Manos mágicas de Buda

Donde miremos

hay frescor de luces,

de Dioses y de Budas.

Masaoka Shiki

La relación entre poesía y religión fue desde el comienzo del lenguaje ¿qué había anterior al lenguaje en el hombre? Preguntan Eduardo Nicol y Octavio Paz sin atreverse a sacar conjeturas ¿Qué fue primero en el hombre, la religión o la poesía? Tanto la Filosofía como la Literatura coinciden en que van de la mano desde antes del ejercicio filosófico. El rito se manifiesta por medio del canto, alabanza, danza, música y la musicalidad es cualidad inmanente del lenguaje poético. Dice Paz (1956) “La experiencia poética, como la religiosa, es un salto mortal: un cambiar de naturaleza que es también un regresar a nuestra naturaleza original” (p.137). La palabra poética se tiene por el estado “puro” del lenguaje, en ella, un concepto puede transmitir la emoción sin nombrarla o incluso juntar varias emociones en uno. El receptor evoca el estado del poeta o el propio y el sentido de un concepto contiene tanto lo particular como la universalidad. Esto explica que el lenguaje poético haya servido a la religión en todas las culturas vivas o extintas. Las máximas dan valor a la preceptiva necesaria para el adoctrinamiento, pero tanto metáfora como alegoría son pilar pedagógico en la religión, indispensable en la adopción grupal de un credo.

Las religiones encontraron canales comunicativos en las artes; el arte sacro dio forma, color y luz al poder invisible de la divinidad, otorgó imágenes a los creyentes para explorar el mundo mítico donde viven los seres divinos. La pintura, la escultura, el grabado, la literatura, el teatro y el cine, crecieron reafirmando el espacio de lo sagrado dentro de la conciencia humana, “La religión es siempre un asunto individual que afecta a la persona. Esto la sitúa al margen de cosas como la cultura…” (Keiji, 1999, p. 38). La religión es un objeto de interacción social en su estado utilitario, pero la experiencia de lo sagrado es interna e individual como refiere el filósofo japonés Nishitani-Keiji: la búsqueda del sí mismo es también una búsqueda religiosa, la duda sobre el sentido de la existencia aclara el vacío, el abismo bajo los pies.

Dice Paz “los objetos externos sólo pueden “Excitar o despertar la disposición divinizante”. No son ellos, sino esa elusiva disposición, la que los inscribe dentro de lo sagrado…El objeto no se da fuera, sino dentro, en la experiencia misma” (p.142) y habla de reacción a priori en la experiencia mística coincidiendo con Nishitani en que los objetos de la vida cotidiana, las cosas de la naturaleza, conectan con emociones específicas, reveladoras cuando emprendemos este viaje decisivo al interior. Aun cuando la religión tenga manifestaciones en objetos artísticos, no hay una conexión real ya que cada sujeto percibe estos objetos con cierta distancia si no ha logrado una conexión introspectiva. Ilustrativo a lo anterior, propongo el siguiente poema que pertenece al modernismo japonés, escrito por Hakushu Kitahara a principios del siglo XX. Poeta de toque simbolista, estudioso de la Literatura inglesa cuando ésta apenas era revisada y asimilada en Japón. 

PALMA DE LA MANO

En la palma de mi mano

reluce un Buda de Oro.

 

De mi palma reluciente

en un parpadeo

se esfuma el Buda de Oro.

 

Giro mi palma reluciente

buscando al Buda de Oro todo el día.

A pesar de que el modernismo en Japón provocó descontrol ideológico tanto en sus habitantes como en los artistas a nivel político y cultural, desestabilizando sus tradiciones casi negándolas en la esfera literaria, este poema rescata en su tema religioso, manifestaciones de tradición oriental: los gestos manuales, también conocidos como mudras. Mudra que significa “sello”, es el gesto simbólico con el que se concibe al Buda Mahayana. El origen de los mudras se remonta a Los Vedas, libros sagrados escritos aproximadamente en el s. V a. C., durante el periodo brahmánico. El Yajur-Veda, es el manuscrito que fija ciertos ademanes del vocabulario gestual para las ceremonias religiosas, la danza y arte hindú.

Para el siglo VI a.C., en India se practica el vedismo y el brahmanismo, pero aparece el budismo que logra más adelante, extenderse a otros territorios de oriente y parte de la popularidad de esta filosofía se debe a la simbología de sus representaciones artísticas. Al inicio el budismo Theravada predicaba la no representación de Buda; su arte se basaba en la abstracción a modo de predicar el sumo principio de la Nada. En 150 d. C., con el entusiasmo del rey Kanishka, el budismo fija su poder expansionista donde lo que se practica es un budismo nuevo llamado Mahayana, encargado de difundir la imagen del Buda: “La necesidad de difundir la doctrina a todas las capas de la sociedad…Va ser lo que lleve a representar a Buda. Necesitan ver encarnado este principio de iluminación en una persona de carne y hueso”, escribe la Dra. Mónica Cerrada Macías (2007, p.64).

Sobre esto tratará el poema místico de Hakushu Kitahara, “Palma de la mano” se divide en tres estrofas aunque de la traducción al español, no sabemos si respeta el conteo silábico origina como en otras obras de autores japoneses publicados. En la antología Un rebaño bajo el sol no aclara este detalle por desgracia, ya que la colección de poemas publicados está en la transición de las formas clásicas con las vanguardias europeas, innovadoras al interior de Japón durante ese periodo. Dentro de la imagen “En la palma de mi mano/reluce un Buda de Oro.”, el poeta manifiesta un Yo lírico metonímico en segundo plano, en el primer está el objeto “un Buda de Oro” que cabe en la mano como si fuera un dije, objeto ni pesado ni bultoso que trasmite un poco de la luz por el color en relación al material del que está hecho. El objeto demarca la situación y el espacio: la acción de sostener “un Buda” y la acción de refractar la luz. El Yo lírico se percata del “estar” del objeto por el tacto y la vista sin profundizar en las sensaciones; pues la mano juega el referente de espacio donde se sostiene el objeto.

“De mi palma reluciente/ en un parpadeo/ se esfuma el Buda de Oro.”: aquello que relucía en la estrofa anterior era el Buda, aquí cambia, la palma ahora es la que reluce. Un parpadeo ¿cómo un descuido o si fuera la expresión de una sorpresa, de un acto mágico? Esfumarse, desaparecer, lo material se ha vuelto inmaterial al tacto y a la vista. El poeta pierde el objeto valioso por unos segundos, que es lo que duraría un parpadeo. Antes la presencia, ahora la ausencia: “se esfuma el Buda de Oro” y este Buda es la Nada ¿Deja un vacío, es el vacío, qué es ahora? Quizá está más cerca del principio del budismo Theravada…

“Giro mi palma reluciente/ buscando al Buda de Oro todo el día.”, la mano ha cobrado movilidad, no es pedestal del objeto, algo sagrado quedó en ella y se transmite por la cualidad reluciente. La piel sólo reluce en un contraste de luz y sombras, aquí no hay luz exterior que predomine porque reluce por su composición interna: asumió la cualidad del objeto. La mano gira al expresar gestos. Las manos giran como en el baile sacro hindú. Dice la Dra. Mónica Cerradas que en los mudras hay una relación directa entre el gesto y el interior divino, los ademanes son una expresión externa de lo que se halla en el interior del ser. La palma que busca al Buda de Oro en el transcurso del día no está asustada por la pérdida del objeto, es la mano que ha asimilado el estado de lo sagrado:

En el caso del arte budista, el fiel toma sus gestos y los ejecuta emulando de algún modo los estados por los que Buda pasó hasta su Despertar…Y con ello trabaja los aspectos y cualidades espirituales adecuados que promueven este logro y en definitiva la experiencia mística. (Macías, 2007, p.87)

Y con ello el poeta nos hace partícipes de un evento de cambio interior porque el objeto y los elementos exteriores no eran en realidad de primer orden como aparentaron al inicio del poema ni aún con el valor que se le da al oro o a las representaciones divinas. El desapego a lo material es uno de los fundamentos del budismo, concientiza que el estar no depende del objeto exterior, pues el exterior no guarda una verdadera relación de realidad con nosotros mismos; sino que nosotros a partir del sentirnos en “el ahora”, somos quienes edificamos la realidad que ocupan los objetos; realidad cambiante dado que nosotros cambiamos según seamos viajeros en nosotros:

El hombre no está “suspendido de la mano de Dios”, sino que Dios yace oculto en el corazón del hombre. El objeto numinoso es siempre interior y se da como la otra cara, la positiva, del vacío con que se inicia toda experiencia mística. (Paz, 1956, p. 140)

Bibliografía

CERRADAS, Macías Mónica. La mano a través del arte: simbología y de un lenguaje no verbal. Madrid: Universidad Complutense, 2007. Digital.
NICOL, Eduardo. Formas de hablar sublimes: poesía y filosofía. México: UNAM, 2007. Impreso.
NISHITANI, Keiji. La religión y la nada. Madrid: Ediciones Siruela, 1982. Digital.
PAZ, Octavio. El arco y la lira. México: FCE, 1956. Impreso.
TANABE, Atsuko y Mondragón, Sergio (Trd.). Un rebaño bajo el sol. México: UAM, 1988. Impreso.

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