RESEÑA: «El tercer policía y En Nadar-dos-pájaros» de Flan O’Brien

Título: El tercer policía y En nadar-dos-pájaros.
Autor: Flann O’Brien
Editorial Nórdica.
Traducciones de Héctor Arnáu y José Manuel Álvarez Flórez.

Flann O’Brien nació mujer. Muchos aún creen que el autor de En-Nadar-Dos-Pájaros y El tercer policía, títulos ahora publicados por la editorial Nórdica en un solo volumen, demostró una hombría sin igual al trabar narraciones sin apenas presencia femenina. Pero una carta de una tal Luna O’Connor al The Irish Times llegaba a una sorprendente conclusión. La firma O’Brien ocultaba, quizás, a una dama con su poblado bigote militar propio de todo escritor que se precie, el vello facial no debe ser una prerrogativa masculina, o bien a una joven talentosa con las hechuras de una Miss 1940. La autora de la misiva no aportaba prueba alguna. Solo su corazonada después de una lectura atenta que le reveló que tras esa prosa había una “tan humana, débil y alocada como yo”. Si eso fuera cierto, tendría más sentido la aversión de O’Brien a incluir un extenso elenco femenino en sus historias. No querría que nadie sospechara de su verdadera identidad sexual. Hoy en día se sabe que la dueña de las palabras de O’Brien se llama Evelyn McDonnell.

Luna O’Connor escribió al The Irish Times ya que allí se publicaba la columna Cruiskeen Lawn de Myles na gCopaleen, inseparable de la tal Flann O’Brien. Sabía que sus palabras llegarían a oídos de la aludida. Además, la misiva replicaba los hallazgos filológicos de gran envergadura de las cartas que su hermano Lir O’Connor había enviado poco antes a la misma redacción. En ellas se proponía que los principales autores modernistas tenían la nacionalidad irlandesa, incluida la autora natural de Galway Josephine Cumisky, más conocida por su seudónimo: Joseph Conrad.

Esta chica, Conrad, tenía el mar en sus venas. De tal manera que, a fuerza de dominar el argot marino, pasó de ser una sedentaria y estilizada señorita que paseaba soñadora por las pendientes suaves de Galway a una fornida hembra tan mal hablada como cualquier estibador de baja estofa preparándose para una tormenta inminente. Tal es así que le empezó a crecer un poderoso mostacho. Por tanto, la mirada distraída del curioso siempre creía ver en ella a un rudo marinero. En unas de sus navegaciones, Conrad arribó ante la presencia de George Sand, que lucía un traje propio de los caballeros más distinguidos de su época. La impresión causada en la hembra marinera la llevó a casarse con tan imponente señor.

Esta mareante transformación no tenía nada que envidiar a la ocurrida en la versión teatral de La crónica de Dalkey, la novela de Flann O’Brien. En una escena, el sargento Fottrell acaba por convertirse en su bicicleta de tanto hacer la ronda montado en ella. Un nutrido grupo en la platea rió al comprobar que la metamorfosis había ocurrido al estar apoyada en una puerta en la que se podía leer MNÁ. El resto no supo dónde estaba la gracia. Puede que el empresario hubiera pagado a los rientes para apuntar con sus carcajadas un chiste casi criptográfico.

El mismo O’Brien había dado con esa solución ante un grave problema provocado por el público del Abbey. Cientos de sus integrantes, groseros que sólo acudían a la función con el ánimo de reírse de cualquier cosa, aunque los que hicieran el ridículo sobre el escenario actuaran un drama conmovedor, arruinaban con su buen humor el arte teatral. Todo ello a pesar de las caras coloradas y las miradas severas de los “culturetas”, sus palabras no las mías, apostados en las alas de la sala. O’Brien propuso colocar a unos quinientos extras en el patio de butacas mientras se representaba la adaptación, modestos actores que habían ensayado dónde carcajearse y por cuánto tiempo, instruidos de forma certera por el empresario.

En concreto, estas risas las provocaba el saber que el sargento Fottrell no sólo había pasado a ser un objeto, sino que se había cambiado de sexo, era “una” bicicleta, ya que la transformación había ocurrido junto a la puerta del servicio de señoras, como se anunciaba en las siglas MNÁ escritas sobre la madera. Aunque para conocer todo esto había que haber leído a Myles na gCopaleen. En su columna titulada “Biciclismo” se advertía de esa extraña sensación de montar en una bicicleta que parece nuestra pero nos sentimos igual que si nos la hubieran cambiado. No es que alguien nos la haya robado. El articulista explicaba que cada bici tiene su personalidad, una vida privada y por supuesto su género. Las bicis hembra transmiten una “inefable alteridad” a los hombres que pedalean sobre ellas. Además, poseen la habilidad de cambiar de sexo. Por ejemplo, si uno monta en su recio vehículo puede notar que, en un momento dado, se comporta como una independiente bici mujeril. Entonces es que se ha producido un “pavoroso caso de ginandraformismo”, es decir, el “horrible acto de convertirse en una hembra” según la mentalidad de la época y, máxime, de Myles na gCopaleen.

A pesar de ello, algunos no comprendían por qué los hombres que intentan montarlas se volvían “cohibidos… ocupados en oscuras maniobras”. Ni la causa por la cual un hombre se llevó a “una” bici “al campo a dar una vuelta y volvió embriagado”. La solución de estos enigmas se hallaba en las páginas impublicables de El tercer policía, que aún no habían conocido la imprenta. Según las reglas físicas reveladas en la novela, al ir en bici se produce una comunión de partículas atómicas entre el ciclista y su vehículo. El sargento de la trama es, también, en parte bicicleta y, si esta es hembra, en parte mujer, mientras pedaleaba decidido por la campiña.

Muchos de nosotros, cuando niños, hemos tocado la pantalla de un televisor con la esperanza de comprobar a través del tacto la existencia de esos pequeños seres encerrados tras el cristal. Una vez sorprendí a mi vecino, ya en la madurez de sus doce años, poseedor de un cuerpo recio aunque tuviera la cara llena de grasa y alguna verruga, en medio de un acto menos comprensible. En cuanto creía que se encontraba a solas, se dedicaba a mirar por la rejilla posterior de su televisión de tubo tratando de adivinar a los diminutos que habitaban un mundo reducido. El mismo fantasioso nos trató de convencer un día de que lo que pasaba en las películas pasó antes en realidad frente a las cámaras. Que esas ficciones no las actuaban unos artistas. Si el protagonista sangraba hasta morir, ese hombre había muerto de verdad. Al principio nos reímos pues creíamos que nos tomaba el pelo. La seriedad de su postura ante nuestras insistentes réplicas nos hizo comprender que hablaba en serio. Entonces, nosotros nos quedamos callados por un rato al darnos cuenta de que nos hallábamos en presencia de un extraño. Al dejar de leer la prosa de O’Brien para volver a mirar a nuestro derredor, nos parece estar sentados en el patio de butacas observando un curioso mundo al que no encontramos el sentido que otros parecen hallar en él, descubrimos un entorno falto de realidad, una fantasmagoría tras un cristal.

Un “día de excursión”, varios compañeros del colegio llegamos al puente que cruza el estanque de los patos en el sevillano Parque de María Luisa. El agua nos reflejaba como en un espejo negro. Allí en medio, noté cómo la naturaleza aliviaba las tensiones que aprietan nuestro universo. A lo lejos, un alumno sordo se acercó al borde de piedra del enorme charco. Él, al igual que los ciegos, parecía vivir en el misterio. Su semblante siempre se remansaba en un gesto dulce, enmarcado por rizos rubios, casi cenicientos. A veces, esta calma desembocaba en unos sonoros ronquidos que irrumpían en medio de la lección. El rumor de la fuente susurró a mis oídos una orden: grita con todas tus fuerzas para comprobar si escucha o no. Mis amigos siguieron con sus voces mi mala idea. Uno de ellos, más salvaje, empezó a lanzar piedras al agua. Al hacerlo, parecía como si nuestras exclamaciones se escribieran sobre la superficie, en un papel carbón.

Mientras gritábamos, los cantos formaron una orla de ondas que corrían hacia el borde. Cada ola reflejaba a la anterior en un bucle. Mas, con el fin de que no se enfadara por imitarla, variaba un poco. El sordo vio las pequeñas olas y puso sus dedos por encima de ellas. Sus yemas leyeron el acuático documento escrito en braille, descifró ahí los gritos y nos miró alarmado. “Nos ha oído”, dijo alguien, ahora no recuerdo bien quién. Entonces pensé: “el agua memorizará esta escena por siempre, la memoria líquida embebe todo lo ocurrido en sus olas”, sin saber qué es lo que quería decir con certeza. Las tramas de O’Brien descifran mensajes ocultos como lo hizo aquel día el niño sordo.

Para algunos lectores toda esta confusión resulta demasiado exagerada. Quizás se consuelen con la idea de que, al menos, los espejos no les mienten cuando se miran en ellos. Ahí está su reflejo en el cristal, por tanto existen. Puede que otros, más desconfiados, hayan posado ante él sosteniendo otro espejo en sus manos, haciendo que esa única imagen se haya multiplicado hasta el infinito. Pero la incertidumbre no nos debe desesperar. Podemos asegurar la realidad de algo desde el mismo momento en el que empezamos a dudar de su existencia. Al caminar, una pierna avanza mientras la otra se queda atrás. Los escalones por los que subimos son los mismos que usamos para bajar. El asombro de las dobleces en las acciones más sencillas de la vida han generado las páginas más audaces de numerosos autores irlandeses, del estilo de Flann O’Brien, Brian O’Nolan o Joseph Conrad. Ellos se dieron cuenta de que entramos en este mundo de la misma manera que el que llega al umbral de una casa pero ha de quedarse a las puertas. Sin poder penetrar hacia el calor del hogar, ni escapar al frío de la calle, hemos de habitar el portal. O’Brien consigue un incómoda postura parecida: armar unas novelas imposibles de componer. Nada como esa literatura que no se puede escribir.

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