Eterna Hambrienta, Tegucigalpa

Recuerdo aun cuando podía salir y no me asediaba la imagen del muerto.

Esta allí, esperándome en la puerta de mi casa, pacientemente.

Es un adolescente. Casi un niño. Tiene una camisa azul y una gorra. Y el agujero de un balazo entre los ojos.

Me mira, tiene tristeza en los ojos. Usualmente, cuando les digo que se vayan, lo hacen. Pero este lo dejo estar. En su mano lleva una pistola. Negra como la brea. Como la noche de esta ciudad maldita en un callejón oscuro. Como el callejón dónde me lo encontré.

Estaba en el automóvil de mis padres. En la parte de atrás. Era un callejón oscuro del centro. Allí, lo vi parado en mi ventana. Di un grito porque pensé que era un asaltante que estaba golpeando contra nuestra ventana. Ven, rápido, dame tu celular y todo lo que tienes.

Pero volteé a ver y ya no estaba. Pero si parpadeaba rápidamente, seguía allí. Como cuando miras un rayo contra el cielo y su imagen sigue marcada a fuego en tus párpados. Así era este niño muerto de las calles de Tegucigalpa.

Mis padres voltearon a ver. Yo balbuceé algunas palabras. Mi madre me quedó viendo y hacia la ventana. Volví a la casa, aún asustada. Si cerraba los ojos, allí estaba.

Si cerraba los ojos, podía ver su casa. No la mía. La suya que era un cuartito en el centro, por el mercado. Su madre y su hermana. Un hombre repleto de sangre. Un grupo de hombres. Y el niño con una pistola y hambre en el estómago y una hermana pequeña que alimentar. Lo vi esperando en el callejón. Esperando. Por alguien a quien quitarle su dinero. Así como había intentado hacerlo al ponerse enfrente de mi ventana. Pero se metió en el territorio equivocado. Y terminó con una bala en la cabeza.

Con el tiempo, desaparece. Vuelve a su callejón. Esperando. Esperando desde hace mucho tiempo. Su cuerpo ya no está allí, su madre se lo llevo, y lo enterró en un minúsculo de tierra, de esa tierra roja. Pero espera por esa persona, ese dinero, esa salida para el hambre. Porque ahora tiene hambre, todo el tiempo. El hambre de un pedazo de semita, un café por la mañana, el olor al barro de la tierra, la caricia de su madre, la risa de su hermana, hambre, hambre, como la eterna hambrienta de sangre, Tegucigalpa.

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