Arquitectura del vuelo: Nueva poesía ecuatoriana

Foto de Portada: Rafael Araujo (Serie Cálculo) en Experimenta

La proporción áurea y la secuencia de Fibonacci están relacionadas. La proporcionalidad y la armonía. El sinfín del vuelo de las aves y el cándido esquema intergaláctico. Posiblemente esto ya lo habrás leído en alguna clase de física o de filosofía. Para Galileo, las matemáticas, y los números, son el lenguaje de Dios en la naturaleza. Una estimación para tratar de comprender la cercanía entre el Misterio y lo Revelado. Sin embargo, ¿nosotros qué somos frente a un engranaje tan peculiar en la naturaleza? Rafael Araujo, pintor y profesor venezolano de geometría descriptiva y dibujo analítico, trata de explicar mediante el arte y la matemática el vuelo de la mariposa. Un cálculo que hasta al mismo Fibonacci conmovería.

¿Qué tiene que ver esto con la poesía? Que el arte lírico posee una proporción que, sin tapujos, podría ser una secuencia numérica: armoniosa, infinita, paradójica. Un ente, en sí mismo, que conmueve e interpele. La poesía, y el poema, serán alas de mariposa que revolotean desde el corazón del escritor a los sentidos del lector. Porque la poesía responde al ser humano que la busca. No endiosa al arte de la palabra, sino que lo aspira como aquel aliento divino que otorga vida al polvo. Quizá, el auge de las ciencias trae consigo esa anchura de la razón por comprender lo que no se deja ver, lo que se esconde dentro de uno, como un aguijón que hinca e hinca, pero que nunca sana, pero que nunca para. La muerte y el revoloteo de la mariposa son iguales: conmueven.

Por eso, presentamos a estos dos autores ecuatorianos que nos presentan sus poemas que sucumben a los misterios de la proporción y de la armonía. Voces nuevas que se abren paso y caminan entre fantasmas, sombras y colores.


GarzonCarlos Garzón Noboa (Quito, 1972) Poeta y pintor. Autor del poemario Erial y coautor de La voz habitada. Compilador de La muchedumbre de tu risa (la mujer negra en la poesía).

Camping

A mi padre

Ese río de la infancia,
disecado como un mirlo,
aún canta en mi memoria.

Mandala

Es tu voz desgarrando cada verso.
Es entrar maniatado en la contienda.
Es el lobo al mirar nuestro reflejo.
Es la zona del fuego que no quema.

Es la línea ilegible de la mano.
Es errar sobre páginas desiertas.
Es la herida en la frente del hermano.
Es el Hijo en el vientre de la Bestia.

Es el inútil oficio del paria
que, en silencio, remienda este poema.

 ?

A Julio Ramón Ribeyro

Me han mordido los dioses de la tribu:
ocultos como víbora entre rosas.

Soy un signo que pende del abismo,
un templo malherido en sus columnas.

¿Renaceré al margen de sus designios,
encarnado, esta vez, en Escritura?

Enemigo íntimo

Este hombre, cuyo cuerpo es un emblema,
batalla por liberar su fuego. Y en su lengua
la ceniza forjó un enigma.
Y no pregunta…

Es un hombre amotinado en otro hombre.

ES UN HOMBRE QUEMADO

El fuego ha borrado su edad. Y en sus quemaduras
está su fortaleza, su delirio
y el lugar de la contienda.
Y no pregunta…

En combate, su piel suda diamantes
y refleja el cielo.
Su piel es sacrificio.
Su piel huele a sándalo.

ASÍ ES LA PIEL DEL HOMBRE QUEMADO

Parece un Fénix que devoró sus llamas. Y en su carne
maduran todos los soles del Universo.
Y no pregunta…

¿ES ACASO UNA ESFINGE SIN PREGUNTAS?

El hombre quemado triunfa
y de nuevo se quema.
En su mirada se siente pérdida.
En su mirada fulgura el frío.

LA VICTORIA  ES GÉLIDA PARA ESTE  HOMBRE QUE SE    INCENDIA

El hombre quemado escupe
el enigma de su lengua. Y se pregunta
por qué pregunta que no pregunta.
Y no responde…

EL FUEGO TAMBIÉN HA BORRADO SU MUERTE

Despojos

*
La mitad de Dios penetra la noche
y esparce en su matriz
el semen ausente de la aurora.

*
No existe tiempo para este insomnio.
Solo la devastación agazapada en los ojos.

*
_________________________Espectrales fetos,
hastiados de mirar el vacío,
hurgan en el óvulo de la luna.
No hallan la faz de su existencia.

*
Pero mis ojos
con estos ávidos despojos se funden,
se engendran.
Completan la otra mitad de Dios.

*
Aun sin sol, amanece.

Magia

A Rodrigo Fresán

Entonces vi maravillado
cómo de las entrañas de su abrigo
iban apareciendo,
uno por uno,
los siete magnéticos tomos
de En busca del tiempo perdido.

Ofrenda

Señor,
incendia con tu voz
la zarza del poema.

Saga

Sin Reino,
me exilio en el silencio
y canto.

Fábula

Tierna luna del bosque,
tu sueño guarda
mi feroz fantasía.

Naufragioa

Asido a mis palabras,
la página se vuelve
un océano de alas.

Odisea

Ciénagas del olvido.
El loto
alumbra tu recuerdo.

Invasión

El caballo que habitamos
está vacío.

Catarsis

Contra el naufragio de mi raza,
abrí a tientas
sobre la isla nocturna de tu cuerpo
una fértil herida en dirección a Oriente.

Pero, desnudo, sin armas y entre víboras,
vi llegar al escuálido ángel de la aurora
con la cabeza de nuestro hijo,
segada por el hacha de la luna.

Mientras tú apaciguabas la furia
devorando los restos de niños que perecieron
bajo las piedras de la Ciudad maldita,
destruida para siempre
por el mar y tus manos.

Vocación

Me repugna la compañía de los débiles:
comunes aves para cielos tan altos,
pequeñas bocas para senos tan grandes.

Yo, la sed insaciable, el extranjero,
fatigo los desiertos persiguiendo un oasis
y arrastro serpientes atadas a mi voz.

Quien tenga pies de hierro
que abandone sus sandalias y me siga:
MI SUDOR INCENDIA LOS CAMINOS.

Los herederos

Mejor habría sido desollar a los íncubos
que soñar cómo nuestras propias hijas
seducían a la edénica serpiente;
sin embargo, seguíamos confiando,
dormidos al pie de las Escrituras,
en la protección de los oráculos.

Durante ese sueño fuimos muriendo uno tras otro,
acuñándonos en la tierra
como las últimas monedas
de un imperio repartido entre los bárbaros;
gobernado por parricidas y tiranos;
castigado por irascibles ángeles de fuego
que asolaron campos y ciudades,
y que borraron con ceniza del vientre de las madres
la inicial de la Sabiduría.

Desde entonces,
a ciegas y vestidos de vergüenza,
peregrinamos con frío por el Infierno,
imaginando ver de nuevo la Estrella,
con una herencia de sangre en nuestros nombres.

Destierro

¿Por qué una constelación de ángeles ha caído rendida ante el dolor de la carne?     ¿Hasta cuándo mi mano cerrada guardará en su cielo semillas del sol?

Menguante, la luna ovula entre ancianos cerezos,
mientras nubes de auras escarban la noche buscando restos de luz.

¿De qué sirve ahora que se despierte mi mano, si aún el fruto no nace?
¿Será un alivio clavarnos las plumas que se arrancaron los ángeles,
si la dicha migró?

Ojalá el sueño,
aquel árbol errante que ha borrado de sus hojas nuestros nombres mortales,
nos arrulle en su seno, hacia otras albas,
sin dolor.

Cima del sueño

Del viento,
el humo se defiende en espirales,
mientras piadosas manos enlazadas con el cielo
apaciguan los astros.

Abajo,
sobre un nido de rocas,
desdichados amantes que ardieron con la tarde
vislumbran ya en sosiego el vuelo hacia otros cuerpos de sus almas migratorias.

¿Por qué no haber intentado enjaular aquel destino
cuando soñamos que unas aves muy diáfanas,
ajenas al clamor de sus terrestres celadores,
se perdían en la noche?

Ascendamos también nosotros:
los amados, los siempre solos,
hasta esos nevados lechos de nuestros amantes que se fueron
y descansemos en el regazo de quienes todavía duermen.

Heráldica

¿Hacia qué miserables campos del honor
nos aventuramos los poetas?

¿A quién legaré la espada de mi lengua,
si todas sus conquistas las recuerdo amargas?

¿Qué falso emblema coronará mi lápida,
ahora que sobre el crisol de la página
el oro retorna al escarnio de los óxidos?

¿Exhumará la memoria cualquier vestigio,
alguna ínfima certeza,

o, si al nacer de los labios de la ausencia,
lo que perdure no sea más que el silencio
iluminando estas líneas cuando muera?

Cenotafio

A Charles Baudelaire

Indefenso me exiliaron en un tiránico cuerpo,
donde viví entre cerdos: marchito y humillado.

Pero, ahora que he retornado al vientre de Satán,
¿por qué besas y adornas mi tumba
con las flores más lozanas de tu huerto?

¡Hipócrita lector -mi prójimo-, mi hermano!,
ojalá algún día el veneno de tus labios
resquebraje, al fin, la envanecida piedra.

Sed

A Constandinos Cavafis

Volverá ya viejo
a las estaciones,
corrigiendo espejos,
persiguiendo voces.

Arderá de nuevo
al mirarse joven,
recordando noches,
clandestinos cuerpos.

Recordando un nombre… 

Que despierte el cantor

 A Rafael Alberti

Este viejo poeta,
en un bosque talado
sueña que, niño,
desenjaula su canto.

Con el alba en la voz,
resucita a los árboles;
y su canto es el trino
de algún río sagrado.

Arboleda perdida,
entre tus manos,
ya comienza a brillar
el primer fruto.

Whitney´s soul

Amor,
mientras tu voz se apaga,
un coro de niñas con alma de abeja
enciende tu imagen en mis ojos.

Así, cuando llore,
las lágrimas serán los silencios
que endulzarán mi tristeza.

Atlántida

El océano ha saciado su sed de relámpagos;
y ahora los amantes
navegan sumergidos en un barco sin proa.

De las profundidades, renacerá la Diosa.

Extinción

Es la noche
del eclipse de la luna
y del orgasmo de las dagas.

Del cuerpo y sus celadas.

Aves de fuego iluminan la masacre.
Se lastiman con sus picos.
Acechan.
Las Amazonas se alejan.
Están eufóricas:
en sus entrañas anida
el futuro de la estirpe.

Atrás quedan,
para las voraces aves,
los agónicos amantes;
ya fecunda sus heridas
el semen de la muerte.

Las vencedoras cabalgan
hacia la ciudad que las cautiva.
Llevan en el pecho mutilado
la señal viril de su casta.

Están sedientas:
quieren celebrar la victoria
con las mujeres de los vencidos.

Las viudas,
descifrando las estrellas,
saben que desde Oriente
se acercan las guerreras.

Entre lágrimas,
sacrifican a sus hijos;
y las esperan desnudas en los lechos,
como ofrendas.

Con el placer y la venganza agazapados
en la leche envenenada de sus senos.


SanttoriJorge Santtori (Quito, 1991) Cursó sus estudios en la primera escuela del Ecuador, el Colegio Mercedario San Pedro Pascual. Comunicador Social por la Universidad Centrar del Ecuador. Director literario de “Pluma Andina, editorial”. Director de contenidos de la revista “Filigrana”. Director de redacción del blog “La hora de los azules” y “Pluma de Cóndor”.  Su obra ha sido traducida al inglés, francés y japonés. Ha sido publicado en México en la revista, “La experiencia de la libertad” y en “La poesía del prójimo”. En 2019, publicó, el libro “Las primeras Flores”. En 2020, el poemario “Luna de fuego”. Como influencia máxima para sus letras tiene el precioso orgullo de haberse encontrado con Poe, Rubén Darío y Hugo Mayo. Está próximo a publicar “No me sueltes” y “Medina y el Mar”. Ha participado en varios encuentros de poesía dentro y fuera del País. Ganador, por tres años consecutivos, del concurso intercolegial de oratoria y declamación, escritura creativa y cuento leído, organizado por el municipio de Quito. Amante acérrimo del blues y de las aves.

I
La mujer que nunca tuve

No se dormirá sobre mi brazo cuando la tarde muera.
No acariciará su sonrisa las paredes frías bajo la ventana del bosque.
El humo del cigarrillo que manaba a los diecisiete años se ha difuminado en el universo.

La mujer que nunca tuve, vive en un retrato,
en un raudal de suspiros,
en el sinfín de los latidos.
Vive, en la consonancia de un abrazo
y de un beso a ras
del sudor del cuerpo.
Vive, en la asonancia de una caricia
y en la inmersión abusiva
de los turgentes dedos de la mano atrevida.
Vive, en la implosión azul y naranja
de un gemido atemporal.

¿imaginaría, tal vez, que luego de algunas décadas,
algún labriego de lo imposible estaría enamorado?
No,
claro que no,
pero,
¿qué sintió, al ver su rostro dentro del espejo sepia
de su imagen lisa?
No,
lo mismo que yo, está claro que no.

La mujer que nunca tuve es la mujer que siempre soñé;
de manos finas,
de cuello de cisne,
de cabellera libre,
de sonrisa definitiva.

Posiblemente, jamás sentiré el sabor de su boca,
ni el humo de mi cigarrillo se enlazará con su cabellera libre
ni mis turgentes dedos atraparán sus manos finas
ni mis besos mojarán su cuello de cisne,
pero, si el telón de la lluvia de abril se abriera
y yo la encontrara sola y con frío,
correría hasta su faz y le regalaría mi chaqueta.
Prometo que de encontrarla en la calle de mis lágrimas perdidas le diría, que me la paso inmóvil mirando su foto, y que he soñado con viajar en el tiempo, mientras me desplomo en el vacío.

II
Etéreo

Tan corpóreo es nuestro enlace,
que los dedos se mezclan con las venas,
y las venas portan lava;
se enredan,
y me tocas,
dejas el volante y te arrojas.
Sobre mí, te aprietas contra mí
y me besas como hace años no te besan.

Cinturones sin cinturas
y lenguas sin prejuicios.
Luces doradas definen tu perfil.
Yo te admiro en el silencio.

Abro los ojos y miro tu boca;
mordiendo,
lubricando,
apretando
y lamiendo mis dientes.
Entonces mis piernas sujetan tus dedos.
Entonces mi cuello siente tu lava.
Y es entonces…
cuando mis venas se inflaman de vos.

Me gusta cuando hablas,
porque te arrancas del mundo.
y mi alma te recibe;
recibe tus palabras
y no puedo más;
me arrojo sobre vos
y me aprieto contra vos.

Los poros se abren por el vapor de los cristales.
Y siento como la vida nos reclama,
nos exige,
nos llama,
nos pide,
nos abraza.

No sé decirlo mejor…
Mentí.
No es corpóreo,
es etéreo,
pues volamos juntos,
mientras conduces
por las desnudas calles de Quito.

III
Calle de mis lágrimas perdidas

Calle, ¡oh calle estrellada!,
respiro tu asfalto húmedo.
Siento…
Un vapor; miedo de la niebla,
un bosque a lo lejos y una luz tenue al final.
Acoges apacible la incuria de los peces de ciudad.

Hoy me suelto.
Me rindo.
Me siento en tu orilla a descansar.

Calle noche.
Calle invierno.
Calle musa.
Calle infierno.

Si tan sólo la luna te besara hoy,
si tan sólo no te hubieran apuñalado todas las razas.
El mendigo que duerme entre tus piernas,
el perro hambriento que lame tus agujeros,
el mirlo agotado o el lirón desesperado
o yo mismo…
tendíamos, ¡oh calle bendita!,
una cama,
un hogar.

Calle de calles.
Río negro que en su silencioso cauce
albergas el archivo perenne de historias miles,
de leyendas épicas,
de besos fugaces
y adioses eternos,
dame siempre un motivo para no olvidarte,
y niégame, si también me amas,
tu crueldad.

No saben, los peces de ciudad,
otra cosa que odiarte.
En cambio, yo que soy hijo de tus tardes anaranjadas,
fruto maduro de tus madrugadas azules,
yo que he penetrado tu oscuridad,
yo, te abrazo sin rencores.

Con esta sangre que emana de mis botas.
Con este serrucho filoso de mi espada de madera.
Con estas alas rotas que gotean cera derretida,
te juro que:
justo antes de morir exaltaré tu nombre.

Pero calle,
sabes que mañana despertaré lejos de tu fuego sordo.
Y una mujer nos separará.
Y aunque no será inminente,
Sé, que traicionaré tu desnudez
y me embeberé dentro de la suya.
Porque, ¡oh calle mía!, sos de todos y de nadie,
Y no puedo con esa verdad.

Si al Lirón o al mirlo los recibes sin desdén,
y al mendigo y a los peces de ciudad los destruyes indolente.
¿Qué harás pues, con este hombre moreno,
con este hombre que te ama?

Calle, ¡oh calle recoleta!
Calle de mi vida,
si escuchaste mis palabras,
dame un motivo para no olvidarte.
y suéñame, si deseas, sentadito y solo,
como hoy en tu vera gris.

Me prendo este cigarro con vos,
Como otras veces a esta misma hora.
Pero cuando vengan por mí…
¡Oh calle de mis lágrimas perdidas!
Déjame,
en paz,
escapar.

IV
Sólo pienso en ti

Dulce luna de este otoño febril.
A diez años de su ausencia consumada.
Por traerme de imprevisto el perfume de sus besos,
perfora su corazón y cuéntale:
que esta herida,
por falta de latidos,
ha permanecido abierta.

El sol no brilla desde que se fue.
Las flores no bailan desde que se fue.
Muertas están las golondrinas desde que se fue.

Persianas, cortinas.
Y una puerta inservible.
Pasto, asfalto.
Y una calle solitaria.
El cruel impase de la enfermedad
El inmundo viento de la desolación.
El atroz llanto de la muerte
Es todo lo que sin ella tengo.

Sólo el alquitrán la dibuja en la ciudad
Sólo el vino la pinta en mis palabras.
Sólo, y solo, pienso en su regreso.

Sombras, silencios,
y una ansiedad insaciable.
Miedo, oscuridad,
y una misantropía larvaria.
El protervo látigo de la pandemia
El abyecto síndrome de Estocolmo.
El procaz panóptico del encierro.
Es todo, lo que me queda sin ella.

Trémulo rocío de este frío abril.
A diez años de mi cobardía prolongada.
Por devolverme inopinado el sonido de sus sueños.
Penetra su alcoba y cuéntale:
Que mi alma,
mientras no sienta sus latidos,
permanecerá,
por siempre desierta.

V
Burning Heart

A Survivor. 

La mandíbula es un yunque
anclado a tus orejas.

Tus ojos son líneas cerradas
Que titilan perdidas dentro de
la bóveda del ayer.

Hace diez horas,
la sangre inundó tu boca.
Hace diez horas la luz
se apagó.
Hace diez horas
te contaron hasta diez.
Fue hace diez horas,
los besos tristes de mamá.

La sangre regaba tus cejas.
Los dientes mordían la derrota.
Las luces de las odiosas
cámaras fotográficas
te apuñalaban el corazón ardiente.
El referí, hace diez horas, te susurró:
Tranquilo mijo. Todo ha terminado.
Y Mamá, hace diez horas, derramó
su amor irreductible sobre tus lágrimas.

Gritos por doquier.
Manos extrañas intentaban levantarte.
Felicidad en caras apenas perceptibles.
Del otro lado,
El Pantera.

De verdad lo abrazaste sin rencores.
Aunque la verdad no querías hacerlo.
Fue mejor, fue mejor, de verdad.

¿Y el miedo?
Se quedó en el quirófano,
Agazapado en un rincón
junto a tu orgullo.
Los amigos que te acompañaban
cuando eras un puberto loco
te destinarán su lástima
Su piedad y,
ya no caminarán seguros junto vos.

De golpe,
los ojos se abren
5…
…6
7…
…8
nueve…

Y un rayo te revive el espíritu.
El cansancio se esfuma.
Alcanzas a mirar sobre la soga
los labios de Carolina y junto a ella,
los ojitos verdes de mamá.

Rendirse es imposible.
No habrá reproches en el quirófano.
tu mandíbula es como piedra
fondeada a la montaña.

Tus manos son martillos
que funden el acero sobre la
fragua ardiente del coraje.

En diez minutos la campana
replicará en el vacío.
En diez minutos la cabellera
de Carolina te cobijará.
En diez minutos,
todo acabará.
Y en diez minutos,
los abrazos dulces de mamá

VI
Tan lejos estamos de estar cerca

Otra vez después de las once,
y el reloj me lo deja saber.
Otra vez llego a tus pupilas
con forma de excusas despreciadas.
De nuevo has ignorado mi espada
y a este sable que ya no esgrimas.
De nuevo a mis lágrimas veo caer
iguales a pesadas letras de bronce.

Fracasa mi piel de fuego otra vez,
al sentir que congelas mis dedos y,
mis labios que quieren quemarte otra vez.
De manera humilde se retiran cobardes.
Sueño entonces que llegas lasciva de nuevo.
Que te fundes conmigo en la piedra y,
tus pétalos calientes florecen de nuevo,
pero al final despierto con frío,
muy lejos del verano.

VII
Ansiedad

Vibro al momento de despertar.
Descubro que el sudor es antiguo,
más antiguo que la vibración,
La ansiedad golpea sin clemencia esta cara,
Es igual a un balonazo certero.

Ahorro lágrimas, derrocho suspiros.
Entender que tu cama es un abismo,
más que la negra noche
duele en los cabellos
como un jalón abrupto.

Sueño despierto.
Despierto pesadillas.

Tanto espacio
sin fronteras.
Tanto espacio
sin palabras.
Tanto espacio
sin abrazos.
Tanto espacio
sin besos.
Tanto espacio
sin “buenas noches”.
Tanto espacio
y tanta ansiedad.

VIII
Adiós Rubia

El rose del durazno en mi mano,
de tu brazo el perfume, a mis dedos
manchados de tinta roja llegó.

Los rubios hilos de cabello lacio,
tu blusa celestial,
tu pantalón marino.
Tus ojos sobre mí,
sobre mí,
un imán de respuestas malas;
un juez, un profesor.

Rubia de la cuarta fila,
llegaste callada y coqueta,
una mañana antes que yo
mientras la lluvia besaba la ventana.

Vibrabas por el sonido de mi voz,
Temblabas por el espacio de mis silencios.
Mis palabras te intimidaban tanto
que no decías nada.

En el vacío, tu cuerpo voló envuelto en llamas,
y yo perdido en tus castaños ojos, te dejé entrar.
No pude evitar la envestida fugaz de tu deseo,
Sucumbí al fuego y me dejé quemar.

Las fauces del jaguar.
La piel de la serpiente.
La indómita fragancia del oriente.

Devoraste mis miedos.
Me enlazaste con tus piernas.

Rubia de la cuarta fila,
tus manchas selváticas;
quemaduras de cigarro,
tu soledad,
tu alcohol,
y tu lengua me gritarán:
que Sabina es tuyo,
que Frank Delgado te saca una sonrisa
y que la Habana Blues te pide perdón por mí,
y por esta despedida.

Ya no estará el que una mañana te besó en los pasillos del instituto.
Ya no estará el que te cargó cobre sus piernas en un bus.
Ya no está el gritón de siempre.
Estaré yo.
El hombre,
que mañana se irá.

VIX
Cobardes

¡Qué vanidad suponer que soy tuyo!
Soy sí, un poco, pero no como quieres.
¡Qué equivocación imaginar que eres mía!
Cuando paso, de tu mano por calle,
y un ave distraía y sonriente se estrella contra mi pecho,
yo también sonrío
y lo sabes.
Me puse perfume por vos,
es verdad,
pero no sólo por vos.

Cuando me besas,
lo haces con los párpados abiertos,
y si otros ojos te ven,
vos también los ves.

Te pusiste aquel vestido de encajes grises por mí,
es verdad,
pero no sólo por mí.

De pie frente a la ventana
o desnudos en la cama,
pensamos en política,
hablamos de religión,
y lo único que nuestros cuerpos pálidos,
de besos encogidos
y rígidos por el frío nos provocan,
es paz.

Que, si te amo preguntas, claro que te amo, miento,
porque a pesar de que la lluvia murió, sigo aquí.
Que, si me amas, pregunto, claro que no, respondes,
porque a pesar de que pudieras compartir con cualquiera
esta melodía repetida, te sacrificas por mí.

No soy tuyo y evidentemente no eres mía.
O bueno, un poco sí, pero no como queremos.

Ambos buscamos el silencio
mientras nos conformamos con fingir felicidad y,
un poquito de amor.
Ese, que no le encontraremos nunca si no entendemos
que el amor, para los dos, es todo, menos libertad.

X
Confianza

Las manos del sueño cierran con sigilo
mis parpados oscuros.
Despacio,
sin apuros,
la bruma se impregna en el horizonte.
Entonces tu imagen se presenta sonreída,
limpia y serena.

Me basta, para reposar mi vida,
la certeza de que antes de dormir me recordarás.
Vos sabés mejor que yo,
que te amo y,
más que nadie,
que me amas.

Respiro…
estoy vivo, confío
en tus palabras, en tus suspiros.

Me gustan tus silencios,
porque en la escena fría de una era digital,
siembras con esperanza
semillas de razón.

En la noche nos encontraremos en mis sueños.
Me abrazare a tu pecho y,
acurrucada en la pradera verde de nuestro amor
despertaremos sin frío.

Y respiras…
Estás viva, confías
en mis palabras, en mi aliento.

Te gustan mis despojos,
porque en las calles virtuales,
planto las semillas de paz
que un día nos brindarán sombra.

Te basta con sentirme tuyo para acostarte sin llanto,
pues todo el tiempo te pienso

Sé mejor que nadie que me amas y,
mejor que cualquiera que te amo.

Las manos tibias del cansancio cobijan mi cuerpo cansado.
La bruma se dispersa.
Entonces estoy seguro de un futuro a tu lado,

Nada poseo mejor
que la posibilidad de gritar:
amada mía, yo confío en vos.

XI
Mas de mil veces

Lejos está el lápiz de rayar
las penas que he aguantado sin vos.
Lejos tengo el fuego de tus labios.
Lejos, dentro de la niebla azul,
moran nuestros duendes cobardes.

Más de un millón de veces te pedí perdón.
Más de dos vidas he soñado en encontrarte.
Más de mil motivos me diste para no hacerlo,
Pero, la falta de amor, no fue uno de ellos.

Es el carmín de los labios tuyos
impregnado en nuestra última foto
mi banal reducto.
Es tu nerviosa letra; posdata y te amo,
sobre esta misma foto
la única constancia de que fuiste real.
Es la memoria un demonio,
Es la resiliencia una tontería.

No te quiero olvidar.
Quiero gritarles que me dejen llorarte.
No te quiero borrar.
Quiero que comprendan que algún día
volveré a sonreír, pero hoy no, es ese día.

Raya mi esfero el dolor de tu partida.
Tus labios de fuego se consumieron dentro de la tumba.
Y nuestros cobardes duendes se han buscado
otra pareja a quien cobijar con el efímero y leve manto
de la magia.

Más de un millón de veces me perdonaste.
Más de dos vidas me juraste amor eterno.
Más de mil razones tuviste para no hacerlo,
pero la falta de amor, indudablemente,
no fue una de ellas.

Es el azabache de tu rímel impreso
en el cuello sobre esta camisa,
mi vino y mi ambrosía.
Es tu sonría triste, en el éter de mis memorias
vivas, un puñal a mis pupilas.
Es la oscuridad mi mejor amiga
Es el mundo una cárcel perfecta,
pues no hay lugar al que pueda escapar
mientras te siga amando.

XVII
Otro día sin ti

Virgen de mentiras
Madre de seis.

Otro día sin tus piernas exquisitas,
sin la fragancia a familia
que es el cálido refugio
para tus amantes peregrinos.

Fui eso…
¿Un corcel,
una borrasca?
¿La imparable vorágine
de verdades sin bozal?

Otro día sin la humedad constante
de tus labios,
sin la furia de tus caderas lozanas
que son como miel para los zánganos.

Eras eso…
¿La hembra cerril,
la ubérrima tierra?
¿La niña incestuosa
transformada en boyante dama?

Diosa de papel.
Dueña de las flores.

Otro día sin tus manos arrugadas
Sin el sudor de ese cuello de cisne
que fue el elixir secreto
de mi talante.

Fui eso…
¿Un tronco joven,
una pilastra maciza?
¿La lengua de serpiente
que envenenaba tu flor?

Señora Guess.
Doña Mac.

Otro día sin tus perfectos dientes.
Sin ese canto de sirena
que ha hundido en un mar de lágrimas
a más de un bucólico navegante.

Fuiste eso…
Y probablemente aún lo seas;
una católica endemoniada,
una lasciva catequista.
La Patrona,
Y yo…
Yo fui tu leal
y profesor.

XIII
Perder el tiempo

Violencia.
Lujuria.
Mofas.
Violaciones;
perder el tiempo.

En el choque de fuerzas
el negro pierde.
Una mujer se desviste
gratis para todo el mundo.
La caída de un anciano
produce regocijo.
Se me rompe el corazón
frente a la pantalla de fb.

Las redes atrapan

Insomnio.
Frivolidad.
Falsa compasión.
Muerte;
perder el tiempo.

Los días son precarios
mientras la noche reina.
Una madre posa semi desnuda
junto a su cría.
Los colegiales protestan
por cualquier cosa.
Me quedo sin aliento
cuando pienso en Guayaquil.

Las redes subyugan.

Pánico.
Vanidad.
Escarnios.
Estafas;
Perder el tiempo.

Los medios viven de la sangre
que mana de las flores.
Un hombre encerró la poesía
en el locker del gimnacio.
Los optimistas ganan dinero
a través del móvil.

Las redes atontan el idioma.

Odio.
Envidia.
Falso interés.
Contubernios;
perder el tiempo.

Muchos de los pobres que odian
la riqueza quisiera ser ricos.
Un poeta apuñaló a su amigo
porque éste vendió libros.
Los editores no son más
que la caricatura de un banquero.
Las redes debilitan la amistad.

Escrito por Emilio Paz

Emilio Paz (Lima, 1990) Profesor de Filosofía y Religión, egresado de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Tiene publicados “Septiembre en el silencio” (Club de lectura poética, 2016), “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre, N°394, 2018) y "La balada de los desterrados" (Ángeles del Papel Editores, 2019). Posee trabajos publicados en diversos medios de Perú, México, Chile, España, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, India, Ecuador, Rumanía, Costa Rica, Suecia, Alemania, Italia, Cuba, Uzbekistán, Bulgaria, Francia; siendo traducido al rumano, francés, italiano, búlgaro, uzbesko, inglés y tamil. Ha ganado el “Mes de las Letras” (abril, 2017) de la Fundación Marco Antonio Corcuera y el IX Concurso internacional de poesía y cuento - Perú 2019 organizado por la revista "El Parnaso del Nuevo Mundo". Ha participado de diversos recitales poéticos, congresos de filosofía, siendo su línea de investigación la relación entre estética, poesía y educación. Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com/).

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