo no es inocente sino que establece una comparación a partir de la cual se agravia y acusa a quién la recibe.

Los significados que se atribuyen a la palabra resultan tan interesantes como su formación. En cierto sentido mantiene el valor semántico que Hazlett y Limbaught dieron al término porque suele ser utilizado para categorizar o describir a las identidades sexo-genéricas que se expresan a favor de la legalización del aborto, pero también se emplea para designar a feministas a las que se describe como radicales. La creación, además de ser un insulto, genera una división entre violentas/os y no violentas/os; y esa caracterización contribuye a avalar determinados sentidos, que anulan la participación política, humillan, aislan, invisibilizan o incluso promueven agresiones físicas y verbales.

Con frecuencia, el alcance del término es tan difuso que basta con que alguien sea crítica/o, cuestione o denuncie la desigualdad para recibir la etiqueta feminazi. La palabra se vuelve un comodín. En todas las interpretaciones se produce una resemantización intencional del término nazi, porque es evidente que con su uso ya no se designa a alguien del partido nacionalsocialista alemán sino a una persona que, para un determinado conjunto de la sociedad, es radical, violenta, atroz.

Llegado a este punto interesa destacar una paradoja: Para señalar la supuesta violencia del feminismo se recurre a un insulto, feminazi. ¿Qué es lo que hace que a nivel social se asimile fácilmente la comparación del feminismo con el nazismo pero no se reconozca la violencia simbólica que implica la creación y el uso de este término? ¿Cómo, de qué forma y quiénes determinan qué es lo violento? Volviendo al principio: Que el lenguaje, además de ideológico, es político no es ninguna novedad.

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