La ficticia existencia de Augusto Pérez en Niebla DE Miguel de Unamuno

 Con la elaboración de Niebla vemos como la novela es el género más vivo en la producción de Unamuno, ya que para él es el primer intento de creación de ficciones. En ella vemos a innumerables personajes que se multiplican rodeados a su vez de otras más marginales, siendo éstas intercalaciones más o menos importantes. Entre toda esta abrumadora mare magnum Unamuno se siente complacido por la conciencia de creador respecto a sus creaciones, con el sentimiento de superioridad predominante sobre sus vidas. 

 En Niebla los personajes no son individualizaciones de un mundo colectivo, sino que desde un único personaje, Augusto Pérez, van surgiendo los demás, entrelazando sus vidas con las de él. Asimismo, las relaciones surgidas son siempre individuales, desvelando así un mundo denso y vago, un mundo de niebla permanente. Además, la creación de personajes lleva a Unamuno a incluir en la obra dramas brevísimas, que pone en boca de sus criaturas, como es el caso de Don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, que se casa con su patrona doña Sinfo para que esta lo cuide, con la única condición de morirse pronto y dejarle trece duros de viudedad, como vemos en el capítulo XVII, o el caso de los extraños amores de don Antonio ofrecida en el capítulo XXI. Todas ellas son historias de amor ante el dilema de Augusto, son las posibles soluciones, distintas unas de otras entre las que él puede elegir, según las que la solución sería casarse con alguien que le amara a él y no a la que amara él. Estos relatos son unos mínimos mundos  íntimos intercalados en la atmósfera nebulosa de la vida de Augusto. Toda esta niebla densa que rodea a la vida del personaje está dramatizada todavía más por dos factores: el tiempo y la personalidad, que hacen desembocar el relato en la muerte. La preocupación por la temporalidad es constante en la obra:  «¿Es o no es un juego la vida? ¿Y por qué no ha de servir volver atrás las jugadas? ¡Esto es la lógica! Acaso éste ya la carta en manos de Eugenia. Alea iacta est! A lo hecho pecho, ¿Y mañana? ¡Mañana es de Dios! ¿Y ayer, de quién es? ¡Oh, ayer, tesoro de los fuertes! ¡Santo ayer, sustancia de la niebla cotidiana!», daclamaciones que se nos ofrecen en el tercer capítulo. Aún en el capítulo séptimo leemos:  «¿De dónde ha brotado Eugenia? ¿Es ella una creación mía o soy creación suya yo? ¿O somos los dos creaciones mutuas, ella de mí y yo de ella? ¿No es acaso todo creación de cada cosa y de cada cosa creación de todo? Y ¿qué es una creación?, ¿qué soy yo?, ¿qué eres tú, Orfeo?, ¿qué soy yo?… Cada hora me llega empujada por las horas que le precedieron; no he conocido el porvenir. Y ahora que empiezo a vislumbrarlo me parece que se me va a convertir en pasado… Estos días que pasan…, este día, este eterno día que pasa…, deslizándose en niebla de aburrimiento. Hoy como ayer, mañana como hoy.» Con estos trágicos pensamientos, declamaciones de un alma atormentado, vemos como Unamuno al crear ficciones, crea también relatos ficticios, sucesos temporales, una realidad que se dibuja y se desdibuja en la nebulosa del tiempo, del mañana al ayer, siendo la niebla deshecha en la nada. Y tanto en el monólogo de Augusto Pérez como en la «conversación» con su perro podemos ver el problema planteado por Unamuno: el amor, el dolor, la resistencia, con la ilusión de existencia, además de la cuestión: ¿cuál es el centro de esos días, de esos haceres y esos dolores? ¿quién es el que existe? ¿quién soy yo?, siendo este el problema de la personalidad. Todo este incertidumbre del personaje termina en el capítulo XXXI con una dramática conversación de Augusto con su creador. Y al final del capítulo XXV Unamuno escribe sobre sus personajes: «Cuando uno busca razones para justificarse no hace, en rigor, otra cosa que justificar a Dios. Y yo soy el Dios de estos pobres diablos nivolescos.», es decir que él intenta representar el papel de Dios respecto de otras vidas, para así ponerse figurativamente por encima de la muerte, disponiendo a su antojo de la vida de los demás. Por ello más que un problema de personalidad, es de mortalidad, ya que Unamuno le dice a Augusto: “No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo.” Pero cuando le anuncia que ha decidido que se muera, Augusto se aterra, revelándosele la vanidad de su existir, pero dice: «Ahora que usted quiere matarme quiero yo vivir, vivir, vivir…», comprendiendo que su vida depende del autor, necesitándolo para existir al no ser dueño de sí mismo. Con esto se le descubre su existencia ficticia, en la que no se basta él mismo para ser, sino que le hace falta otro que le haga vivir. Por tanto lo que se dibuja en esta novela es el sueño, la ficción, una existencia temporal, parecida al modo de ser de la humana, aunque sin fundamento, ya que todo ello depende solo del autor, siendo insostenible la existencia por sí mismo, por lo que todo cae en el vacío, en la nada, en la niebla absoluta. 

Escrito por Lia Katselashvili

Nací el 29 de enero de 1988 en Tbilisi (Georgia). Desde pequeña me apasionaba la lectura y acabé estudiando Filología hispánica. Tengo publicados dos libros “Diccionario etimológico de nombres y palabras bíblicos” (2008) y “El “catálogo de las lenguas del mundo” del abate Lorenzo Hervás Panduro y los caldeos-kartvelios de Zenaare” (2014).

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