RESEÑA: «Cartas de amor a Jenny Colon» DE Gérard De Nerval

Título: Cartas de amor a Jenny Colon.
Autor: Gérard de Nerval
Editorial Wunderkammer.
Traducción de César de Bordons Ortiz.

Gerard de Nerval sentía el frío de la mañana en los huesos. Incluso la soga con la que pretendía adornarse el cuello se había escarchado. Al encorbatarse, los cristales de la áspera cuerda le irritó la garganta. Un preludio del abrazo mortal por venir.

Una de las causas de la sentencia impuesta por el mismo se llamaba Jenny Colon. Cuando esta actriz sonreía, parecía que un rayo de sol le golpeara los ojos. Las pupilas se encontraron. Su mirada sabía dulce y daba un poco de miedo. La derecha de la venerada apretó la izquierda del poeta.

Entonces, a Nerval le pareció que, por primera vez, era consciente de que tenía esa mano. Colon le traspasó su calidez a través de su palma. El trastornado sintió un sofoco doloroso parecido al que sentirá cuando se cuelgue. Él lo atribuyó a eso que nosotros llamamos premoniciones, pero que él conocía con el nombre de recuerdos.

A su alrededor, el pobre decorado invernal contradecía la templada cita. Faltaba el olor de las flores y del manto de hierba en las sombras sin perfume. No se escuchaba el canto de los pájaros ni el rumor de las aguas. La bruma y el hielo borraban todo similitud con la estampa que había previsto Nerval.

Aunque la mayoría de las veces la cómica ignoraba a esa sombría presencia que se refugiaba en una esquina del camerino. Luego, a solas, a Nerval le ardía el cuerpo al entregarse a pensamientos violentos en los que él hacía de víctima. Un metal le atravesaba el pecho desgarrando las entrañas. Las lágrimas empezaban a caer cegándolo. En vez de gritar, se echaba a reír. Las visiones le ayudaban a evitar que se colapsara allí mismo. Las llamas le derretían su piel de imaginado indio condenado a la hoguera, le consumía la carne para dejarla en los huesos de un proyectado mártir.

Le ardía todo menos la frente, sobre la que sentía un helador círculo de hierro. Con el fin de refrescarse, caminaba hasta que pasaba la tormenta de fuego. En su deambular, apenas podía ver a los extraños que le salían al paso. Un febril mareo le hacía ver a través del cristal empañado de su mirar. Casi no podía avanzar sin trazar curvas ensimismadas.

El pasado le retumbaba en los oídos, lo que Jenny Colon había dicho. Que ella nunca había estado enamorada de él. Que prefería a otros hombres. Tropezó y estuvo a punto de caer al suelo, al rememorar cómo él la amenazó con quitarse la vida por culpa suya. Nerval, como tantos poetas, había puesto en un pedestal a su musa. Y ahora que ella se había caído de él, al iluso no le quedaba más remedio que descender en un cadalso privado.

Sin embargo, la que se marchó de repente fue la actriz. Su muerte prematura dejó a Nerval perdido en sus recurrentes visiones. Todas ellas acabaron escritas en una alucinación titulada Aurelia. Aunque sus amigos sabían que, en justicia, aquella maravilla tendría que nombrarse Jenny Colon. La ausente había provocado toda esa ensoñación poética. Como muchos otros hombres, el poeta no pudo aceptar la realidad de los deseos de la mujer amada y hubo de huir al escondrijo de sus sueños.

Al fin, la calle Vielle Lanterne se engalanó con un gran autor colgado de una de sus rejas. Este callejón oscuro cayó, emergiendo de sus escombros un teatro. Antes se llamaba Sara Bernhardt, en honor a la repetida actriz, pero ahora se lo conoce por un inhóspito Théâtre de la Ville. Justo donde se bamboleaba Nerval, hoy avanzan vacilantes los actores que se encaran con el público.

A %d blogueros les gusta esto: